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La chocolatería «Santa Catalina» abría sus puertas frente a la parroquia del mismo nombre. Constaba de una sola pieza, estrecha y profunda, con pasillo central entre las mesas de mármol y las sillas de madera oscura. Al fondo, el mostrador con trampa, pintado de blanco, separaba la parte destinada al público del pequeño obrador, donde se mazaba la leche y se la descremaba, se elaboraban las doradas lengüetas, los bollos y suizos, y se coda a fuego lento el chocolate que acreditaba el establecimiento.

Por aquel entonces era lugar de cita de las familias de dase media y las capas más acomodadas, que acudían a redbir entre dos luces o asistían a misa y a los ofidos del día. Señoras de mediana edad, atildados caballeros y crías con ojos de sueño, recalaban al establecimiento a desayunar. De tarde, el prestigio de sus productos y los clientes que asistían a los novenarios acababan de dar vida al floreciente negodo.

Aunque Emerenciano Adell solía renegar del tufo de refectorio de la chocolatería, no lo pasaba mal delante de las jicaras. Las aletas de su carnosa nariz, surcada de ve— nitas azules y rojas, se dilataban ante d humillo, erguíanse las guías de su blanco mostacho mosqueteril e insalivaba bastante más que de ordinario. Un vago temor asaltaba sin embargo al antiguo guardaespaldas de don Vicente Blasco Ibáñez, y era que algún antiguo correligionario le sorprendiera allí, entre tanto tipo sacristanes, como solía decir él.

Quizá fuera este temor la causa de que cada vez que entraba en «Santa Catalina» mirara recdosamenté a los clientes antes de dedelirse a bajar los dos escalones. Como siempre acababa sucediendo, también en aquella ocasión los bajó. Sabía que, a cambio de concesiones como aquélla, su mujer accedía a colgarse de su brazo en los días de calentura republicana, y lo mismo se presentaba con él en la plaza de toros que acudía a los mítines de la Alameda para oír, según ella, los disparates que ensartaban los capi— tostes del Comité Nadonal Republicano.

Avanzó hacia d fondo del establedmiento mirando las caras de los clientes, sonriendo cortamente a la vieja dama conocida, mientras se llevaba la mano al ala de fidtro, aspirando d incitante aroma del cacao.

Una camarera descarnada y pálida de mediana edad le preguntó si buscaba a su esposa.

Emerenciano sonrió.

—A veces se me escapa, ¿sabe?

—Pues ha estado aquí esperándole un buen rato.

La camarera hablaba por bajines, como si temiera despertar los estómagos de la clientela.

—Me ha dicho que le espera ahí enfrente. En «El Siglo».

Emerenciano hizo una ligera inclinadón de cabeza y dijo:

—Muchas gracias, hermana. Alabado sea Jesucristo.

La risa burbujeaba en su garganta mientras cruzaba la Plaza de la Reina, bastante concurrida a aquellas horas de la tarde. El crepúsculo teñía d cielo de un violeta pálido con toques rosados. El aire era tibio. Todo invitaba a callejear, pero aquella tarde Emerenciano se quedó con las ganas.

Tordendo d gesto, empujó la puerta del café. Una acre bofetada de aire caliente le dio en la cara. Emerenciano se quitó los lentes, repentinamente empañados, y procedió a limpiarlos. Junto al ventanal de siempre, uno de los que daban a la calle de La Paz, vio a su mujer charlando con Concha. Al otro extremo de la mesa estaba d matrimonio Aznar, Julia y Leopoldo. Junto a éste, Guillermo, con su proletario pañuelo color crema al cuello protegiendo d de la americana gris.

Sorteando mesas y clientes llegó hasta ellos.

—Muy buenas nos las depare Dios —saludó.

—Buenas y molluditas, que asi es como nos gustan a los entendidos —bromeó Guillermo levantándose.

Acercó una silla.

—Usted, aquí, a nú lado —dijo palmeando el asiento—. Deje en paz a las mujeres. Si no lo hace así, ya sabe: corte el riesgo de morir joven. ¿No ha leído el último articulo del doctor Barcia sobre el particular? No tiene desperdicio.

—Por eso se mantiene soltero, barbián. Que es usted un redomado pillo.

Tomó asiento junto a Guillermo.

—Hablando de mujeres —dijo Emetenciano—, les diré que ésa que hay ahí, y que es la mía mientras no se demuestre lo contrario, ¡me ha engañado!

Concha abrió los ojos desmesuradamente y la piel de su frente se arrugó en profundos surcos ondulados.

—¿A estas alturas?

—A estas alturas, mi querida Concha. Conque imaginen ustedes cómo estará un servidor de ustedes. ¡Destrozado!

Isabel se fingió enojada.

—Siempre con sus tonterías —exclamó. Y pellizcó por debajo de la mesa el muslo del marido.

Emerenciano reía encantado.

—No me busques las cosquillas, Isabelita, porque me las vas a encontrar. Y déjate de pellizquitos, que estoy dispuesto a...

Ella le cortó al decir.

—¡Payaso!

Reían todos.

—Pero, vamos a ver —siguió Emerenciano—, ¿no quedamos en vemos en «Santa Catalina»?

—Claro.

—¿Y tú has esperado a tu amante esposo? Luego me has engañado.

Ella levantó un hombro y exclamó:

—¡Porras!

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