6

Flora lo encontró en la pensión haciendo la maleta.

—¿Te marchas? —le preguntó sentándose en la cama. Esta noche. Mí madre no se encuentra bien.

Llevaba un llamativo estampado rojo de manga corta con cuello escotado hasta casi la cintura. El cuello, de pequeños volantes blancos, fruncidos, tenía forma de corazón y dejaba casi al descubierto los senos.

Juan quitó la maleta de la cama y cerró con llave la puerta. En seguida se desabrochó el cinturón.

—Chico, qué velocidad. Ni que fueras el rápido de Irún. Cualquiera diría que en el mes y pico que hace que no nos vemos le has sido fiel a tu palomita mitinera.

—He tenido mucho trabajo.

—Ya. Lo dice la radio el trabajo que tú has tenido. Y los periódicos. No hablan de otra cosa.

Se había subido la falda y se quitaba las ligas, enrollando las medias a mitad de pantorrilla.

Juan cayó sobre ella.

—Espera, hombre! Que me vas a arrugar el vestido. Pues no tienes hambre tú que digamos.

Le asqueaba el profesionalismo que había adquirido Flora de un tiempo a la parte, pero le gustaba acostarse con ella de vez en cuando.

—Cada día tienes más planta de cocotte-dijo observando sus movimientos.

—Una hace lo que puede Con humildad. Y no se pone a mirar a los demás, a ver la planta que tienen. ¡Aviada iba!

—¿Qué quieres decir?

—Nada, pichón.

Se había quitado el vestido, y hurgaba en el monedero. Juan se impacientó. —¿Se puede saber qué puñetas haces?

De espaldas a él presentaba un espléndido trasero bajo la combinación negra de satén.

—Te he traído un globito, vida. Para el pichi. Que vosotros nunca os acordáis y a una le sienta fatal el arroz con leche. Hasta la tripa se le pone como el Montgolfier ese del Retiro.

De los labios de Juan colgaba una mueca mezcla de curiosidad, asco y lástima. Pensó que Flora había tirado por la calle de en medio. Se le notaba hasta en el léxico que empleaba. En el desgarro, entre chulapo y zumbón, imitado de las furcias madrileñas. Ella se quedó de pie, junto a la cama, con el preservativo en la mano.

—Es francés —dijo dándole vueltas entre los dedos—, Y no como los de la calle de la Salud, que sacan ojo para mirar lo que hay dentro.

Juan rió.

—Oye, ¿desde cuándo no llevas sostén?

—¡Ah, pero es que no lo sabias?

—¿El qué?

—La nueva moda. ¿Sabes cómo la llaman?

Él se encogió de hombros.

—La liberación de los oprimidos. Otros le dicen la huelga de sostenes caídos. Y la amnistía pectoral.

Hizo un gracioso mohín.

—¿A que no sabes quién me enseñó esto último? Lo de la amnistía.

Se había sentado en la cama, y Juan le retiró los cabellos que caían en cascada sobre sus blancos hombros.

—Si tú no me lo cuentas, ya me dirás cómo diablos voy a saberlo.

—Tu hermanito.

—¿Carlos?

—Yo sólo conozco a ése.

Juan arrugó el entrecejo.

—Deja estar a mi hermano. Déjalo en paz. ¿Me has entendido? El ha venido a Madrid a estudiar.

—¿A estudiar? ¡Ja!

Agarró a Flora fuertemente por los brazos.

—¿Pero qué coño te has propuesto? Venga, ya me estás contando dónde le has conocido y qué le has dicho.

Flora se desasió de él y gritó que había conocido a Carlos por casualidad, en casa de una amiga. Estaba furiosa.

—¿Amiga tuya o de él?

—De los dos. En cuanto a decirle, descansa. No sabe nada de lo nuestro.

El saltó de la cama.

—Mira, no me saques de mis casillas y haz el favor de hablar. Mi hermano es un crío todavía.

—¡Menudo! Ni que fuera el Chiquilín ése de la pandilla. Tu hermanito anda liado con la Greca hace lo menos tres meses.

—¿Y quién es esa Greca?

—Es tanguista. En el «Edén». Y tiene suerte, que ha dado con una buena chica. Yo la conozco. Precisamente fue ella la que me lo presentó. Claro, dijo que se llamaba Carlos Acosta. Y como tenéis así, el aire de familia, le pregunté si tenía un hermano estudiando aquí.

—¿No le dijiste nada más?

—Ni que una fuera mema.

—Di la verdad, Flora. Que tú hablas como una descosida.

—¡Ay, hijo, qué pesado te pones! Anda, ven aquí. Te haré mimitos. Y deja estar a tu hermano. Él sabe cuidarse.

Le había echado los brazos al cuello, pero Juan la agarró por las muñecas y la obligó a soltarlo. Ante el asombro de Flora, se vistió precipitadamente.

—Tengo que irme —se excusó—. Si te quieres quedar, puedes hacerlo.

Levantó un dedo amenazador.

—¡Pero no revuelvas mis papeles como la última vez!

Flora se encapilló su detonante estampado en un santiamén y salió taconeando delante de Juan. Estaba muy enfadada. Y triste. Porque su padre y su hermano habían salido de la cárcel, con lo de la amnistía, y se habían marchado a El Grao de Valencia en el primer tren. Y porque a Juan, por lo visto, tampoco le hada tilín.

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