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La discreta intimidad del «Teatro Eslava» hacía que fuera una especie de prolongación de los hogares de la burguesía valenciana. Era, además, el orgullo de quienes, como Emerenciano, se consideraban valencianos de pura cepa. Su mujer, en cambio, discrepaba. El «Eslava» era según ella «una monería agobiante», a la que únicamente asistían los matrimonios que celebraban sus bodas de oro y algún que otro labrador rico o exportador de naranjas con pujos de gran señor.
Cuando llegaron, las luces de la sala derramaban sobre los arabescos que la decoraban una discreta claridad. Murmullos apagados, toses discretas, la mirada del espectador curioso que se caza al vuelo. Como el palco era poco espacioso, tomaron asiento delante las tres señoras y detrás Emerenciano y Alejandro.
Los tacones altos realzaban la silueta todavía airosa de Beatriz, que llevaba sobre los hombros el rénard regalo del marido. Marta —abrigo y sombrero grises; zapato oscuro de discreto tacón— charlaba por los codos. Era feliz con su padre, y experimentaba a su lado la doble complacencia de sentirse joven y bonita.
Conocedor de las mujeres, Alejandro la encontró muy cambiada. Creía adivinar en ella el despertar de una coquetería audaz que él calificaba de «moderna», sin acertar a explicar el calificativo. La había observado mientras, en el almuerzo, hablaba con Javier, el agregado, y notó que le miraba a los ojos con insistencia. Lo atribuyó a falta de mundo.
Emerenciano deslizó una pregunta al oído de su mujer:
—¿Te tomaste la pastillita verde?
Ella alzó el hombro izquierdo en un gesto habitual, muy suyo, de niña consentida.
Durante unos minutos rieron las ocurrencias de Aurora Redondo y Valeriano León. Luego, en el entreacto, los caballeros salieron al salón fumador.
Liaba Alejandro su cigarrillo, recreándose en su factura como hacía siempre, cuando se le acercó un joven alto correctamente vestido. Aparentaba unos veinticinco años y, a pesar de su esmerada educación, o quizá por ella, causaba una impresión poco agradable.
—¡Don Alejandro Acosta! —exclamó alargándole la mano.
Alejandro parpadeó.
—Pero si es Pedro Cabanes. Qué pequeño es el mundo. ¿Qué haces por aquí?
Cuando saludó a Emerenciano, el recién llegado soltó durante un rato una retahíla de incoherencias en las que mezclaba su pasión política —«Gil Robles y el Señor»— con las injusticias que se cometían en las oposiciones a Registros. Luego se despidió con brusquedad y desapareció.
Emerenciano exclamó sonriendo:
—¡Este chico está majareta perdido!
Alejandro explicó que era el hijo mayor de los Gabanes, la familia más adinerada del pueblo.
—Su padre fue Registrador de la Propiedad. Y su madre, doña Antonia, es la prudencia personificada. Igual que la hija y el menor, Luis. Pero a este pollo pera no hay quien le saque punta, lleva varios años en Madrid haciendo oposiciones. Ahora supongo que estará de vacaciones. Tienen casa abierta aquí. En la calle Colón.
Quedaron en silencio. Alejandro pensó en sus hijos. Sobre todo en el pequeño. De un tiempo a esta parte le preocupaba la muerte, y tenía la esperanza de que, si le ocurría algo, el mayor sacara a flote a la familia. Era cumplidor, y no dudaba de que sabría labrarse un buen porvenir«
La pregunta de Emerenciano cortó su meditación«
—¿Cómo has encontrado a tu mujer?
—No sabría decirte. Tal vez en el pueblo, con su madre y su hermana, estaña mejor. Más acompañada. Pero tenemos que hacer algo por los chicos. Quedó un instante pensativo. Luego dijo:
—Yo no la veo mal. Aunque la verdad es que no ha tenido tiempo a hacerme ninguna escena de las suyas. #.
—De todas formas, creo que deberlas llevarla a un buen médico. Ahora que estás aquí...
—Hace dos años la visitó Fornos.
—¡Nada de Fornos! Un buen especialista del sistema nervioso. Eso es lo que necesita Beatriz. Tiene que acabar de una vez con sus manías. Que conseguir la tranquilidad, d aplomo que hoy se necesita para hacer frente a la vida. Y más cuando los chicos se hacen hombres. Porque problemas no le van a faltar.
—Se niega. No quiere oír hablar de sus nervios. Nombrarle los nervios es algo así como decirle mala mujer.
—¡Pues aunque no quiera!
Aunque enérgico a bordo, Alejandro era débil con los suyos. Con frecuencia se inhibía del problema doméstico. Dejaba que d tiempo lo fuera madurando. Por esta razón le producía una viva inquietud tener que enfrentarse con la mujer. Sabía que se le había metido en la cabeza d disparate de que alguien, nunca dijo quién, se había propuesto reducirla en un manicomio.
Hizo el propósito de tomar una resolución.
—Haré lo que pueda. Pero va a ser muy difícil hacerla bajar del burro. Tú la conoces.
A la salida del teatro tomaron un café con leche en «Barrachina». Se veían guardias de Asalto patrullando frente a Correos, en las aceras del Ayuntamiento y de la Telefónica. Pero como por lo demás todo parecía tranquilo, aunque con menos gente de lo normal, decidieron ir a casa paseando.
A medida que se alejaban del centro aumentaba la oscuridad. En una de las transversales de la cañe Zaragoza, Marta creyó ver la sombra de un tipo que les seguía.
—Lo he visto —murmuró—. Dos veces. Iba por ahí. Pegado a la pared. Apresuraron d paso.
Varias calles más adelante oyeron dos disparos de pistola.
—Eso tiene que ser algún ajuste de cuentas entre patronos y obreros. O al revés —opinó Alejandro.
—¡Hala, a casa! De prisa. Aquí nosotros sobramos. Lo dijo Emerenciano, que abría la marcha con su mujer.