XI
1
Sofía se dejó caer cansadamente en el sillón del dormitorio.
—Estoy agotada —dijo. Y cerró los ojos.
Seguía viendo las escenas del hotel. La gente arremolinada en torno a la mesa de Eulalia; Alejandro agarrándose la cabeza y paseando arriba y bajo como si se hubiera vuelto loco; Carlos despotricando, insultando de mala manera a aquellas pobres gentes. Recordó la expresión de la cara de Elena, como de triunfo. Y la pataleta de Fefa, que se había echado a llorar y pedía que se la tragara la tierra.
Cuando sonó el teléfono murmuró: «Dios mío, ¿no estaría bien ya? Todo esto es alucinante.»
Se sentía tan sin fuerzas que llamó al marido.
—¿Lo coges tú?
Oyó el sifón y la puerta del baño. Escuchó luego las pisadas de José perdiéndose en el pasillo. Poco después le veía entrar. Estaba desencajado.
—¿Qué ocurre ahora?
José llevaba puesto un pijama azul. Enmarcado en la penumbra del vano de la puerta, inmóvil, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, parecía una figura pulida al esmeril. Distante.
Sofía oyó su voz. También lejana. Espesa.
—Llaman de casa de Torroellas.
Ella se incorporó. Parecía haber despertado de un sueño narcótico.
—¿Torroellas? ¿Qué quiere?
—Se ha suicidado. Un tiro en la cabeza. Ha dejado una carta para ti.
José preguntó desde la penumbra:
—¿Qué va a ser ahora de nosotros?
No se atrevió a mencionar de nuevo la carta que había dejado Torroellas para Sofía.