15

Beatriz pasó la noche sentada tras los cristales del balcón. Se había echado encima un mantón negro de velludo y apoyaba los pies en la tarima del brasero. A veces se endormiscaba. Despertaba con sobresalto y un vago remordimiento, porque se había dejado vencer por el sueño. Entonces pensaba en su marido. Si a su hijo Juan le ocurría algo, o tardaba varios días en aparecer, ¿cómo podría mirar a Alejandro a la cara en lo sucesivo? Faltando él de casa, ella era la única responsable de la suerte de los hijos. Buscar pretextos a esta realidad le parecía una actitud cobarde. Poco noble. La carga era pesada, pensaba Beatriz, pero ella ya sabía lo que arriesgaba cuando decidió casarse, a los dieciocho años. De todas formas, en el supuesto de que Juan siguiera sin aparecer, tenía decidido telegrafiar a la compañía al día siguiente. ¿Qué otra cosa podía hacer? Aparte de sus primos y del general Donderis, no conocía a nadie en la ciudad. Los León, sí. Pero acudiría a ellos cuando no hubiera otra salida. Porque los León estaban muy relacionados con el pueblo, y ella quería evitar interpretaciones que pudieran dar pábulo a la maledicencia. A las dos de la madrugada oyó la vocecita gangosa del hijo enfermo. Se levantó de un salto.

—Voy.

De rodillas sobre la cama, Tito olía su propia fiebre mientras su madre sostenía el orinal.

—¿Por qué no estás acostada?

—No tengo sueño. Más tarde.

La frente de Tito seguía ardiendo.

—Te pondré el termómetro. A ver si esa fiebre ha bajado.

—¿Hace frío?

—Un poco. Todavía estamos en invierno. Pero pronto pasará.

Tito tomó unos sorbos de agua con limón. Mientras lo hacía, preguntó por Juan.

—No me ha traído los tebeos.

—Mañana. Ahora tienes que dormir.

Contra lo que temía Beatriz, la fiebre había bajado unas décimas. Apagó la luz y volvió a su puesto, junto al balcón de la sala. Se durmió pensando en el futuro de Marta, a quien tardaba en salir el novio digno de llevarla al altar.

Las horas se ensanchaban en la oscuridad hasta convertirse en un mar sin fondo. Beatriz se hundió en él definitivamente. Era la suya una plenitud sosegada. Sin techo.

Despertó al oír en la calle el golpe de la puerta de un coche. Beatriz separó discretamente el visillo. Antes de ver a Juan reconoció su voz. Mientras corría hada la puerta el corazón le latía atropelladamente. Pensaba que las piernas se negarían a sostenerla cuando intentaba descorrer el pesado cerrojo del patio. Abrió. En aquel momento, su hijo se despedía de un guardia, a quien estrechaba la mano.

Madre e hijo se abrazaron en la penumbra del portal.

—¿Qué te ha pasado?

Juan explicó lo sucedido. Había enlazado a su madre por la cintura y la ayudó a subir. Comprobó la extrema delgadez de su cuerpo, su fragilidad.

En el recibidor ella vio las manchas de sangre de la camisa,

—¡Dios mío, te han pegado!

—Esa sangre no es mía. En el tranvía hirieron en la cara a una mujer. Me manché.

Marta, que había acudido al oír las voces, se echó a llorar.

Juan la abrazó.

—No hagamos un drama. Venga. No ha pasado nada. Absolutamente nada. Hay que olvidar todo esto.

Beatriz quiso saber quién le había acompañado a casa.

—Pues no lo sé. Un sargento de la Guardia de Asalto. Se llama Diéster Cartón. Llegó a las tantas preguntando por mí y me han soltado bajo su responsabilidad. No me ha dicho nada más.

Beatriz pensó que habría que regalarle algo al general Donderis por el éxito de su gestión. Marta abatió la mirada.

—Déjalo mamá —dijo—. Que se acueste. Ya nos lo contará todo mañana.

Juan se desnudó en el cuarto de baño y se lavó concienzudamente. Su excitación había dado paso a un profundo relajamiento. Se durmió en seguida.

A la mañana siguiente su madre le llevó el desayuno a la cama.

Juan la miró sobresaltado.

—¿Qué hora es?

—Las once y pico. No te he querido despertar.

Quiso echarse de la cama, pero su madre se lo impidió.

—Pero ¿qué tienes que hacer? ¿No está cerrada la Facultad? Pues descansa ahí.

—He de ir a varios sitios.

Desayunó de prisa.

De repente Beatriz se echó a llorar. Juan le cogió una mano.

—¿Qué te pasa? ¿A qué viene eso ahora? He vuelto, ¿no?

Su madre se limpió las lágrimas con las yemas de los dedos. Luego dijo:

—Lolita, la sobrina de los Esteve, se ha escapado de casa.

—¿Cuándo?

—Hace una media hora. Ha dejado una nota para su tía. Cuando los jóvenes empiezan a obrar así es que algo no funciona.

Juan había dejado de masticar y miraba al techo estúpidamente.

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