16

Por la noche, bastante después de cenar, sonó el timbre de la puerta. Sofía miró a su suegra.

—¿Quién será?

Las dos descubrieron en sus respectivas miradas un cierto sobresalto. Sofía se levantó y vio a su suegro por el orificio de la mirilla.

—Es tu marido —dijo a Fefa, que la había seguido.

—¿A estas horas?

Carlos entró cargado de paquetes. Eran regalos para todos. En seguida preguntó por su hijo.

—Está en Madrid —dijo Sofía. Y miró inquieta a su suegra.

—¿Y qué hace ése en Madrid?

Sofía sonrió. Estaba azarada cuando dijo:

—No sé si te hemos dicho que ha pedido un permiso especial hasta últimos de este mes. De diciembre.

Tras advertir que ya había cenado, Carlos pidió una copa. Luego dijo:

—Lo que Pepe tenía que hacer es inscribirse en los cursos de Estado Mayor. Tiene cabeza para eso. Y para más.

Abrazó a Sofía zaragateramente.

—Mira, nena. Yo siempre digo lo mismo. Un hombre es lo que su mujer quiere que sea. Si quiere hacer de él un gran hombre, lo hará. Si, por el contrario, se empeña en hacerle un desgraciado, pues también lo conseguirá. Y si quiere hacerlo un cabrón, le pondrá los cuernos.

Fefa protestó:

—¡Carlos!

—Déjame terminar. Le digo esto a Sofi, porque si ella insiste, si le hace comprender lo importante que es para su carrera el fajín azul, acabará por hacerle caso. —Miró a Sofía—. No es bueno que un militar joven como él se habitúe a la rutina del cuartel. Créeme. Tú, que has demostrado saber tratarlo, muchacha. ¿Tú sabes lo que sería estar juntos en Madrid? Aquello es otra cosa. Y yo me encargaría de que lo trasladaran cuanto antes.

Siguió hablando durante un rato, hasta que Fefa le preguntó muy seria:

—¿Has terminado?

Carlos se echó a reír.

—No. Te lo digo, porque si has terminado empiezo yo.

Se habían sentado en torno al televisor, y Fefa dijo que ya iba siendo hora de que se metiera en sus asuntos.

—Tú, Carlos, no tienes por qué arreglar las casas de los demás. Tu hijo ya no es un niño. No es el Pepito que te figuras. Déjalo, que haga de su vida lo que le parezca. ¡Siempre con la manía de meterse con los demás! Si el chico es feliz así, o de otra manera, porque vaya usted a saber las vueltas que da el pensamiento de uno, pues déjalo. Que haga lo que quiera.

Encendió un «ducados», y continuó con voz de humo:

_Sí ni tú mismo te aclaras, que te metes en cada follón de esos de no te menees ¿cómo quieres arreglar a los demás?

Él preguntó si su hijo conocía su relación con los militares sublevados.

—¡Como que Pepe es tonto! Además, lleva un uniforme. Y tiene buenos amigos,

Miró a Sofía.

—¿Has visto qué preguntas hace mi marido? El chico lo supo en seguida —dijo dirigiéndose a Carlos—. Y llamó a casa. Pero nosotros ya nos habíamos marchado. Ahora, él siempre estuvo tranquilo. Supone que no pasará nada. Al menos, nada grave.

—¿Y mi hermano? ¿Se ha enterado?

Se había dirigido a Sofía, que contestó con un encogimiento de hombros. Fue Fefa la que repuso en seguida:

—Lo sabe, Carlos. Lo sabe toda Barcelona. Todo Madrid. Lo saben en toda España. Bueno, me refiero a las personas que están en el ajo más o menos. Y tu hermano tenía que saberlo. Por cierto que se portó muy bien. Tiene buenas amistades entre esta gente. Si la cosa hubiera empeorado, ya te tenía preparado un sitio seguro. En el su puesto de que no hubieras dado la cara.

—Sabes que no es ésa mi intención. Yo me escondí porque tenía miedo a un atentado. De los rojos, claro. Siempre han sido unos cobardes asesinos y lo seguirán siendo. Pero si a mí me reclama la autoridad militar, me presentaría. Daría la cara. ¡No faltaba más! Pero no lo harán. Un Tribunal Militar no está dispuesto a tragarse todas las cosas que les diríamos nosotros, los desequilibrados. Que sabemos mucho, Fefa. Y tú lo sabes. Que en la familia militar ocurre como en todas las familias. Más o menos nos conocemos todos. Sabemos del pie que cojeamos.

Como siempre que se excitaba, fumaba un cigarrillo tras otro. De repente dijo que se marchaba.

Su mujer le miró. Estaba asombrada.

—¿Ahora? ¿Y puede saberse adónde vas?

—Al hotel.

Sofía preguntó a su suegro si tenía queja de la habitación que ocupaba en su casa.

—Siempre has dormido en ella, y te ha parecido la mar de bien.

—No es eso, niña —dijo—. Es que, en Málaga, me he encontrado con un antiguo compañero.

Fefa le interrumpió.

—¿Y qué hacías tú en Málaga? Quedamos en que no saldrías del apartamento hasta más adelante. Al menos, hasta que yo supiera algo por Pepe.

El explicó a su manera el viaje a Fuengirola.

—He hablado con Girón. Es amigo. Persona de fiar. No como otros. Y, como os decía, en Málaga voy y me encuentro, en una cafetería de la calle Larios, a Mínguez. ¿Te acuerdas de Mínguez? Un provisional que estuvo destinado en Pamplona conmigo.

Fefa se encogió de hombros.

—Ni idea, hijo.

—Bueno. Pues, nos hemos venido juntos. Y yo he tomado una habitación. En el «Presidente».

Antes de marcharse pidió ver a su nieta Beatriz. La niña, de unos siete años, dormía en una cama de madera pintada de blanco, en una habitación reducida llena de muñecos. Carlos se emocionó al besar su frente.

Se despidió hasta el día siguiente, y Fefa comentó con su nuera la extraña actitud de su marido.

—A saber qué se llevará entre manos —dijo—. Porque ese amigo acaba de inventárselo.

—¿Tú crees?

—Segurísima. Si conoceré yo a las amistades de mi marido Y si son militares, todavía más. Ese Mínguez, o como se llame, no existe, Sofía.

Hizo una pausa.

—¿Será verdad que se le aflojan los tornillos a Carlos? Lo que me figuro es que se trata de un policía. Siempre está pagando policías. Detectives de ésos. Le gusta enterarse de la vida y milagros de los demás. Y como tiene dinero, pues se lo gasta.

Se encogió de hombros.

—Pues yo no pienso ir a ese hotel. Nunca me han gustado. Prefiero una tortillita francesa en familia a todas esas cartas tan complicadas.

Sofía sonrió candorosamente a su suegra.

—¿Y dices que paga detectives para enterarse de lo que hace la gente?

—Sí, hija, sí. Eso sí que tengo que reconocer que es una manía suya. Le viene desde que estuvo de Gobernador en Málaga. Claro, allí se acostumbró a enterarse de la vida y milagros de la gente, y luego, a la menor sospecha, de cualquier familiar, pongo por caso, pues ya está él llamando a Ezcurra.

Sofía había ladeado la cabeza y escuchaba atentamente las palabras de su suegra.

—Pero eso supongo que será en Madrid —dijo—. Es donde él se mueve. Donde tiene sus negocios.

—¡Y en Barcelona, rica! Y donde sea.

Se inclinó hacia ella, entre confidencial y cotorrona.

—Mira, como la tiene tomada con esa Lolita, la miliciana que le llama él, pues mandó al Ezcurra en persona a Málaga. Sabe Dios el dinero que le habrá sacado ese fresco. Porque yo creo que se inventa misterios para seguir pegándose la gran vida a costa de mi marido. ¿O tú te crees que esa infeliz, y el subnormal de su hijo, andan metidos en política?

—¿Sabías que ha muerto ella también?

—La primera noticia.

—Se suicidó. A mí me parece muy raro. Una mujer que ha perdido la conciencia, que ni siquiera sabe que existe, matarse. Lo encuentro absurdo. ¿Ya quién más ha hecho vigilar tu marido?

¡Huy! Qué te diría yo. Porque él a mí no me dice nada. Claro que, a veces, cuando toma unas copas, se le escapa. Por ejemplo, a su hermano le seguían las veinticuatro horas del día.

—¿A Alejandro? ¿Por qué?

—La política, hija. Por cierto, que buscando por un sitio encontró por el que menos se esperaba. Pero es harina de otro costal.

Fefa se llevó los dedos a la boca discretamente. Tenía los ojos enrojecidos y las ojeras descolgadas. En vista de ello, Sofía apagó el televisor. Poco después se retiraban a sus habitaciones.

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