7

Alejandro hizo entrar al despacho a su hermano. Éste dijo:

—De manera que es aquí donde cueces tus bodrios. No está nada mal. Una lástima que no escribas cosas que valgan la pena. Tú podrías hacerlas, pero se te ha metido en la cabeza despotricar contra Franco, que es el mejor hombre que hemos tenido en España desde don Pelayo, y no hay quien te saque de ahí. Allá tú.

Observaba detenidamente las estanterías llenas de libros. Al llegar a la cristalera que daba acceso a la galería se volvió.

—Hay dos cosas que no trago de Barcelona: su humedad y los catalanes.

Hecha la proclamación, se quitó la trinchera y se dispuso a sentarse. Alejandro preguntó:

—¿Una copa?

—Mejor un cafetito. Tengo los huesos helados. Pero con la condición de que nos lo hagamos los dos. Como antes.

Sonrió nostálgico.

—¿Tú te acuerdas de las chocolatadas que nos hadamos en «El Mirador»? Cuando nos quedábamos solos, que mamá y Marta habían salido, nos metíamos en la cocina y ha-amos un perol así de grande. Yo mandaba a Pilar a hacer cualquier recado. ¿Te acuerdas de Pilar? La criadita. Estaba buenísima. Tenía d culo más redondo que he visto en mi vida. ¡Algo perfecto!

Mientras hablaba, seguía a su hermano por d pasillo que llevaba a la cocina.

—Esto está bien —dijo—. Pero no sé cómo puedes vivir solo. Tan familiar que fuiste siempre.

—No estoy solo.

—¡Ah, no!

—No estoy solo, y ya lo sabes, Carlos. No empieces con tus trapacerías.

Se encogió de hombros.

—Si tú le dices no estar solo a vivir a ratos con una señora con la que no te une nada más que una relación digamos cómoda, o superficial, es que has cambiado mucho. Por cierto, ¿dónde está? Me ha abierto la puerta y ha desaparecido,

Alejandro hizo acopio de paciencia. Sonrió a su hermano.

—Vamos a hacernos ese café y dejémonos estar de tonterías.

—Yo no llamaría tonterías a ciertas cosas, Alejandro. Amancebarse con una mujer casada no es ninguna tontería. Es una vergüenza. Y un pecado. Eso, en mi tierra, es faltar a la ley de Dios y a la de los hombres.

En vista de que su hermano se disponía a hacer d café en silencio, Carlos continuó:

—Perdona que te hable, así, pero eres mi hermano. El más pequeño. Yo sé que no tienes mala voluntad. Nunca la has tenido. Pero no me negarás que eres caprichoso. Irresponsable. Esa sería la palabra. De manera que no son tonterías.

Alejandro le dejaba hablar.

—No, hermanito. Nada de tonterías. Es algo muy serio. Pero que muy serio. Porque ya no se trata de vosotros dos. Si vivís en pecado o no teméis a la condenación, eso al fin y al cabo, es cosa vuestra. Se trata de las personas a las que estáis afrentando. A su marido y a tu mujer, que es una santa. Se trata de tus hijos y de los suyos. ¿O es que vas a decirme que tampoco te interesa lo que puedan sufrir las criaturas?

Alejandro miró a su hermano con fijeza.

—¿A qué has venido, Carlos? Dilo con claridad, y así quizá nos entendamos. Estás en mi casa, que es la tuya, pero de ahí a meterte en mi vida privada va un abismo. Así que coge tu taza de café y vámonos al despacho. Hablaremos de lo que tú quieras, menos de esto.

Volvieron al despacho con las tazas. Una vez que se hubo sentado, Carlos rompió d silencio. Dijo que estaba muy preocupado por lo que duraba la relación con Eulalia y le pidió que discutieran d asunto seriamente.

—Con franqueza, Alejandro. Con toda la confianza que nos da el ser hermanos. Porque no irás a negarme que te encuentras en un callejón sin salida.

—Y tú has venido a sacarme de ese callejón. A salvarme. ¿No es así?

—Pues, sí. Aunque te cueste creerlo, me preocupas. Tus cosas. A veces hablo solo por las noches por culpa tuya. Pregúntaselo a Fefa, la de veces que le hablo de ti. ¡Pregúntaselo, anda! La familia se debe a unas normas éticas, a unos principios morales a los que no cabe sustraerse. Y tú eres mi hermano. Formas parte de la familia Acosta. Lo que ocurre contigo es que eras muy pequeño cuando murió papá. Y ya sabes cómo.

Por eso no recuerdas nuestro modo de vivir. Serán principios equivocados, cosa que no creo. Tú le llamas moral burguesa. Sea. Pero allí todo el mundo iba así de tieso. Y teníamos una fe. Y los domingos íbamos todos a misa. Y respetábamos eso que vosotros llamáis ahora prejuicios, por la sencilla razón de que no somos bestias, de que vivimos en sociedad. Sabes que Cristo dijo que el peor pecado era el de escándalo. Es muy gordo, Alejandro. Es muy gordo eso de exhibir a la querida por ahí. Una mujer que pertenece a otro hombre. Violentas los sacramentos, violentas la moral pública, acabas con todo. Y eso tiene que terminarse.

Alejandro replicó que no creía en todas aquellas cosas y que, por lo tanto, obraba de acuerdo con su conciencia.

—Eso sin contar con algo más que tú olvidas. Los tiempos cambian.

—¡Los tiempos no pueden cambiar! Hay principios inamovibles, porque constituyen el cimiento de la sociedad, digas tú lo que digas. ¿O qué te crees tú que va a quedar después de estos años de bullanga? Nada. Absolutamente nada de lo que parece que se está imponiendo. Todo volverá a donde estaba antes porque es donde tiene que estar. Ni divorcio, ni aborto, ni parejas arrejuntadas, ni esa liberación de la mujer que pregonan por ahí unas cuantas locas. Nada, Alejandro. No va a quedar nada de todo eso. SI acaso, el recuerdo de una época vergonzosa de la historia de España.

Tenía los labios blancuzcos y los ojos congestionados.

—Aquí se vivió algo muy parecido a todo esto en la época de la República —continuó—. Y volvemos a lo mismo. Tú no lo recuerdas porque eras un niño. Pero aquello era una vergüenza. Y no te hablo de la guerra, en la zona roja, con las tiorras ésas. Las milicianas, como Lolita. ¡Hasta los ojos estaban todos de blenorragia!

Sacó un cigarrillo y lo encendió.

—La época de la República fue la más bochornosa que te puedas imaginar. Las modas, los bailes, las costumbres. ¡Un asco! ¿Dónde fue a parar todo aquello? ¿Quién se acuerda ya de los matrimonios divorciados, que se volvían a casar tantas veces como les daba la gana? Nadie. Y ahora va a pasar tres cuartos de lo mismo.

—O sea que, según tú, todo este cambio hacia la democracia va a quedar en agua de borrajas. Vamos a volver al trogloditismo de siempre. Pues no es ése el horizonte que se ve.

—Porque sois unos miopes. Aquí va a quedar todo igual que estaba. Aunque te fastidie oírlo, Franco dijo que lo dejaba todo atado y bien atado y no se equivocó. Los rojos forcejean para aflojar ese nudo, pero no lo conseguirán. Ten la seguridad de que, al final, las aguas volverán a su cauce. Y volverán, porque somos los mismos de siempre. Y hay gente dispuesta, en el peor de los casos, a tirarse' a la calle.

—Los salvadores de España, claro.

—Sin guasa.

Carlos cruzó las piernas y levantó la cabeza en un gesto que expresaba a la vez orgullo y decisión.

—Mira, voy a confiarte algo. Tu hermanito, éste que tienes aquí delante, se la ha vuelto a jugar. Lo hizo el 18 de julio y lo ha vuelto a hacer ahora. No lo sabe nadie. Pero yo soy uno más entre los complicados en lo de los militares. Un chivatazo acabó con el proyecto. Pero no nos importa. Es lo de menos.

Alejandro fingió ignorar la participación de su hermano en el fallido golpe de mano.

—¡No me digas que te has metido en eso!

—Pues, sí, señor. Y volvería a hacerlo.

—¿Lo saben los de arriba?

Los labios de Carlos se contrajeron en un gesto de ignorancia.

—A mí nadie me ha molestado hasta ahora. Ni a otros muchos que, como yo, estaban en el ajo. Sólo han salido a relucir unos pocos nombres. Pero hay más. Muchos más de los que la gente se figura. Y, por si te interesa, no les pasará nada. A nadie.

Ni siquiera al general Atarás le van a condenar. Al tiempo. El tribunal que lo juzgue, si es que llegan a juzgarlo, no encontrará culpa en él. En cualquier caso, una excitación nerviosa provocada por el amor que siente por la Patria y por el dolor y la rabia que le produce ver cómo van cayendo sus compañeros víctimas de rojos separatistas. Se irá a su casa tranquilamente y su honor militar quedará a salvo. Inmaculado. Su hoja de servicios, limpia.

—No estés tan seguro. Seria una gran bofetada a Gutiérrez Mellado.

—Sí, Alejandro, sí. El Ejército es una familia. Unida. Apiñada. Los compañeros de Atares no habrán oído ninguna palabra ofensiva en boca del general contra Gutiérrez Mellado. No le pasará nada. Ni a los del golpe, que hay detenidos. Hemos combatido todos a las órdenes del mismo capitán, y eso no se olvida tan fácilmente.

—¿Cuál es exactamente vuestro plan?

Carlos se levantó y dio algunos pasos por la habitación. Dijo que había jurado por su honor no hacer revelaciones al respecto. Añadió que nadie sabía nada de lo que se tramaba.

—La información que ha llegado adonde yo me sé, así como la de los periódicos, no tiene ni el menor parecido con la realidad. Un detalle sólo para que veas lo bien organizado que estaba todo. El comando encargado de operar se habría introducido en la Moncloa en globo.

Alejandro pensó que su hermano estaba de remate.

Parpadeó incrédulo.

—¿En globo?

—Los helicópteros hacen demasiado ruido, ya sabes. Pero, bueno, eso es agua pasada. Lo que trato de hacerte comprender es que tienes que abrir los ojos a la realidad. Aceptar de una puñetera vez que aquí seguimos mandando los mismos.

—¿Como antes?

—Igual que antes. Los banqueros son los mismos. Las altas jerarquías de la Iglesia, las mismas. Los generales y jefes, que son lo que cortan el bacalao en el Ejército, los mismos. Si tenemos el dinero, la Iglesia y el Ejército, ya me dirás qué puede faltarnos en un caso extremo.

—Hay un Estado, un Gobierno, el pueblo. Mañana mismo tendremos un orden constitucional votado por los españoles. La gente quiere libertad.

—¡La gente quiere tranquilidad! ¡Y orden! La está pidiendo a gritos. En cuanto a la Corona y al Gobierno, ¿qué quieres que te diga? Llegado el caso, no sería la primera vez que un Borbón acepta el mando impuesto por un general, cuando se trata de salvar a la Patria. Recuerda a Alfonso XIII. Le faltó el tiempo para agachar la cabeza cuando Primo de Rivera se sublevó en Barcelona. A los reyes les cuesta mucho abandonar el trono. Se encuentran muy a gusto en él. Que si la herencia histórica, que si la obligación de la dinastía, que si el legado monárquico, con tal de seguir, pase lo que pase. Además, olvidas algo muy importante. La cosa falló. Pero de no haber sido así, de haber triunfado d golpe, ¿tú sabes los Capitanes Generales que se nos hubieran unido? ¿Tienes idea de los generales, jefes y oficiales que se hubieran puesto en seguida a nuestras órdenes? ¿Y los politicastros? Menos los que se habrían largado a uña de caballo y los que habrían echado mano de sus pelucas, que son los rojos, a todos los demás los hubiéramos tenido lamiéndonos las botas. ¡Así, con la lengua fuera! ¡Colgando! Tomó aliento.

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