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La Voz, un diario madrileño de la tarde, traía en grandes titulares el resultado de la deliberación celebrada en el Palacio de Cristal del Retiro entre los compromisarios encatrados de elegir nuevo Presidente de la República. A Juan no le sorprendió la noticia. La esperaba, Don Manuel Azaña había sido elegido para el cargo por una abrumadora mayoría de votos. «Esto es el principio del fin», pensó. Y dobló el periódico cuidadosamente.

En el vagón de tercera donde se sentó sólo había unos cuantos pasajeros. Eran un par de matrimonios jóvenes, quizás en viaje de luna de miel, una familia rodeada de niños y niñas y un soldado de Infantería con la cara llena de granos.

Juan observó el aspecto del vagón. Estaba sucio y mal iluminado. Los asientos eran de madera, muy incómodos, y la mugre se apelmazaba en las aristas. Sobre su cabeza, las rejillas para el equipaje aparecían con grandes agujeros, y en algunas se amontonaban papeles aceitosos, cascos de botella y resecas cáscaras de naranja. El traqueteo de las ventanillas indicaba que no ajustaban en los montantes. Una de ellas, al otro extremo del vagón, delante, tenía el cristal roto. El aire saludable que entraba por el hueco revolvía el cabello de los viajeros. De vez en cuando, arrastraba con él hasta el interior del vagón una carbonilla viscosa que se pegaba a la piel.

La larga noche que tenía por delante excitaba la imaginación de Juan, que se prendaba de un tema y lo trabajaba apasionadamente para pasar a otro, derivado de éste o muy alejado de él, asiéndose a él tenazmente aun contra su voluntad. Luego los recuerdos, que no son otra cosa que realidades muertas, acudían en tropel sobre el tema como acuden las moscas a los ojos de los muertos. Era la dispersión, el caos mental. Juan trataba de poner orden en sus pensamientos. Sabía que sin ello la reflexión se hacía punto menos que imposible. Orden, coherencia, reflexión. Lo intentaba, pero siempre era la memoria la que llevaba el grano a moler.

Se planteó la realidad de España en aquella primavera del treinta y seis. ¿Qué había pasado para que las gentes que poblaban el país vivieran la guerra de un Frente Nacional contra un Frente Popular? ¿Cómo podían ir a tiros unos y otros por las calles? ¿Y él? ¿Qué postura había adoptado el propio Juan, y su ideario falangista, ante los acontecimientos?

El ideario político de José Antonio se centraba en el establecimiento de un Estado nacionalsindicalista que terminara con la lucha de clases. Evitaba así al capitalismo, que la creaba, y al marxismo, que se aprovechaba de ella para instalar una dictadura estatal sobre los mismos hombres que la habían hecho posible. La Falange haría la Reforma Agraria que la República no había llevado a cabo y terminaría con la Banca Privada. Finalmente, llevaría a España por las rutas del Imperio, reconquistando Gibraltar, expansionándose por el Norte de África y estrechando los lazos de la hispanidad con Hispanoamérica. Hasta aquí, estaba todo perfectamente claro para Juan. Sin embargo, pensó que detrás de esto se movía algo monstruoso. La autocracia, el autoritarismo, la dictadura del terror, el terror fascista, anularía por completo la libertad del individuo. Desde la cuna a la sepultura, trazaría una estrecha senda para él, de la que no podría salirse nunca. Y aquello resultaría monstruoso, porque era como fabricar autómatas. Peor aún. Esterilizar el germen de la libertad.

Había, además, que tener en cuenta los medios. A él le habían enseñado que la causa estaba por encima de todo. «Si se hace preciso quitar de en medio a alguien, se le quita.» No sólo se trataba, pues, de terminar con la libertad, sino de sacrificar la propia conciencia moral. Pensó: «¿Cómo he podido prestarme? Coger una pistola y esperar a que un señor salga a la puerta de su casa para pegarle dos tiros únicamente lo hace quien tiene alma de asesino. Por muchos pretextos que dé. Por mucho que intente justificar su acto.»

Reflexión. Lolita le había pedido que reflexionara. ¿Y ella? ¿Sabía con exactitud a qué santo encendía la vela? En la última conversación le había confesado que buscaba una acción nueva. Una fuerza honesta, imparable, capaz de hacer avanzar al país contra viento y marea. ¿Disponía acaso de la fórmula mágica? También había hablado de la responsabilidad que tenían de formar seres libres.

Formar seres libres. ¿No había sido el pretexto de la Historia para perpetuar situaciones de poder? Los nacionalismos europeos, surgidos como una violenta reacción contra el feudalismo, terminaron en autocracias. El inmediato fruto histórico de la Revolución Francesa fue el Imperialismo autocrático de Napoleón. Lenin. Era cierto que había sabido asumir el movimiento obrero del mundo, todo el nuevo sistema de ideas marxistas. Y que lo había llevado al Parlamento, a las Universidades, expresándolo mejor que nadie lo había hecho. Pero en el fondo se trataba de imponer una opresión en nombre de la libertad, una impiedad en nombre de la piedad, un desorden en nombre del orden. Juan había llegado a la conclusión que únicamente el alma rusa, grande y sencilla, tuvo el suficiente coraje para destruir el viejo sistema. La Rusia salida de la Revolución se encendió como una lámpara votiva por todos los sufrimientos, por todas las humillaciones de la Humanidad. Pero ¿qué había sucedido después? La lámpara votiva iluminaba millones de rusos que murieron sin conocer la libertad.

Se dijo que los mediocres siempre acaban apoderándose de las grandes ideas y utilizándolas en su provecho. «Quizá llegue el día —pensó— en que un personaje vulgar, posiblemente uno de esos sables que ahora se están moviendo en la sombra, se apoderé del ideal de la Falange y se empine sobre él, como quien sube a un escabel para parecer más alto.»

Era el gran temor de José Antonio. Días antes, le había oído decir que el ideal de la Falange serviría para engordar a una burguesía mediocre de carácter conservador. Como casi todos sus camaradas, Juan no ignoraba que en Madrid se habían celebrado varias reuniones para discutir la posibilidad de un levantamiento contra la República. Se sabía que una de ellas se había celebrado el ocho de marzo, en casa de un agente de Cambio y Bolsa militante de Acción Popular. Orgaz, Kindelán, Fanjul, Franco, entre otros generales, habían asistido a ella. Se habló de secuestrar al Presidente del Gobierno, y tenerlo como rehén, o bien de asaltar el Parlamento con todo el Gobierno dentro y los parlamentarios. Igualmente había trascendido el golpe que los generales Orgaz y Varela tenían preparado para el veinte de abril de aquel mismo año. No pudo llevarse a cabo por las precauciones que tomó el Gobierno y por la enfermedad de un general comprometido en ella. Cuando Azaña ya era el nuevo Presidente de la República, con el odio que había despertado entre los militares, ¿qué no maquinarían éstos en la sombra?

Generaciones
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