14
Llegaron al hotel de madrugada.
Natalia, que había recogido alguna ropa en su pensión para el viaje, se puso un diminuto camisón en el baño. La prenda, muy vaporosa, desnudaba su cuerpo gloriosamente.
—Es asombroso —exclamó Carlos al verla. Y encendió todas las luces para admirarla.
Ella se movía por el dormitorio con una gracia singular. Muy femenina. Incitante. Se inclinaba para coger una maleta del suelo, ordenaba en ella sus prendas íntimas o se metía en el baño para limpiarse los dientes. Mientras, Carlos permanecía sentado en la cama siguiendo sus armoniosos movimientos. El alcohol le había transportado a ese estado en que todo parece irreal, sin contornos definidos. Por esa causa no se habría atrevido a jurar si aquella criatura que tenía delante era de carne y hueso o si estaba soñando.
A veces le llegaba su vocecita ligeramente gutural. Delicada, infantil casi. Entonces él le contestaba en busca de un diálogo que le demostraba que no estaba soñando. Cuestiones banales, que en realidad le importaban muy poco, pero que confirmaban la realidad de una posesión segura. Que estaba allí, a su alcance, y que se hacía cada vez más urgente.
En un momento dado se acercó a él.
—¿Por qué me miras de ese modo? —le preguntó muy seria.
—No sabría decírtelo. A veces tengo miedo de que de repente desaparezcas de mi vista. Que te esfumes en el aire.
Ella sonrió.
—¿Te gusto?
Había separado las piernas y cruzado las manos a la espalda a fin de que la viera mejor. La postura permitió a Carlos inspeccionar su cuerpo. Pero todo seguía un poco borroso a su alredor.
Le preguntó un poco corrido:
—¿Vas a reírte de mí si te pido un favor?
—De ninguna manera.
—Pues, mira. Ve ahí, a ese cajón. El del escritorio. Hay unas gafas. Me las traes. Siento necesidad de verte bien.
Ella obedeció. Al abrir el cajón indicado volvió la cara. Le sonrió apicaradamente.
—Estás un poco borrachín —dijo. Y añadió—: Te voy a dar algo que te dejará como nuevo.
Después de entregarle las gafas sacó del bolso un pequeño comprimido blanco.
Se acercó a él con un vaso mediado de agua en la mano.
—Anda, tómalo.
Habíase inclinado, y Carlos miró los grandes senos de Natalia, su vientre liso, las anchas caderas, que bajaban rotundas hasta los muslos, sólidos y brillantes.
Levantó la cabeza hacia ella y le preguntó con cierta desconfianza en la sonrisa:
—¿Qué es eso que me das?
—Tómalo. No es ningún veneno.
Besó suavemente su oreja, y él sintió entre los repliegues la punta húmeda de la lengua de Natalia. La caricia le excitó.
—Eres mayor —murmuró a su oído—. Eso te ayudará. Hará que te sientas como si tuvieras veinte años.
Él bebió en silencio.
—Así. Quiero que seamos relices esta noche. Los dos. ¿Comprendes lo que quiero decir, Carlos? Me gustas mucho. Mucho.
No fue indiferente al sutil halago de Natalia, que había derramado su pelo sobre su pecho y lo acariciaba con el roce. Por otra parte, empezaba a comprender que, a la hora de la entrega, Natalia era distinta a las mujeres que había conocido hasta entonces. No dramatizaba el amor. Ni lo poetizaba ridículamente. Mezclaba la naturalidad con la ternura y la emoción con la sorpresa, sin salirse de los límites del sentido común. Tenía la facultad de excitar el deseo al mismo tiempo que la ilusión, y cualquier caricia, aun las que hubieran podido reputarse de atrevidas, o de sucias, participaba del encanto de la inocencia que exige el verdadero placer. Se trataba de liberar el instinto en una especie de ritual de iniciación desconocido por Carlos.
A veces oía su voz. Distante, suave, reparadora:
—Tenemos que relajarnos más. La noche es nuestra. Toda, toda... Y el mundo. ¿No notas que estamos completamente solos en el mundo?
Él la acariciaba.
—¿Por qué no te habré conocido antes, Natalia?
—Somos el mundo. Compendiamos —¿se dice así?—, compendiamos todos sus elementos activos. Incluso el fuego.
—Sobre todo el fuego.
Natalia había cogido la cabeza de Carlos como quien toma una copa para beber en ella. Estuvieron un rato con las bocas juntas. De pronto ella se agitó y cayó de lado temblando. Su cuerpo había perdido el sosiego. Entonces Carlos la abrazó en una penetración violenta que pretendía fijarla, eternizarla en él. Luego yacieron pegados, inmóviles, como si se hubieran vuelto de piedra, sintiendo cómo se iba alejando de ellos hasta la última gota de placer.
Fue entonces cuando Carlos pensó en Fefa, su mujer. No le había dado nada. Nunca. Se había limitado a permitir que engendrara en ellas unos hijos que cada vez le resultaban más extraños. Comprendió también que Natalia no era una golfa, como pensara alegremente, y envidió al hombre elegido por ella.
Cuando se durmió tenía hecho el propósito de conservarla. Al precio que fuera. «Si es necesario —pensó—, pasaré por lo que quiera. Lo que sea. Pero yo necesito sentirme vivo. Saber que existo.»
Fue un sueño agitado. La niña de los ojos brillantes volvía a estar allí, al extremo del talud. Carlos la observaba de reojo, veía sus ojos brillantes, incapaces de reflejar ni «quiera miedo, porque eran ojos inocentes. Apuntó al matrimonio y al hijo, de unos quince años, que decía adiós a su hermanita llorando y riendo al mismo tiempo. Carlos obedeció a la voz de «apunten» como lo hicieron los demás compañeros del pelotón. ¿Acaso podían negarse? Seguía viendo a la niña, que había ladeado la cabeza y despedía a su hermano sonriendo, como se despide a un familiar en la estación. En seguida, el estruendo de la descarga. Carlos se despertó sobresaltado, porque no podía quitarse de encima a la niña de los ojos brillantes, que se había agarrado a sus piernas y le miraba sin comprender,
Oyó la voz tranquilizadora de Natalia.
—Espera. Te daré un poco de agua.
Como sudaba por todos los poros de su piel, ella le secó con la toalla del baño.
—Cuánto lo siento —se disculpó él—. La verdad es que con viejos no se puede ir a ninguna parte.
—No digas eso. Ahora, procura respirar con fuerza. Tranquilo. Abriré un poco el balcón.
Había dejado de ser la amante. Ahora era un poco la madre, Beatriz. Como cuando se encontraba en cama con fiebre.
—Ha sido una pesadilla. A veces la tengo. De la guerra, ¿sabes?
—Mañana me lo contarás. Ahora tienes que descansar.
Había cogido la cabeza de Natalia y la miró con fijeza a los ojos. Le pareció más inocente que nunca.
—Mañana —dijo en el momento en que ella apagaba la luz—, mañana hablaremos de muchas cosas.
No se despertó hasta pasada la una.