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Una florecilla de color violeta fue la causa de que se detuviera en su paseo por los alrededores del monasterio. ¿Era violeta el color de los recuerdos, el de su ya pasada juventud? Alejandro pensó en Marina. ¿Qué había sucedido en realidad?
La vio algunos meses después de terminada la guerra. Llovía a mares aquella mañana de octubre. Marina se había refugiado en un portal, en el pueblo, esperando que el chaparrón cediera. No se dio cuenta de que era Alejandro el que llegaba saltando sobre los charcos y con la cazadora sobre la cabeza. La saludó con un hola estúpido, que a Marina le sonó a sarcasmo. Luego dijo cuánto sentía lo del fusilamiento del padre. Ella iba de luto: vestido, medias, zapatos, el jersey de lana abrochado delante, sobre el que brillaba un pequeño corazón de oro, con un rubí en el centro, colgando de la cadena. Salió corriendo bajo el aguacero, y él se quedó allí mudo. Estúpidamente clavado en el suelo. Deslumbrado otra vez por su belleza.
La tarde de aquel mismo día fue a visitarla a su casa. Una casa oscura, silenciosa, sobre la que planeaba el dolor y los padecimientos propios de la posguerra. La madre agradeció cortésmente su visita y le dijo que Marina no se encontraba bien. Que la disculpara. Pero Alejandro replicó que la esperaría en la calle. «Si no quiere salir ahora saldrá más tarde. O mañana. No pienso moverme de ahí hasta que consiga hablar con ella.» Marina salió.
Siguieron días de delirio. Y semanas. Y meses. Hasta que empezaron las preguntas en casa. «¿Va en serio lo de esa Marina, hijo? Recuerda que a su padre lo han matado por rojo y al tuyo lo asesinaron hombres como él. Que, por cierto, no hizo nada para salvarlo.» Aprovechando uno de sus viajes, Carlos le puso en el disparadero. «O esa hija de rojo o tu familia. Tú tienes la palabra.» Pero Alejandro seguía viendo a Marina, porque el amor que había nacido entre los dos era mucho más grande que el odio que sembró la guerra. Hasta que entró en la Facultad y conoció a Elena.