IV
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«La tímida doncella se ligó al dragón de San Jorge y se dejó follar por él. Del contubernio nació una mosquita la mar de maja. Tenía la misma cara inocente de la mamá de la tímida doncella, u séase de la abuelita, y dos graciosas membranas color humo "habemus Papa" bajo los brazos. Su cuerpo sandunguero, sin piernas, terminaba en una talidomídica cola de cocodrilo como la de su papá el señor dragón. Su caqui la olía a azufre.
»La tímida doncella compró un bonito collar y una correa en "El Corte Inglés", rebajas de enero, y se lo puso al cuello a su querida monstruita. Cuando la sacaba a tomar el sol, la gente decía: "¡Qué monada de criatura!" Y la que un tiempo fuera tímida y doncella lloraba de emoción.
»Educó a la hija monstruita en el santísimo temor de Dios. "No existe pecado más horrendo que la impureza —le decía siempre—. Así que, ya sabes: la rajita, ni mirarla. Que tampoco se te ocurra darle al dedo ni meter palmatorias allí donde no pueden dar luz. Ni frotarte con el canto de la silla. Y, sobre todo, que nadie te toque. Si sigues fielmente los sanos consejos de tu mamá, un día subirás al Cielo con la cara resplandeciente de santidad. Entonces san Pedrúsculo te abrirá las puertas de par en par y, con sólo verte, tirará como un loco de la cremallera de su santa bragueta."
»A fin de instruirse para mejor educar a su monstruita, la abnegadísima mamá quemó sus días y sus noches en la dura labor de acostarse con tíos y con tías. En los pocos ratos libres que le quedaban, leía pía y atentamente los sabios escritos de Santo Tomás de Allisí; la atormentada vida sexual de Santa Frígida de la Coñarrubia; las instructivas epístolas de San Falo Erecteio, de las beatas Virgoinútilis y Virgorreconstituto, así como las memordia de San Gay y de San Glandón de la Bonafellatio.
»A pesar de todo cuanto hizo la piadosísima mamá para conservar intacto el tierno himen de su joven monstruita, la tía puerca se largó con un guapo murciélago de la era terciaria cuando éste le chupó el moño. Purgó su pecado de lujuria, porque tuvo con el murciélago dos gemelos, un nene y una nena. Y los dos salieron a loa abuelos maternos: virtuosos, piadosos y de derechas. Indeseables gente de bien.»
Olga firmó al pie del ejercicio escrito. Después dobló el folio cuidad pero a la sor que vigilaba el examen. Cuando llegó a la altura de su mesa, cortamente y dobló la rodilla derecha en un gracioso movimiento. Mientras le entregaba el papel, la miró a los ojos y sonrió como le habían enseñado en el colegio. Minutos después terminaba la clase y ella abandonaba el aula con el resto de las compañeras. En la puerta se volvió para mirarla por última vez. Luego salió decidida al corredor.
Aquello había sucedido cinco días antes, un viernes por la tarde. A la hora del almuerzo, Olga había estado escuchando a su madre sin dejar de engullir las famosas patatas fritas que hacía el restaurante. Doraditas, tibias, comiscantes, con aquel especial punto ácido que da el aceite puro de oliva cuando temperatura y cantidad se dosifican sabiamente.
Comían los tres en el famoso restaurante próximo al apartamento donde Eulalia, la madre de Olga, vivía con Alejandro Acosta.
Eulalia decía a Alejandro:
—Se han portado de maravilla. Todos. Yo diría incluso que han sido generosos. (Eulalia miró a Olga y, a modo de inciso le dijo: «¿No te parece una palabra preciosa? Generosidad. Medita un poco sobre su verdadero significado.») Como te decía, no te puedes imaginar las visitas que he tenido. Mamá murió al anochecer, y a partir de las diez de la noche empezó a venir gente. Carbonell no se separó de mí. Como ya no tiene que aguantar las exigencias de la cursi de su mujer, hace lo que le da la gana. Busca a los amigos. No, pero no es por eso. Él es así. El pobre, fue al «Drugstore» de Gracia a las tantas de la madrugada. Diluviando. Fue a comprarme «Nescafé» descafeinado. Sabe que lo tomo y en casa no quedaba. Mejor dicho, no había. Porque mamá en paz descanse, únicamente tomaba leche «Ram». (Se volvió hacia su hija: «Tú sabes que la abuela no tomaba café. No lo probaba.») Vino también Lule, esa mejicana tan pesada. ¡Cómo se enrolla, la tía! Sabes a quién me refiero. A la que hace iconos y cosas de ésas. La acompañaba un señor mayor. De la Embajada. Al menos eso dijo ella. Porque vaya usted a saber. Estuvieron como una media hora y se fueron. Por cierto que el tal señor andaba trompa perdido. No sé cómo tienen tanta poca dignidad algunas mujeres. El tipo empezó a meterse, ¿con quién fue? ¡Ay, Dios mío, esta cabeza! (Eulalia se acodó sobre la mesa y apoyó la frente en las yemas de los dedos. Volvió los ojos hacia donde estaba la hija y le preguntó: «¿Verdad que hacía tiempo que no tenía estas ausencias? Tú no lo sabes, claro. Apenas nos vemos.») Sí, ya. (Sonrió a Alejandro.) Ya me acuerdo. Empezó a meterse con Fernando Pons. ¡Pero de qué manera! Ya ves. El pobrecito Pons, que no abre la boca por no ofender. Y es que tiene clase. Las cosas como sean. Vino con Toni y un par de chicas que no conozco. Nuria Espert estuvo un momento. La recibí en la salita, a ella sola. Venía de ensayar y estaba hecha migas. Yo siempre digo que Nuria tiene cara de Dolorosa de Salzillo. Bueno, de Salzillo o de quien sea. ¿No os parece? Se fue en seguida. También estuvo Ángel. Con los de la «Martini». Se puso a hablar de política con no sé quién y acabaron gritando. Ese Ángel es buen chico, pero cuando abre la caja de los truenos no hay quien lo soporte. A mí me parece que no anda bien de la perola. ¿No será cuestión del metabolismo? Bueno, no sé. (Miró a Alejandro.) ¿O el metabolismo no tiene nada que ver con la cabeza? ¡Ay, hijo, no sé! Yo como lo veo cada día más gordo, pues pienso si será eso. Arturo Muñiz se trajo a la amiguita de turno. Creo que Arturo se sentía incómodo. ¡Y es que tiene una frescura! ¡Tiene un papo, el tío! Sabrás lo que se dice de él estos últimos días. ¿Me escuchas, hijo?
Alejandro levantó la cabeza como si le acabaran de despertar.
—Te escucho, Lali. Claro que te escucho.
Miró a Olga.
—¿No es cierto que escuchamos todo lo que dice tu madre? No hacemos otra cosa.
Olga suspiró. Eulalia contó una truculenta historia según la cual Arturo Muñiz, un periodista de izquierda que atacaba mordazmente al franquismo, había sido desenmascarado por cierta revista.
—Te he recortado el articulo —siguió Eulalia—, porque es que no tiene desperdicio.
Y hay una foto así de grande. Está Muñiz, muy joven, con la camisa azul y el brazo levantado en no sé qué acto de los de entonces.
Olga hizo una seña al camarero. Pidió tarta de manzana y un café. Pero su madre dio contraorden. Ordenó que le trajera el café, pero no tarta.
—Luego se te pone todo en el pompis, hija. A los quince años.
—Diecisiete.
—Pues, más a mi favor. A tu edad ya no se debe comer tanto.
Eulalia creyó llegado el momento de aconsejar a su hija un cambio de amistades.
—Hay gente de tu clase. Con los Monistrol, por ejemplo, no te veo nunca. Ni con Toñeta Carreras. A mí me parece muy bien que te hagas con todo el mundo. Ya sabes que persona más liberal que tu madre no la encontrarás. Pero de ahí a ir siempre con los hippies media un abismo, guapa. Te comen el coco como decís vosotros ahora. ¿No te parece, Alejandro? ¡Díselo tu, hombre! Dile que está en edad de estudiar. De aprovechar su tiempo. Y menos visitas a la comuna esa y menos fiestecitas equívocas. ¡Háblale!
Alejandro arqueó las cejas resignado.
—Mujer...
Olga cortó:
—A mí Alejandro no tiene por qué sermonearme, mamá. No es quién. Además, ¿qué harías tú?
Se levantó decidida. Dijo:
—Se me hace tarde.
Consiguieron que se sentara otra vez, con la promesa, por parte de Alejandro, de que la acompañaría al colegio en el coche.
Eulalia preguntó a su hija cuantas clases tenía por la tarde.
—Dos. O tres. La verdad es que no lo sé. Y un ejercicio de redacción. Un rollo que a mí no me va, pero nada.
—Una lástima que Alejandro no pueda presentarse por ti. Sacarías un diez.
Olga soltó una risita impertinente.
—Yo escribo mejor que Alejandro —aseguró—. Digo lo que pienso. Cosa que no hace él.
Le dio una palmada en el hombro.
—¿Es o no, tío?
—Quizá sí. Aunque, la verdad, no podría asegurarlo. Nunca he leído nada tuyo,
Olga quedó un momento pensativa. Luego prometió que no tardaría en saber cómo redactaba.
Hizo un gracioso mohín.
—Y te juro que te vas a quedar así. Con la boca abierta.
Miró a su madre, provocándola.
—Y tú también, mamuscha.
Chispeaba cuando salieron del restaurante. Olga levantó la cabeza hada una gran nube oscura de blancos rebordes deshilachados. La nube cruzaba la dudad oscureciendo a su paso fachadas y calles. Pensó que sería bonito verla desde la comuna con el Xavi.
Corrió hada el coche detrás de la madre y se dejó caer pesadamente en d asiento trasero. Tenía calor y bajó el cristal. Por un momento se preguntó qué estaba haciendo ella en el coche de un señor desconocido que se acostaba con su madre con el beneplácito de todo el mundo. Trató de autoconvencerse de que no era exactamente así. Su madre y Alejandro, se decía, estaban muy compenetrados, cosa que nunca ocurrió entre Eulalia y el marido. Se comprendían. Podían hacerse mucho bien mutuamente. Si se sumaban todos estos factores, el saldo resultaba evidentemente positivo. Pero para ellos. Para nadie más que para ellos.
—Sobre lo cual —expresó en voz alta—, también tengo serias y poderosas de duda.
Al oír la voz de la hija, Eulalia volvió la cabeza.
—¿Que dices, chatita?
—Te decía que te han dejado el pelo muy bien. No parece de peluquería,
—¿Tú crees?
—Con esas crenchas pareces una niña.
—¡Ay, hija, por Dios! No será tanto..
Dejaron a Eulalia en un establecimiento del centro. Olga se sentó junto a Alejandro, estiró las piernas y apoyó la cabeza en el respaldo del asiento. Cerró los ojos.
—Ahora me echaría una siesta —dijo ronroneando. Y cruzó las manos sobre el vientre.
Fueron un rato en silencio. De repente preguntó a Alejandro cómo podía soportar a la madre.
—¡Se pone de un pesado! Cuanto más vieja se hace, más plomo está. Eso sí que es arteriosclerosis de la buena.
—Pesados lo somos todos —repuso Alejandro sin alterarse—. Y tenemos derecho a serlo. Pesados, estúpidos, impertinentes. Son válvulas de escape. Tenemos que ponerlas en acción a fin de evitar el estallido de las coronarias. ¿Qué opinas?
—No disimules conmigo.
—No sé por qué dices eso.
—Porque tú la soportas.
Alejandro conducía despacio. El tráfico, muy denso a aquellas horas, parecía atraer toda su atención.
—Aunque no lo exteriorices, se nota que la soportas. Sólo eso.
El silencio pesaba como una losa invisible. Estaban los dos tensos.
—¡La soportas!
—No irás a ponerte histérica, Olga.
—Y cuando te canses de ella, o ya no puedas aguantarla más, se la devolverás a su marido. Nos la darás a Quique y a mí para que cuidemos su vejez. ¡Para mimar sus muermos!
Cuando llegaron frente al colegio, Alejandro paró el coche y abrió la puerta del lado de Olga.
Ésta recogió sus libros y salió en silencio. Se despidió de él con un fuerte portazo.
Caminó decidida hacia el soportal del colegio, donde saludó a un par de compañeras que consultaban unos apuntes. Cuando entró en el aula, en el primer piso, vio puesto en la pizarra el enunciado del tema de redacción: «San Jorge y el dragón como símbolo del pecado.»
Se sentó y empezó a escribir.