13

Lo encontró sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared y las piernas estiradas. En la sofocante penumbra del desván le pareció un trasto más. El hombre que se ha roto, o que ya no sirve, y se retira con los cachivaches llenos de polvo. Pero se equivocó. El primo Alfonso, además de simpático, era muy joven. Quizás unos siete u ocho años mayor que él.

Le presentó a sus pájaros, alineados en pequeñas jaulas prismáticas colgadas en la pared.

—Éste es Nicanor, el jilguero más listo del mundo —dijo muy serio—. Canta con segundas intenciones, el bribón. Y baila de alegría. Yo lo respeto porque todo se lo toma a guasa.

Alfonso era más bien menudo. Flaco. Los hombros subidos en punta y sus labios estirados hacia arriba daban a la expresión de su rostro un aire de payaso divertido. Tenía la cabeza pequeña, pelada al cero, y en su cara verdosa y estirada bailaban unos ojuelos burlones como duendes, que parecían ofender bajo las cejas en acento circunflejo. Cuando reía, sus dientes menudos imprimían a su semblante cierta malignidad. Vestía unos pantalones anchos con culeras, que llevaba sujetos a la cintura con una soga de cáñamo, y una camisa de lienzo blanca de tirilla, sin cuello desabrochada.

Después que le hubo enseñado sus pájaros, quizá medio centenar, Alfonso le invitó a sentarse. Tito miró alrededor en busca de una silla, y el extraño personaje dejó escapar una risa menuda y seca que recordaba el grito del macaco.

—Mira, Alejandro —dijo después—, porque tú te llamas Alejandro. No Tito, como alguien te ha bautizado estúpidamente. Aquí, si es que decides seguir viniendo, aquí no encontrarás las cosas de los demás. Éste es mi mundo. Así que te sentarás en el suelo, como yo. O mira, en una de esas cajas. Porque, vamos a ver. ¿Tú crees en Dios?

Tito asintió. Permanecía de pie, observando a Alfonso, enfrascado entonces en trenzar una cuerda de cáñamo.

—De acuerdo. Yo también. Pero no en ese Dios que se ha inventado gente como mi tía. Bueno. Pues Dios no inventó las sillas, ni los sillones. Nada de eso. Dios puso en el hombre un bonito culo y le dio toda la tierra del mundo para que se sentara. Eso significa que sobran las sillas. Yo nunca me siento en ellas. Así que, si te cansas de estar de pie, pues eso. Pones tu culo donde puedas.

El recién descubierto primo empezaba a fascinarle, y Tito se sentó en el polvoriento suelo dispuesto a seguir escuchando.

Sin que viniera a cuento, Alfonso le preguntó de dónde venía y adónde pensaba Ir.

—No lo sé —repuso Tito mientras se encogía de hombros.

Ni yo. Ni nadie. Tú, yo, todos estamos aquí sin saber por qué. Ni para qué. Es lo primero que tienes que aprender. Lo segundo es que a ti no te pidieron permiso para traerte aquí con estos monos orgullosos que creen saberlo todo. ¿O te lo pidieron?

—No. Bueno, al menos, yo no me acuerdo.

—Caíste, pues, en una trampa. Cuando más libre eras, te cazaron. Te hicieron prisionero como hice yo con estos pájaros y te enjaularon en un piso con irnos señores a los que te obligan a llamar papá y mamá. ¿Comprendes? Gente extraña, malvada, que ha ido borrando de tu pensamiento a los seres puros que conociste. Mamarrachos, que se creen en posesión de la verdad.

Los ojillos simiescos de Alfonso taladraban los de Tito, que empezó a sonreír.

Alfonso continuó:

—Veo que me comprendes. Ahora escucha bien. Esta gente extraña, y los que irán saliendo poco a poco y bailarán a tu alrededor, te llenarán de mentiras. Te irán atiborrando de falsedades. Si no tienes mucho cuidado, te acostumbrarás a ellas. Como digo yo, las digerirás. Y pasarán a formar parte de tu sangre. Entonces, cuando quieras librarte de ellas, ya será tarde.

—¿Qué clase de mentiras?

—Según los años que vayas cumpliendo, las mentiras varían. No sé si me entiendes. Hay mentiras preparadas para tu edad. Las hay para cuando seas mayorcito. Para cuando seas joven, hombre, persona madura, para cuando chochees. Por ejemplo. ¿Tú estás seguro de que los niños vienen de París?

—No del todo.

—¿De dónde entonces?

—Sé que los trae una cigüeña de muy lejos. Los padres los encargan, y cuando a la madre se le hincha la barriga mucho, pues es señal de que no tardará en llegar. Siempre llegan de noche, cuando todos duermen.

—Es la primera mentira, Alejandro —murmuró Alfonso—. La que más daño me hizo a mí. Y supongo que a todos. No hay cigüeñas. Ni avestruces. ¡Ni pollas en vinagre!

Tito parpadeó.

—¿Entonces cómo es?

Salpicaba el silencio que se hizo el alegre trinar de pinzones, jilgueros, pardillos y demás pájaros que había en el desván.

Tito insistió.

—¿No me lo quieres decir?

Por primera vez desde que habían empezado a hablar, le pareció que los ojos de su primo se humanizaban. Ahora sonreían conmovidos, quizá por la candidez de Tito y por el pasmo que adivinaba en su mirada: ese vago temor que se adueña del corazón humano cuando comprende que está a punto de descubrir una verdad dolorosa.

—Antes tendrías que conocer el milagro de la vida —dijo Alfonso.

Se levantó de un salto y añadió tironeando la pretina del pantalón:

—¡Pero Alfonso te lo enseñará! Te hará comprender que el árbol lleno de flores es una verdadera bacanal. Te hará ver que Dios no hizo las manzanas para que el hombre las destroce con sus puercos dientes. Que esa carne azucarada que tienen sirve para alimentar a las semillas que guarda dentro hasta que puedan valerse por sí mismas, echando raíces en la tierra. Te enseñará la diferencia que hay entre un nuevo y la matriz de tu madre. Te llevará a ver cómo pare una cabra. Y una cerda. Y verás cómo se aparean los pájaros. Cómo le monta el burro a la burra y lo que pasa después.

Caminaba a grandes zancadas por el desván, agachándose al llegar a la parte donde se inclinaba el envigado.

De pronto se paró y dijo:

—No hay más verdad que la Naturaleza. A mí querían seguir engañándome. Son hipócritas. Falsos. Mienten. Ocultan la verdad. Es gente ruin. Interesada. Cuando sale alguien que quiere un poco a los demás, lo suben a los altares. Como si amar no fuera lo natural en las personas. A mí un cura quiso enseñarme en el Seminario que Dios había creado el mal para que así pudiera resplandecer el bien con toda su belleza. ¿Quieres mayor barbaridad? Le pegué dos hostias y me largué de allí. ¿Y sabes qué pasó entonces? Que dijeron que estaba loco. ¡Loco!

Se había excitado. Pero no tardó en dominar sus nervios. Entonces, acuclillándose junto a Tito, dijo en voz baja que únicamente él podía decidir.

—Tienes dos caminos, Alejandro. Decir a los falsarios todo lo que acabas de oír o callártelo. Si haces lo primero, no te dejarán volver aquí. Dirán que el primo Alfonso está chiflado y enseña a los niños cosas feas. En cambio, si te lo callas y luchas contra los mayores con sus propias armas, fingiendo, es posible que volvamos a vernos. Tú tienes la palabra. Va siendo hora que empieces a decidir por tu cuenta. Así no podrás culpar a nadie de lo que te pase en la vida.

Inesperadamente Alfonso empezó a saltar, flexionando todo el peso del cuerpo sobre las rótulas como hacen los simios. Mientras imitaba sus gruñidos, se rascaba los sobacos con el dorso de los dedos. Al mismo tiempo avanzaba los labios, juntándolos y separándolos, y proyectaba hacia delante la mandíbula inferior, con lo que su cara adquiría la apariencia de la del chimpancé.

Tito soltó una divertida carcajada.

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