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Por aquellos días Carlos andaba muy ocupado con el tinglado comercial que había montado con Badía, el Fatty. El negocio era muy sencillo. Consistía en comprar por cinco céntimos los bocadillos que traían los externos de casa y venderlos por quince, la misma mañana, a los internos. La empresa Acosta-Badía llenó en pocos días sus arcas: dos botes de la «Lechera» hasta los topes de calderilla. Pero chivatos, que nunca faltan, le fueron al director con el cuento.
La conclusión a que llegó don José María sorprendió a los socios. Porque, según él, la maniobra pretendía desacreditar la cocina del colegio. Dijo, además, que Acosta y Badía eran dos estafadores peores que Raffies.
—Bandidos. Atracadores —gritaba—. Eso es lo que sois vosotros. ¡Los dos! Por ahí se empieza. Un día apareceréis en los periódicos. Y no precisamente por haber ganado el Nobel. No. Ganaréis fama de gángsters. ¡Así empezó Al Capone!
Carlos propuso:
—¿Y si le devolviéramos el dinero? ¿Nos echaría?
—Devolverás el dinero. Y, además, te echaré. A ti y a ése. Por imbécil. Ahora mismo voy a escribir las cartas a vuestros padres.
Carlos replicó:
—Mi padre no está en casa, don José.
—Ya volverá.
—Tardará, ¿sabe?
—¿Cómo que tardará? ¿Qué quiere decir eso?
—Es marino.
Hizo una pausa.
—Además, mi madre está enferma del corazón. Si le diera un disgusto así podría morirse.
—No será tanto.
—Llame a mi padrino. Se llama Emerenciano Adell y vive en el nueve de la calle Náquera.
—Lo pensaré. Y ahora largaos. ¡Desapareced de mi vista!
Carlos iba a retirarse, pero volvió sobre sus pasos.
—Señor —le dijo al director con cara de Pascuas—, yo quisiera devolverle el favor que nos hace a mí y a Badía.
—¡Es el colmo este crío!
—Si no quiere, lo dejamos estar.
Don José María se cruzó de brazos.
—Habla. A ver qué se te ocurre ahora.
—Verá, señor. Yo soy muy amigo del dueño de una fábrica de gomas de borrar. Yo se las vendería a usted a mitad de precio. Son buenas gomas. No se deshacen. Quieto decir que no hacen migas como las que usted nos vende. Y...
Don José María pegó un puñetazo sobre la mesa que le hizo ver las estrellas.
—Vete de mi vista.
—Es un buen negocio. Ganaríamos los dos.
—¡Largo!