VII
1
Carlos dormía como un tronco cuando sonó el teléfono. Sacó el brazo de debajo del embozo y, medio adormilado, escuchó una voz impersonal: «Buenos días, señor. Son las nueve.» Dio las gracias y colgó. En seguida puso los pies sobre la alfombra.
Le dolía la espalda y estaba embotado, no obstante lo cual se sentía en perfecta disposición de ánimo para empezar el día. Pidió una infusión de manzanilla y se desperezó. Luego se acercó al balcón y levantó un visillo. El cielo estaba cubierto de nubes oscuras y bajas, que anunciaban un elevado grado de humedad. Carlos se agarró los hombros, como si se abrazara a sí mismo, mientras los músculos de su abdomen liberaban el último bostezo de sueño.
El espejo del baño le devolvió la imagen de un anciano de calva brillante y cara colgajosa, descolorida. «Quién te ha visto y quién te ve», murmuró con voz de sueño. En sus palabras, sin embargo, no había ningún rencor. En todo caso, una cierta ironía, una especie de burla entre compasiva y bienhumorada, subrayada por la expresión festiva de sus ojos. Como si el jovenzuelo que llevaba dentro desdeñara jovialmente el viejo en que se había convertido.
En los dos días que llevaba en Barcelona había disfrutado con sus propias travesuras. Había instalado a Natalia en el mismo hotel, en la habitación contigua a la suya, por si las moscas, y alternaba los ratos en casa de su hijo José, donde había cenado una noche, con las salidas en compañía de Natalia. Salidas nocturnas, hasta las tantas de la madrugada, como la de la noche anterior.
Natalia le había estado esperando en el bar del hotel, pero en vista de que tardaba se había ido sola al «Victoria». La idea había sido de Carlos, porque a ella no le entusiasmaba ver el trasero liso de Bárbara Rey. Pero como tenía las localidades, y a Natalia le habían enseñado a aprovechar el dinero, tomó un taxi tras haber dejado en conserjería una nota para Carlos.
Nada más sentarse a su lado, en la platea del «Victoria», ella le había dicho que se volvía a Marbella. Lo hizo sin mirarlo, alargando el cuello nerviosamente sobre el pelucón de señora que tenía en el asiento de delante.
Carlos se había disculpado:
—Tienes que comprender, Nati.
Pero ella se revolvió.
—No me llames así. Mañana mismo me voy. ¡Estoy harta!
Se marcharon antes de terminar. Tomaron después unas copas en «Joy's», y Natalia empezó a reírse de Marisa Medina tan pronto como apareció en escena.
—Si esto es todo lo que tenéis en España —dijo—, podéis estar orgullosos de vuestras artistas. Son menos que mediocres.
—Pero ¿tú qué quieres?
—Un poco de arte. De personalidad. Esto es muy... ¿Cómo se dice? Muy vulgar. Pobre. En Suecia no lo resistirían ni los campesinos.
Se marcharon de allí. Natalia la mar de divertida con la rabieta de Carlos, y éste muy cabreado con aquella niñita extranjera a la que nada le parecía bien.
Como ella se había animado con las primeras copas, pidió que la llevara a las Ramblas. Allí visitaron varios tablaos flamencos. Mientras iban de un lado para otro, Carlos observó el despliegue de fuerzas que había en las bocacalles. Eran casi todos antidisturbios y llevaban las metralletas en la mano, dispuestos a disparar a la menor sospecha.
Carlos dijo a Natalia:
—¿Sabías que mañana es el referéndum de la Constitución?
—Mañana no existe —le replicó ella encogiéndose de hombros.
Carlos consultó su reloj.
—No es mañana, Nati. ¡Es hoy! Seis de diciembre de mil novecientos setenta y ocho. Un día histórico para los españoles.
Pero como Natalia era sueca, se volvió a encoger de hombros y preguntó a dónde la llevaba. Se había embalado, y Carlos respondió a su guiño malicioso pellizcándole una nalga. Le gustaba verla así, espontánea, sin recatar ademanes y gestos. Moviéndose con la gracia natural que le daba su espléndida juventud.
Regresaron muy tarde al hotel. En conserjería comunicaron a Carlos que le había llamado una señora.
—Será mi mujer —dijo arqueando las cejas.
Entonces el empleado miró la tarjeta que había en el casillero de la habitación de Carlos.
—Dijo que se llama Sofía. Su nuera.
—Sí. Qué más.
—Nada más. Que le llamará mañana a las diez.
Ahora Carlos tomaba la infusión de manzanilla a pequeños sorbos, esperando que sonara el teléfono. Se encontraba mucho mejor.