8

Dos viejas baldadas le estamparon en la frente sus besos húmedos y fríos. Las viejas estaban desdentadas y graznaban, quitándose las palabras de la boca.

—Son las tías —dijo Marta—. Tía Carmen y tía Luisa. Viven ahí detrás con el primo Alfonso. En una casa pequeña. Como de muñecas. Hasta la palmera que tienen es enana. ¿Te acuerdas de ellas?

Tito asintió en silencio.

Después de abrazar a las primas de su marido Beatriz se sentó al fresco con día. Su consciencia recibía de golpe la vida: el fresco airecillo que subía del mar; la paz que emanaba de todos los rincones de la heredad; el vacilante brillo de la primera estrella de la noche; el escándalo de los gorriones entre las azuladas hojas del viejo laurel.

Luisa, la mayor de las tías, aseguró que donde mejor podían estar era en la finca.

—No es tiempo para vivir en capitales —dijo—. Con la República adviene el reino del Anticristo.

Miró a Marta.

—Ateos irreverentes, hija mía. Tú no te contagies, que el demonio tiene sus tretas y se deleita engañando a los jóvenes. Tentándolos. A seguir siendo una buena chica cono hasta ahora.

En vista del poco éxito alcanzado con Marta, Luisa preguntó a Beatriz cómo estaba Valencia.

—Esto es un infierno —farfulló—. Quemaron el convento y apedrearon de los pobrecitos frailes. ¿Has visto qué valientes los republicanos? Como locos, los hijos de H asaltaron la casa del Señor y la dejaron reducida a ceniza. ¿Qué daño les hacían esos infelices franciscanos?

Beatriz explicó lo sucedido en Valencia.

—Ha sido horrible. Después de lo de Madrid, a mediados de mayo ardieron no se cuántos conventos y colegios de religiosos y de monjas. Teresianas, capuchinos, la residencia de los padres Carmelitas, la de los Salesianos. ¿Qué sé yo? Hasta los Camilos, en la calle Náquera, que está a dos pasos de donde vivimos nosotros. No os lo podéis figurar. Fue una noche espantosa.

Luisa tenia en los ojos una mirada mezcla de espanto y de ira santa.

—¿Hasta dónde piensan llegar? ¿Qué piensan hacer con las personas de bien? ¿Sacrificarlas a todas como hacían con los cristianos en la vieja Roma? ¿Tirarlos a las fieras? Pero los caminos del Señor son inescrutables. Él calla, pero no deja de obrar en su infinita sabiduría. Si Dios pide mártires para su Iglesia, por algo será. Quizá la culpa de todo lo que pasa esté en nuestros corazones.

Mientras Luisa sermoneaba, la joroba de Carmen, la menor, se erizaba de recelos. Tenía la tez muy blanca, mate como la cera virgen, y sufría una disnea crónica que aquella tarde le impedía hablar. Pero asentía constantemente con la cabeza.

—Ya digo —siguió Beatriz—, ha sido espantoso. Por eso Alejandro ha adelantado el viaje este año. Ya veis. He tenido que dejarme a Juan y a Carlos allí. Pero estoy tranquila, porque mi prima Isabel los tiene en su casa hasta que se examinen.

Los fríos dedos de Luisa se posaron sobre la cabeza de Tito, que escuchaba a su lado,

—Mejor así —dijo la anciana—. El diablo se está enseñoreando de la tierra y cuando pasa esto lo mejor es huir de la ciudad pecadora. Ya sabéis lo que hicieron los santos cenobitas. ¡Al desierto! ¡A orar por las almas pecadoras!

Acercó su boca desdentada al oído de Beatriz.

—Yo rezo todos los días un rosario de quince denas por la salvación de los republicanos. No sé si será pecado. Aunque creo que no. Empiezo a las diez en punto de la mañana. Así que si quieres acompañarme, no tienes más que decirlo.

Beatriz se disculpó por no poder asistir al rezo. Marta, por su parte, dejó escapar una risita burlona. Después, en vista de la severa mirada de su madre, se levantó y corrió hacia la veranda.

Los ojos de Luis parpadearon cuando preguntó a Beatriz la edad de Marta.

—Veintitrés cumplió en noviembre.

—¿Y no hay ningún muchacho?

—¿Un muchacho?

—Algún pretendiente, mujer.

—No sé. A lo mejor, el día menos pensado sale. Ya sabes cómo son estas cosas.

—Ella está bien aquí. En su casa. Con sus padres. Si alguien la quiere, que venga a buscarla.

Asunta había encendido la bombilla que había fuera, sobre la puerta, y una claridad bermejiza se encharcó en tomo al velador. Los gorriones habían callado. Desde la puerta trasera de la casa llegaban densas vaharadas de jazmín mezcladas con otras de hierbaluisa. El cielo se había teñido de violeta pálido y los colores, cada vez más apagados, convertían los objetos en imágenes que se desdibujaban por momentos y se convertían en masas de fosca uniformidad.

De pronto empezaron a cantar unas voces en el camino del puerto, no lejos del portalón por el que se accedía a la finca:

«Si los curas y monjas supieran

la paliza que les van a dar...»

Luisa se levantó precipitadamente.

—¡Ya están ahí esos demonios! —exclamó. Y ordenó a su hermana—: Vámonos, Carmen. Se hace tarde.

Mientras despegaba a pellizcos de sus nalgas el vestido de sarga negra, recomendó a todos que rezaran.

—La salvación del mundo —sentenció— está en la oración.

Agitó nerviosamente una mano.

—Adiós a todos.

Tito entró en el comedor para ver al canario. Luego pasó a la cocina, donde Filar trataba de encender el carbón del hornillo con un aventador de esparto crudo. Tenía los ojos llorosos, a causa del humo, y en sus labios se leía un gracioso mohín de contrariedad.

—¿Te gusta mi casa? —preguntó a la muchacha.

—Mañana te lo diré.

—El pequeño la abrazó por detrás. Había puesto las manos sobre el vientre de ella y reseguía con la barbilla el acusado surco de sus nalgas.

Pilar protestó con desgana.

—Déjame. Que me pones nerviosa.

Una mano de él dio con el hueco que dejaban entre sí dos botones de la falda y se introdujo en él. Cuando sus dedos rozaron el vello del pubis, sobre la braga de percal, Pilar apretó los muslos.

—Te he dicho que me dejes. No sé qué te pasa estos días. Anda, sé bueno. ¡Que me pongo nerviosa y no sé lo que hago, caray!

—Tú dices que te gusta.

—A veces. Pero ahora tengo trabajo. Anda, estate quieto. ¿O quieres que se lo diga a tu mamá?

Pellizcó el vientre de Pilar y echó a correr hacia la explanada. Tumbado bajo las estrellas como estaba, vio a su madre sentada ante la mesa velador. Sabía que Pilar acabaría buscándolo, porque siempre pasaba igual. Jugaría con él y al final ella se quedaría quieta a su lado Estirada. Silenciosa. Y cuando esto sucediera, él levantaría su falda y tocaría sus muslos, duros, muy gruesos, de piel rosada. Hasta que a Pilar le entrara aquella especie de hipo que sacudía todo su cuerpo y la dejaba extenuada. Y de mal humor. Como si no fuera la misma de antes.

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