IX
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La noche antes de tomar el avión para Londres Olga escribió a su hijo la siguiente carta:
Chato mió, he decidido que no nazcas. Así que, mañana tempranito, el Xavi guapo, tú y yo volaremos a Londres. ¿No te hace ilusión volar? Tú sabes de sobra a qué van a Londres las putitas españolas de buena familia con posibles. Te sobra pesquis para que tu mamaíta tenga que darte explicaciones al respecto.
Pero es el caso, chato mío, o chata mía, o futurible híbrido tercer-sexo entreverado de gallina calentorra y garañón cocero, que vaya usted a saber lo que tú me saldrías; es el caso, amor, que diría la loca de tu abuela Eulalia, que si tu mamuscha no quiere que nazcas es únicamente por tu bien. Sabes perfectamente que no se trata de las calderonianas cuestiones de honor que llevan escritas los españoles de bien en sus blandas meninges. Tu mami pasa de todo eso. Es sencillamente que me niego a que te pudras en vida en este gran basurero. Y, sobre todo, amor, que no quiero que te vuelvas loco cuando conozcas a la familieta y a los demás.
¿Qué sacarías de vivir unos años? Para que veas que no te pierdes nada te lo voy a explicar un poco a lo bestia. Sudado, jodido, asfixiándote de miedo y de rabia, llegarías aquí, a formar parte de esta manada de fieras que un tío capullo definió como humanidad. Ni humanidad, ni leches, chati. Titi querido. Llegarías, y estarías por aquí algún tiempo. No sé cómo, pero estarías. Y al final, sudado, jodido, asfixiándote de miedo y de rabia, te marcharías por un agujero tan oscuro como por el que llegaste. Y ya está todo. ¡Ya está!
La vida. ¡Ah, podría decirte alguien, es que la vida es muy bonita y todo el mundo tiene derecho a vivirla! Una mierda, titi del alma. La vida miente. Aquí, o te vendes o te entregas. Y no es plan. Porque, además, el que se subleva va dado. Lo apartan, lo humillan. Lo joden bien jodido, amor, porque no le da la gana de escuchar la palabrería sin sentido que le sirven las personas decentes.
Bueno. A lo que íbamos. Crecerías. Supongamos que bien. U séase, que no formarías parte del mundo de monstruos que los seres supercivilizados están fabricando. Quiero decir que no me saldrías en forma de frankfurt, como los talidomídicos esos, o macrocefálico, o acondroplásico o con el síndrome de Marfan. Porque has de saber que las radiaciones, las mutaciones genéticas, tos venenos que nos tragamos y la mierda suelta que hay en este paraíso, son causa de que una de cada siete criaturas que aterrizan por aquí nazcan monstruos. Por fuera, claro. Los monstruos por dentro, que son los peores porque no se ven, son los demás.
Crecerías sanote. Es un suponer. Vale. Siendo de la familia que eres, un día saldrías de casa para ir al colé. ¿Y qué ocurriría? Que al cruzar la calle meterías las pezuñas en un charco y te cagarías en su puta madre. Para eso nace uno. En clase te entraría el muermo cuando el tío que explica la historia de los santos, de los bravos españoles, empezara a contarte mentiras como torres. Y tú sabrías que eran mentiras.
Y sobrias que él también lo sabía. Y como sabrías tantas cosas como éstas, al día simiente, en lugar de entrar en clase, te barias el loco detrás del grupito de niñas clitórico— intelectudoídes que espera en la terraza del colé y le meterías el muslo en el culo a la más maciza. Y ella aguantaría. Y tú, con los huevines hinchados, seguirías la flecha SERVICIOS y te harías una apresurada paja en el meódromo del colé entre las mil marranadas de las paredes.
Pasarías de política. Como ha pasado tu mamá. Pasarías, pero como se había puesto de moda, asistirías a las reuniones clandestinas para tirar del trono a Felipe de Barbón, Rey de una República Federal sin países federados; o bien conspirarías en un sótano cualquiera para reponer en su trono al desterrado Felipe de Borbón, ese angelote noble, rubio y deportista, padre de todos los españoles, que navega como el holandés errante en su yate Villa Torre del Oro y firma cada dos por tres arrebatados manifiestos contra el dictador, el general Porcojoncio, que un día tuvo la ocurrencia de salvar España de materialismo marxista y del misticismo teresiano. Ya sabes, chati mío.
Irías alguna vez, más bien pocas, a la fiesta con los amiguetes. Y verías que la gente se ríe del chiste de Mandonio. Y preguntarías de qué va. Y te reirías con los demás, aunque descubrieras que no vale la pena reírse. Y volvería el muermo.
En tu casa mirarías por la ventana esperando el milagro que te liberara de la náusea. Y oirías la voz de mamá, que tiene su querido para los lunes, miércoles y viernes y su amiguita para los martes, jueves y sábados y que, los domingos, que es el día del Señor, va a misa a confesar sus pecados. Y mamá diría: «¿Pero qué le pasa a este hijo? No habla. No se ríe como hace la gente de orden. ¿Me habrá salido subnormal?» Y— un día te llevaría a un psiquiatra amigo. Y rodarías en el torbellino de las sabanas sin poder pegar ojo por si era verdad que estabas mojarra. Y te levantarías a medianoche, cuando la luna segrega su luz fría, de metal, y abrirías la ventana de tu cuarto y mirarías abajo, a la calle, y al final pensarías que aquello no era solución. Pero en el fondo sabrías que lo que tenías es canguelo.
Y saldrías a la calle buscando ayuda. Y mirarías a tu alrededor y sólo verías la mediocridad, la hipocresía, la puta vanidad enseñoreándose de la vida, que diría el clásico. Y volverías a casa, porque en algún sitio hay que estar. Y verías, ¡todavía!, a tu abuelo el cornudo leyendo periódicos de derechas en bata y zapatillas, y a la zorra de tu abuela soñando una pasión a lo John Ford que se llamó Alejandro Acosta. Y te jodería. Te jodería mucho, hijito o lo que seas, que la familia te pusiera mala cara y, encima, te dieran «buenos consejos».
Y te largarias de casa buscando el consuelo de la noche maricona. Y volverías cansado al alba. Y te acostarías hasta el día siguiente, en que te despertarías todavía más acojonado que antes trasudando alcohol de porquería y bañado en semen.
Por todo esto que te cuento, y mucho más que dejo en el tintero, no quiero que nazcas. Prefiero que no formes parte de la Historia. Que nunca sepas del odio, de la mezquindad, la violencia, la mentira, la ambición. Si te mato, titi querido, porque ahora veo que te quiero como nunca podía figurármelo, si le mato es por tu bien. Te lo he dicho antes y te lo repito, para que no lo olvides en ese pacífico mundo visceral que habitas. Dicen que no duele. Que tú ni te enteras, porque no tienes conciencia del dolor. No lo sí, porque una no puede fiarse de estos sabelotodo. Lo que me gustaría, pedacito de amor, es que tú también me mataras a mi. No por venganza. Sé que eres incapaz. Sino para sacarme con tus manos inocentes de este gran basurero y llevarme contigo por las colinas de la luz.
Un beso tan grande como imposible de tu,
MAMÁ ASESINA.
Era de madrugada cuando Olga terminó la carta. Estrellas gordales brillaban en el negro recuadro de la ventana. La luz de la lámpara de mesa, luz fuerte de noche alta, dolía en los ojos. Olga la apagó. Luego cayó de bruces sobre el tablero. Había apoyado la cabeza en el brazo y se veía brillar una lágrima a la luz mate de las estrellas. Olga sintió su húmeda frialdad pero no quiso matarla por si la lágrima era del hijo, que lloraba por ella.