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Estaba agitada. ¿Por qué tardaba tanto su marido? Y aquella gente, ¿se comportaba siempre así con sus invitados? Porque el tal barón seda todo lo barón que quisiera pero se había comportado como un patán. En cuanto a Torroellas, procuraría no verle más. Al fin y al cabo, podía ser su padre.
«¿En qué diablos estoy pensando?» De repente se había dado cuenta de que algo estaba cambiando en su vida. Se sentía cada vez más excitada ante el espejo, que le devolvía la imagen de una mujer espléndida y deseable. Tuvo una enérgica mirada de reproche para sus pezones que seguían duros allí, exigiendo algo más que la caricia de una tela. Se refrescó la frente con una toalla ligeramente humedecida. «¿Qué estáis pidiendo ahí, como si fuerais dos perros hambrientos?» Ahora les hablaba a los ojos. Grandes, verdes, brillantes como estrellas. Sabía que ella era así y que así seguiría mientras le durara la juventud y la belleza. Provocativa sin quererlo, ardiente sin desearlo, reprimida contra su voluntad. Sacudió la melena en un movimiento de rebeldía. Se mordió los labios. Luego hizo una inspiración profunda y dejó que los senos se expandieran libremente bajo el vestido. «¿No será que he bebido demasiado?», murmuró.
Cuando volvió junto a su hermano, en el bar, pidió otro anissette.
—Sin el hielo, por favor —advirtió.
Luego se echó a reír. Una risa nerviosa que llenó sus ojos de lágrimas.
—¡Seré tonta! —exclamó limpiándose con la yema de los dedos.
Cuando levantó la cabeza vio el pañuelo que le ofrecía Torroellas. Lo tomó, mirando con gratitud los ojos de su dueño.
—¿Qué pensará usted de mí? —se disculpó.
Torroellas se sentó a su lado.
—Lo que pienso sobre usted ya se lo he dicho. Ahora habría que saber qué es lo que usted piensa de mí. No me gustaría que se equivocara.