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Fue entonces cuando la muchedumbre empezó a gritar enfurecida. Era una turbamulta compacta, que fluía en direcciones opuestas, arremolinándose como sucede en los momentos que preceden a la estampida. En el forcejeo para abrirse paso se desgajaban pequeños grupos de la masa, para ser absorbidos en seguida por ésta. Había quien perdía el pie, caía y era pisoteado. La masa humana consiguió orientarse por fin y fluyó como un río clamoroso hacia el centro por la calle San Vicente. El ininteligible grito que se oía repetido, rítmica y periódicamente, se dejó entender por fin. «¡Al Ayuntamiento! ¡Al Ayuntamiento! ¡Al Ayuntamiento!»
Emerenciano se acercó a unos clientes que había junto a la radio, en el mostrador,
—¿Qué pasa ahora? —preguntó a uno de ellos.
—Se dirigen al Ayuntamiento. Van a asaltarlo.
—¿Y eso por qué?
—Samper se niega a abrir las puertas a los concejales electos. Más claro, se niega a proclamar, o a dejar que proclamen, la República.
—¡Ese hombre es un insensato!
—Ya ve. Todos los Ayuntamientos de España lo han hecho ya. Algunos, como d de Éibar, en las primeras horas de la mañana.
Uno de los dientes sugirió al dueño del café que pusiera radio Valencia.
—A lo mejor dice algo.
La emisora, en efecto, informaba en aquellos momentos que los nuevos concejales saludaban al pueblo desde el balcón del Ayuntamiento, donde ondeaba la bandera republicana. Inmediatamente después se oyeron los primeros acordes del Himno de Riego.
Emerenciano exclamó indignado:
—¡También es tener bemoles el alcaldote! Sabiendo desde esta mañana el resultado de las votaciones, y esperar a las nueve de la noche para hacer la proclamación. Seguro que Valencia es la última ciudad de España que ha izado en su Ayuntamiento la bandera republicana.
Cuando volvió al ventanal con los demás, el gentío había disminuido considerablemente. Grupitos de jóvenes universitarios confraternizaban con los guardias de Asalto.