8
A medianoche las botellas de champán vomitaban blanquísimos arcos espumosos. Era el momento del brindis, que corrió a cargo de un conocido crítico de cine madrileño. Fofo él. Blandengue. Con todo el saber de los dioses clavado en las arrugas del entrecejo. Fernandito Pons dijo: —¡Menudo ramalazo tiene ése!
Recibía las felicitaciones la amiga de turno del productor, una cuarentona de caderas escurridas y ojos de gata ladrona. Chilena anti-Pinochet y amiga íntima de María Dolores Pradera. Roce de mejillas, besos que naufragan en el aire a escasos milímetros del maquillaje, abrazos que se quedan en intento.
Eulalia se sentía cansada. Al entusiasmo de los primeros momentos había sucedido la extraña apatía que de un tiempo a la parte se apoderaba de ella en el momento más insospechado. Se apartó del grupo en el que acababan de integrarse Pomés y Fernandito Pons y caminó bacía la empalizada que había al final, al otro lado de la piscina, desde la que se veía el mar y, abajo, en la cala, el iluminado yate. En la penumbra, detrás de uno de los pinos que bordeaban la escaleta formando una especie de bóveda, una mujer cabalgaba sobre el vientre de un joven de largos cabellos puesto de pie. Eulalia sólo conseguía ver los dorados muslos de ella. Volvió la vista.
Frente a Eulalia, enmarcado por las ramas bajas de los pinos que crecían en la terraza, un silencioso mar de plata atrajo toda su atención. Pensó que aquel paisaje, el momento en sí, era para ser compartido con alguien a quien se quiere. Se encogió de hombros ante la evidencia de su fracaso, y se juró que si Alejandro la dejaba se mataría. Fue en aquel instante cuando oyó detrás de ella la voz pastosa de Forcadell.
—Me gustaría saber en qué estás pensando.
Eulalia se volvió. Forcadell, sus ojos burlones, la miraban con cierta sorna. Ella hizo acopio de paciencia y se fingió gratamente sorprendida.
—¡Hola!
Tomó la copa de champán que él le ofrecía.
—Te he visto antes con ese amigo vuestro. ¿Pomés?
—Sí. Mira, al menos hacer acto de presencia.
Caminaron hacía uno de los extremos de la terraza, donde tomaron asiento en un banco apartado, bajo un tilo. Eulalia dijo:
—No parece que estemos en invierno, ¿verdad?
Forcadell no respondió a la pregunta. Se limitaba a mirar a Eulalia con cierto descaro.
—Quería hablar contigo —dijo él tras haberse mojado los labios en el champán—. Sobre Alejandro. Arqueó las cejas.
—Por cierto, ¿dónde está? Eulalia hizo un discreto encogimiento de hombros.
- Chi lo sa? Me dijo que iba a terminar un libro. Que ya me llamaría.
—¿Y te deja así?
—¿Cómo?
—Sola. Porque tu caso no es el de otra mujer. El de la mía, por ejemplo. Eulalia empezaba a impacientarse.
—Querías hablarme de Alejandro. Sobre él. ¿No es así? Venga, pues. Adelante. Forcadell explicó lo de la fotografía del artículo suyo, en la que aparecía Mara, la hija menor de Alejandro, con la camisa azul, detrás de Blas Pifiar.
—Supongo que no pensaréis ni tú ni él, que esto ha sido cosa mía. Ni de nadie. El tipo que montó el artículo buscó una foto y puso la que mejor le pareció.
Dijo después que Alejandro le merecía todos los respetos, pero que en aquella ocasión pecaba de susceptible.
—Porque tengo la impresión de que sospecha que es cosa mía. Alzó los brazos.
—¡Y eso no! Yo ignoraba por completo que Alejandro tuviera una hija en Fuerza Nueva. De haberlo sabido, te juro que no hubiera escrito aquel artículo. Eulalia sonrió.
—Pues si tienes la conciencia tranquila —dijo—, no le des más vueltas, hombre Hizo ademán de levantarse, pero él la retuvo de la muñeca.