12

Al alba le despertaban los gorriones aquerenciados en el laurel. Tito volvía a dormirse. Cuando se levantaba, entrada la mañana ya, salía a la explanada medio dormido. Entonces el sol le envolvía como una llamada vivificadora. Sólo se oía el abrasado canto de las cigarras y, abajo, el jadeo refrescante de las olas.

El reverbero del mar le obligaba a entornar los ojos. Salvo cuando había levante, la superficie gris-azulada permanecía inmóvil. Sin el menor cabrilleo. Sólo se ondulaba a unos pocos metros de la playa en unas olas apenas perceptibles, que rompían mansamente sobre la chispeante grava.

A la izquierda de Tito, amarradas al espigón, sesteaban las embarcaciones de pesca. Tenían los cascos pintados de verde, de rojo, de azul o de blanco, y en todas ellas alternaban estos y otros colores con el negro abituminado de los mamparos y con el otro negro, color humo, de los escapes en forma de chimenea. Los botes anclados en la bahía parecían seres pequeños. Acabados de nacer o más o menos crecidos. Se le figuraban a Tito dotados del milagro de la vida. Seres que irían creciendo, como hacía él, y que el día menos pensado serían barcas grandes y fuertes. Entonces pasarían a ocupar un puesto más entre las embarcaciones amarradas al espigón.

Algunos días descubría un bosque de vapor. El barco dejaba a su paso una estela blanca, que se deshacía lentamente convirtiéndose más tarde en un trazo morado como una cicatriz. Inevitablemente pensaba en su padre. En otras ocasiones era una vela blanca lo que sus ojos alcanzaban a ver. La vela parecía inmóvil, pegada al mar como se adhiere un pétalo de azahar al pensamiento. Parecía algo inocente y desvalido abandonado a su suerte, sin poder avanzar ni retroceder. Entonces Tito tomaba un punto de referencia —el islote de Benidorm o una de las pilastras de la balaustrada— y, mirando con fijeza el espacio que mediaba entre dicho punto y la vela, terminaba descubriendo hacia dónde navegaba la embarcación.

Pilar le llamaba hasta el desgañitamiento, porque había que desayunar. Marta, que le observaba desde el balcón de su dormitorio, unía su voz a la de la muchacha. Pero él parecía no oír a nadie. Seguía ausente, con los pies descalzos y las piernas ligeramente separadas, observando lo que sucedía mar adentro.

Estas ausencias, más frecuentes a medida que el tiempo pasaba, aumentaban su fama de despistado. Él parpadeaba cada vez que Marta le rescataba de su abstracción. Sonreía. Y terminaba sacándole la lengua y echando a correr en busca de un lugar solitario. Allí pensaba qué diablos les pasaba a los mayores. Cómo era posible que no se interesasen por todo lo que les rodeaba. Por qué razón pasaban junto a las cosas sin verlas. O ignorándolas.

A últimos de julio, una tarde acompañó a su madre a visitar a las tías Carmen y Luisa. Tal como le había dicho Marta, la casa de las tías quedaba a un tiro de piedra de «El Mirador». En seguida recordó que el año anterior había estado allí con su padre, sentado en aquel acogedor patio en pendiente. Se veía desde él un descuidado jardín, con la palmera enana y, a través del vano de la puerta, la sala con las paredes llenas de fotografías, de estampas religiosas con Vírgenes y santos, de airosos veleros navegando a todo trapo sobre un mar extrañamente rizado del color de la alfalfa seca.

Tía Luisa le dio un rosco azucarado que sabía a rancio. Luego le acompañó al jardín.

—Ahí tienes la palmera —dijo—. La trajo mi padre de Filipinas y la plantamos ahí, pero no ha crecido. Mi padre también era marino, como el tuyo. Los pajaritos anidan ahí, entre esas ramas abiertas como palmitos. Algunos se caen del nido. Yo los oigo piar en el suelo. Hasta que se mueren, los pobres.

Tito pensó cómo podía dejar morir a los pájaros una persona que, como ella, se pasaba el día rezando.

Como si hubiera escuchado su pensamiento, tía Luisa dijo que su sobrino Alfonso recogía alguno.

—¿Y qué hace con ellos?

—Les da miguitas de pan mojado. Pero casi todos se le mueren. Necesitan el calor de la madre. ¿Tú no conoces al primo Alfonso?

—¿Dónde está?

A tía Luisa se le había ido el santo al cielo. Por eso preguntó:

—¿Quién?

—El primo Alfonso.

—¡Ah, el primo! Está arriba. ¿Sabes? —secreteó—. El primo no tiene ganas de ver a nadie. Cuando viene visita, sea quien sea, se esconde. Pero te llevaré con él.

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