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Como Nena aullaba más que toda una manada de lobos juntos, tuvieron que llevarla a la habitación de Olga. Eulalia la miraba horrorizada, porque las dos veces que había intentado tocarla le había enseñado los colmillos en un escalofriante gesto de ferocidad.
Estaban solas en el dormitorio de Olga, que parecía sonreírles desde el otro lado de la estupidez humana. A veces Nena ponía una mano regordeta y fofa sobre el vientre del cadáver como si buscara algo. Quizá la vida que se llevó con él el hijo que había dejado de habitarlo. Luego la retiraba despacio y la dejaba en el aire colgando, absolutamente, ineficaz, mientras su dueña gemía lastimosamente.
Así pasaron el resto de la noche.
Pintaba el día en la ventana cuando Eulalia sintió la necesidad de besar la frente de su hija. Se inclinó sobre el cadáver. Y en aquel preciso instante sintió las manos de Nena aferradas a su cuello. Cayó sobre la cama arrastrada por la inercia del movimiento. Oía los gruñidos de Nena, el jadeo que en su respiración producía el esfuerzo por estrangularla.
Eulalia se revolvió y la anormal cayó sobre ella. La fiera en que se había convertido arañaba su cara y desgarraba la bata de seda que llevaba puesta. Gritó angustiada al sentir sobre la piel el mármol del cadáver de Olga.
Fue Ramón quien hubo de rescatarla de aquella ira destructora.
—Mañana mismo la encierro en un manicomio —dijo resuelto.
Eulalia le miró horrorizada.
—No, Ramón. ¡Eso sí que no! Nena estará con nosotros. Se lo prometí a mamá. Así, que ni lo pienses.
—¡Irá a un manicomio!
—¡No!
Las dos bofetadas que cruzaron su cara revelaron a Eulalia su dramática realidad. No se atrevió a replicar al marido, que la había cogido de las muñecas y le escupía estas palabras:
—Tu hermana irá a un manicomio. Convéncete de una vez. Y si te megas a obedecerme, tú la acompañarás. ¡No lo dudes!
Eulalia se llevó las manos a la cara. Estaba aterrada.