13
—Nos conocemos. Yo he visto tu cara en alguna parte.
—Sí. También a mí me recuerda a alguien la suya.
—No me hables de usted, mujer.
—Me da acharo.
—¿Por qué? No soy ningún carcamal. ¿O te lo parezco?
—Qué va.
—¿Cuántos años tienes?
—Una servidora, diecisiete. Los cumplí en mayo.
—Estamos en octubre. Tienes diecisiete años y cinco meses. O sea, que estás en los dieciocho. Una vieja.
—Pero ¿dónde nos hemos visto antes? Yo no paro de pensarlo desde que subió usted al tranvía.
—Tú. Tienes que tutearme. Desde que tú subiste al tranvía.
—Bueno, tú. Yo me decía, este chico, ¿de qué le conozco yo? En seguidita que te he visto. Pero no caigo.
—Vamos a ver. ¿Cómo te llamas?
—Flora.
—¡Claro! ¿Has estado en Valencia alguna vez?
—Soy de allí. Y he vivido en el Grao hasta hace cosa de un año. ¡Ay, que ya lo tengo! Los civiles. Nos pescaron a los dos.
—Nos metieron en la misma furgoneta, y tú le escupiste en la cara a un guardia. Luego te pusiste a cantar lo de los curas y monjas. Ibas con un hermano tuyo.
—León.
—¿Está también aquí, en Madrid?
—Está en Ocaña. En el penal. También tengo allí a mi padre. Y a un tío, Milagros. Hermano de mi madre.
—¿Y tú que haces en Madrid?
—Sirviendo. Allí en el Grao no podía ser. Cada dos por tres, como me tenían fichada, venían a buscarme. Conque yo fui y me dije, Flora, hay que salir de aquí. Y me largué. También en Valencia estaba sola, conque qué más da.
—¿Tienes familia aquí?
—Unos primos. Pero no me trato con ellos. Bueno, muy poco.
—¿Y dónde vas ahora?
—¡Pshé! Doy un paseo por el centro. O a lo mejor me acerco a la Casa de Campo. Hoy es domingo.
—¿Vas sola?
—No. Con una amiga. Pero a veces no la llamo.
—¿Por qué no te vienes conmigo?
—¿Adónde?
—Al teatro de la Comedia.
—¿Qué hacen, varietés? A mí me gusta Imperio Argentina. —No, no son varietés. Pero es igual. La cuestión es estar juntos un rato. ¡Somos paisanos, ché!
—Una cosa. A ver si me equivoco.
—Tú dirás.
—Tú estudias Medicina. Y te llamas Juan. ¿Es o no?
—Qué memoria. Entonces, qué. ¿Vienes? Estamos llegando.
—Bueno. Pero a las doce y media tengo que estar en casa. Si no, la señora me grita.
—De acuerdo. Pasa. Bajamos aquí.