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La votación había empezado. Fernandito Pons aseguró que en los premios literarios españoles se premiaba al autor, no a la obra.
—Menudo descubrimiento acabas de hacer —rió Forcadell—. Estamos en Franquilandia. País de picaresca y compadrazgo. Por eso nos va así de bien.
—Muy agudo, Forcadell —dijo Eulalia—. Eso de Franquilandia me ha gustado. Gracia del Santísimo tenía los ojos brillantes. Se quejaba de calor, y Fernandito la ayudó a quitarse el poncho virreinal. Cuando descubrió que debajo de la blusa color paja había algo más que un corazón enamorado de la Madre Patria, Fernandito se pasó la punta de la lengua por los labios.
—Tienes unas te ticas muy majas —dijo en una especie de murmullo.
Gracia del Santísimo frunció el ceño.
—Eso en mi tierra se dice un grosería. ¿Cómo le desis aquí?
—¿Aquí? Piropo preconstitucional.
Animada por el «Codorniu», la yugoslava empezó a mover el esqueleto. Forcadell le explicó como pudo que todavía era pronto. Que había que esperar a que el jurado diera su veredicto.
—Por cierto, ¿sabéis quién va a ganar el milloncete? Tú, Alejandro, ¿a quién le cae el gordo esta vez? Porque tú lo sabes mucho antes de que ruede el bombo.
Eulalia dijo;
—A Alejandro déjamelo estar. No lo obligues a bajar de las estrellas, porque llega de muy mal humor.
Él la miró conteniendo la indignación.
—(No sé a qué viene el sarcasmo!
—Nada de sarcasmo, amor. Si no estás aquí, con nosotros, ¿por qué te empeñas en negarlo? No es ningún delito. Si acaso, una falta de cortesía. Pecado venial.
Fernandito Pons levantó la voz para dejarse oír con claridad.
—A ver si me aclaro, Lali —dijo—. ¿Os estáis peleando o es que empiezo a estar borracho?
—Tú dirás.
—Recapitulemos. O reconsideremos. ¿Cómo se dice? Reconsideremos la situación. Eso es. Aquí hay cuatro personas separadas. Tres caballeros y tú. Forcadell y yo no nos hemos vuelto a casar, ni siquiera por detrás de la sacristía como habéis hecho vosotros. Somos felices. Cambiamos de chica a discreción. ¿Por qué amargaros la vida? Si vais a empezar a tiraros los trastos a la cabeza, como hacíais con vuestros respectivos cónyuges, pues eso.
Eulalia pidió a Forcadell que le sirviera más champán.
—¿Eso, qué?
—Que esta noche tú te vienes conmigo, y le damos a Alejandro esta maciza miliciana de Tito. Sé que sale perdiendo, pero al menos no os pelearéis. Lo primero es la paz. Lo dice Fraga.
Eulalia apostilló;
—Y el orden público.
En aquel preciso instante se presentó Beatriz. Después de sortear las mesas que la separaban de la suya, había llegado detrás de la silla de Alejandro, con lo que éste no se apercibió de su presencia. Hasta que su hija le tocó un hombro. Entonces volvió la cabeza e inmediatamente se puso de pie. Estaba nervioso.
—Hola, guapa —dijo—. Os voy a presentar.
Beatriz sonrió cortésmente. Luego dijo que no se molestara en presentarla.
—Es sólo un momento —añadió con cierta mordacidad en el tono—. En seguida les devuelvo el ingenio.
Se retiraron a una distancia prudencial. Alejandro miró a su hija con dureza.
—Ya me explicarás qué modales son ésos —dijo atropelladamente.
—No quiero conocer a esa señora. ¡No me da la gana! ¿Puedes obligarme tú?
—Haber buscado otra ocasión.
—Perdona, pero quería decirte algo. Hace unos días te hablé en tu apartamento de separarme de mi marido. ¿Recuerdas?
—Sí. Precisamente fue el día que me marché a Madrid por el asunto de mi sobrino. Te llamé en seguida que vine. Dos o tres días después. No sé. Pero me dijeron que estabas en Caldetas. Luego te he vuelto a llamar. Precisamente esta tarde. Después de comer con tu hermana.
—Lo sé. Me lo ha dicho. Por cierto que también quería hablarte de ella. Por si te interesa, claro.
—¿Qué le pasa?
—Quiere irse a Madrid.
—¿Estas vacaciones? No me ha dicho nada.
—Nada de vacaciones. Se va a vivir a Madrid, con una amiga que tiene por allí. Una tal Begoñita no sé qué. ¡Ah! Y se deja los estudios. Te lo digo por si te interesa. Mamá no puede con ella. La pobre, se pasa el día llorando. En cuanto a mí, olvida lo que te dije. No habrá separación.
—¿Estuvo contigo en Caldetas tu marido?
—¿Conmigo? No digas disparates.
—Fue en tu busca. Lo deduje por lo que me dijo la chica por teléfono. El señor se fue hace dos días a Caldetas, y han regresado hoy. ¿O no es así?
—¿Tú sabes qué ha hecho mi marido en Caldetas?
—Pues, no.
—Jugar a la petanca.
—Mejor eso que el póquer.
—Espera. Al póquer jugaba por la noche. No sé dónde ni con qué clase de amigotes.
—¿Quién es ése que te acompaña?
Alejandro miró hacia la mesa de Beatriz.
—Un pintor. Lo he conocido en Caldetas. Es argentino y tiene un estudio allí.
—¿Y cuál es tu relación con él?
Beatriz se encogió ligeramente de hombros.
—Hasta ahora, nada importante. He posado para él.
—¿Desnuda?
Ella arqueó las cejas. Alejandro reconoció su propio gesto de cinismo en el pliegue de los labios de la hija.
—Pero, papá. ¿Eso qué importa? ¿Qué más da que pose desnuda, que cubierta de píeles como el oso Yogui? Estás desfasado. Al menos, cuando hablas con tus hijas. Porque lo que es tú, sabes cuidarte bien. No hilas tan delgado como con nosotras. Pues, mira, tú también tienes un almita que salvar. Se rió en sus narices. Alejandro dijo:
—Ahora lo entiendo menos. De manera que, a pesar de seguir sin congeniar con tu marido, sin acostarte con él según dices, has decidido no separarte. Seguir viviendo bajo el mismo techo.
Ella volvió a reír. Una risita contenida. Un sutil recochineo que hormigueaba en las aletas de su nariz, en la guinda viciosilla de los labios.
—Con discreción pueden hacerse muchas cosas —dijo—. Y yo soy una mujer discreta. Tú y mamá me habéis educado así.
Alejandro bajó la cabeza. El altavoz parecía haberse puesto histérico. Era que había salido el ganador. Beatriz aplaudió, uniéndose al resto de los comensales. En seguida se despidió de su padre.
Antes de volver a su mesa, se acercó a la de Alejandro.
—Ustedes me perdonarán, pero tenía que solventar unos asuntos con mi padre. No sé si saben que ya es abuelo. Ahí Y no le dejen beber demasiado. Luego dice tonterías. ¡Agur!