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Fue una casualidad que Juan se fijara en el pasquín. Estaba clavado con chinchetas en la puerta de un viejo caserón apuntalado, y decía: «Esta tarde, a las cinco y media. Lolita Llauder, de la ÚJC. Mitin de propaganda electoral. Servicios Sanitarios, sección Funeraria y Enterradores.»

Aquella misma tarde precisamente, había realizado él un servicio en el distrito de Ventas y había torcido por aquella calleja, un auténtico basurero en el que las ratas pastaban apaciblemente, para comprobar si alguien le seguía. Como no era así, y no sabía nada de Lolita, decidió entrar a verla.

Se quedó de pie, detrás, cerca de la puerta, con la espalda pegada a la pared y las manos en el bolsillo del gabán. Una de ellas, la derecha, sudaba la culata de una «Astra» 7,25. Estaba muy nervioso.

Al olor picante del serrín se unía a veces el hedor a humanidad, a mugre. Juan observó a los que asistían al mitin. Los veía por detrás, en escorzo a algunos. Le parecieron seres dignos de compasión, personas sin duda buenas, pero consideradas individualmente. Reunidas, como estaban allí, y envenenadas por las ideas marxistas, a juicio de Juan se convertían en hordas más temibles que las de los hunos. Una fuerza bruta, salvaje, siguió pensando, algo primario e instintivo sin otra finalidad que no fuera acabar con los seres de condición superior, con la cultura, y convertir el planeta en un basurero.

Encontró a Lolita muy cambiada. Más mujer. Recordó la única vez que la había visto, haría año y medio. Fue sólo algunos minutos. Uno por uno, había recorrido los locales de las Juventudes Socialistas de todo Madrid, después de su encuentro en una Comisaría, hasta localizarla. La sorprendió leyendo en la pequeña biblicoteca del Círculo, pero ella no pareció inmutarse demasiado. Ni siquiera levantó la vista del libro. Le dijo que la dejara estar. Que lo pasado pasado estaba, y que tenía cosas más importantes en que pensar que en unos amoríos de niña. Por orgullo, Juan se negó a confesarle lo que sentía por ella.

Anduvo unos días desquiciado, porque Juan conseguía olvidar a Lolita mientras no la veía. Pero cuando estaba con ella prescindía de todo por completo. Hasta de la política, que era lo que más absorbido le tenía y lo que en realidad le preocupaba.

En cierto modo, por aquellas fechas la había vuelto a olvidar. Y de repente sobre un siniestro escenario de ataúdes. Escuchó con atención lo que estaba diciendo en aquellos momentos, que era una lúcida exposición del origen de la lucha de clases. Le pareció que sus argumentos no estaban desprovistos de interés, según el punto de vista de ella, pero que podían ser discutidos. Notó, además, que tenia madera de líder. Y que era sincera. Pensó cómo había podido cambiar tanto desde que él la conoció, en la calle de Zapateros, de Valencia, y quién le había enseñado lo que sabía. Al llegar a este punto sintió celos.

/mora la veía atravesar la compacta masa humana. Iba sonriente, apretando manos, levantando el puño, repartiendo sonrisas. Notó que estaba fatigada. Esperó un momento, en la sombra, por si algún hombre se la llevaba. No fue así, y avanzó hacia ella desde el rincón en el que había esperado medio oculto.

Estaba de espaldas a él cuando le habló.

—Supongo que no me negarás el placer de felicitarte —dijo.

Ella se volvió. Estaba tensa.

—¿Cómo has caído por aquí? —dijo. Y miró con fijeza las solapas del abrigo de Juan.

—De verdad. Has estado muy bien. Lástima que gastes tú tiempo en cosas como éstas.

Lolita había echado a andar tras los rezagados. El quiso saber si podía acompañarla.

—Aunque sea un rato.

Sin volver la cara, replicó que tenía una bicicleta.

—Por lo que veo, te mueves mucho. El otro día leí tu nombre en no recuerdo qué periódico. Otro mitin. ¿En el «Kursaal»?

—Sí.

Lloviznaba cuando salieron a la calle. Lolita se abrochó el abrigo, de lana gris, de solapas anchas y puntiagudas, talle ceñido y falda ligeramente acampanada. Un joven militante de la UJC le tenía preparada una «Orbea» de manillar alto. Le entregó también los guantes, de punto, color marrón, que Lolita se puso en seguida.

Juan sostuvo la bicicleta por el sillín. Su figura esbelta, el cuidado abrigo azul marino que llevaba puesto, los zapatos negros, incluso el afeitado y el pelo hacia atrás, brillante de fijador, contrastaban con el aspecto deplorable del público que se había congregado en la puerta. Le pareció que la risa que oía a su espalda sonaba a pitorreo y se volvió. Lolita lo cogió de una manga.

—Vámonos de aquí —murmuró. Y levantó el puño a la concurrencia un par de veces.

Entraron en una taberna. El dueño, un hombre bajo y fuerte de rostro agitanado, enmarcado por anchas patillas acuchilladas, felicitó a Lolita.

—Por lo visto hay tomate por ahí —dijo después con voz de vino—. El Santiago ese, el Director General de Seguridad, ha llenado las calles de Oviles, de guardias de Seguridad y de Asalto. No das un paso que no te los encuentres.

Sobre la chapa de estaño del mostrador se veían lebrillos con olivas de varias clases y altramuces. Había también un par de frascas de vino, blanco y del peleón, y una caja redonda con los plateados arenques formando rueda.

—Yo creo que la sangre no llegará al río —dijo Juan sonriendo.

En aquel momento se oyó la cristalera de la calle y entró un guardia civil ceñudo. Llevaba puesto el ancho capote, y el barbuquejo sobre la barbilla daba a su cara una marcada expresión de desconfianza. Echó un vistazo al interior del establecimiento, y salió en seguida a unirse con su compañero.

El del mostrador dijo en voz baja.

—¿Qué le decía yo? Mira lo que tardan. Han visto entrar un par de clientes y les ha faltado el tiempo para venir. Lo que yo digo es dónde leches se esconden. Porque, mire lo que le digo. Ahora mismo salgo yo ahí afuera, aquí mismo. Y rompo una de estas frascas. La estrello contra el suelo. Ahí, en la acera. Bueno, pues al momento tiene usted una docena de tricornios a ver qué pasa.

Un cliente medio achispado, que había al extremo del mostrador, intervino para decir que el Gobierno tenía miedo de los anarquistas.

—¡Canguelo! Que ésos no se andan con chiquitas. Dinamita y bombas. Que es lo que está haciendo falta aquí. Lo que yo digo. La Orsini es santo remedio contra políticos de mierda y ladrones.

Juan echó un vistazo al local. Era bastante grande, de techo alto, envigado, oscurecido por el humo, y tenía unas cuantas mesas de madera con los tableros empapados de vino. A su alrededor, sillas bajas, escabeles y unos cuantos braseros de tarima apagados. Como no se sentía a gusto, propuso a Lolita ir a otra parte.

Ella se encogió de hombros. Luego pidió al del mostrador que le guardara la bicicleta.

—Si para de llover —añadió—, volveré a recogerla. Si no vengo, cierra tranquilamente. Iré en el tranvía.

El otro establecimiento en el que entraron tenía mejor aspecto. Estaba situado en una calle más concurrida, y desde el interior se veía a la gente que esperaba en la parada del tranvía, frente a la puerta de entrada. Mesas de hierro, con tablero de mármol alargado o circular, sillas de madera de alto respaldo y una estufa de tiro en el centro de la pieza, daban una relativa sensación de bienestar. En las paredes se veían grandes carteles de toros, firmados por Ruano, con los rasgos abocetados, o los retratos de fuerte vigor impresionistas, de Marcial, Belmonte, Chicuelo y Cagancho. Una amarillenta esquela recortada de un periódico, y enmarcada en negro, recordaba al diestro Sánchez Mejías, muerto en la plaza de Manzanares dos años antes. Bajo los carteles, pegados también a la pared con engrudo, estaban las fotografías de Ignacio Ara y de Uzcudum. Detrás del mostrador, entre dos espejos de «Anís Serpis», el dueño había puesto una foto coloreada de la Meller con peineta y mantilla.

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