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Vicio o virtud, lo de Cario«era las mujeres.

En el pueblo, bajo la vigilancia de la madre y de don José, el director de la Academia, sus relaciones con las señoras no habían ido más allá del discreto voyeurismo en La zona de la playa reservada para ellas y el toqueteo ocasional con alguna niña.

Una de ellas, más precoz, le dio las primeras lecciones de educación sexual. Se llamaba Engracia y era hija de un pescador, el Tenco de mal nombre. Engracia era una jovencita de grandes senos y apetecibles muslos, que se cuidaba bien de enseñar. Fue ella quien se lo llevó al río. Mejor dicho, a cierto chamizo que había en el arrabal, no lejos de la gola.

Lo que Carlos hizo o dejó de hacer en aquel oscuro hervidero de pulgas es algo que nunca se sabrá. Pero el escándalo que se armó fue morrocotudo, porque los amantes fueron descubiertos por media docena de comadres que los sacaron de allí a escobazos.

Beatriz leyó a su hijo la carta que le había escrito al padre contándoselo todo ce por be.

Le dijo:

»—Ahora escucha, Carlos. Pon mucha atención.

»—Sí, mamá.

»—Como verás, la carta está sin fecha. ¿Ves aquí arriba el pedacito que he dejado en blanco?

»—Lo veo, mamá.

»—Bueno. Pues voy a hacerte un trato. Si enmiendas tu conducta y vas por buen camino; si te levantas pronto y me sacas buenas notas; si veo que te acercas al Sagrario al menos una vez a la semana y se nota en tí el propósito de enmienda y el deseo de nunca más pecar; si haces todo eso y evitas lo que ya sabes tú, y me estoy refiriendo a las manchas que veo a veces en tus calzoncillos...

»—¡Mamá!

|-¡Silencio! Si haces todo eso, yo dejo la carta en mi escritorio y no la tiro. Ya ves. La proposición no puede ser más ventajosa para ti. Porque si haces lo que te pido, que no es pedir demasiado, recuperarás la salud del cuerpo y la del alma. Que falta te hace, hijo. Que hay que ver lo que pareces. Esas manchas te faltaban.»

Las manchas, unas ronchas aborrachadas que salpicaban todo el cuerpo, era el pecado de lujuria que le salía a la cara por milagro de unas pulgas tan gordas como las cuentas de azabache del rosario que llevaba Beatriz el Viernes Santo.

Carlos cumplió en parte el propósito de enmienda, pero cuando su adolescencia hizo crisis, una vez terminado el Bachiller, volvió a las andadas. Era un muchacho fuerte, de cara simpática, y gustaba a las mujeres Madrid, su otoño de tardes apacibles con las señoras de rénard y mirada lánguida fumándose los recuerdos de juventud en boquilla de ámbar en cualquier mesa de cualquier café; las mañanas de sol en el Retiro, con las coloradas nodrizas llegadas del Valle del Pas, y las niñeritas traviesas que juegan a ser mujer, hicieron el resto.

Los primeros meses se hospedó en la misma pensión que su hermano Juan. Pero cuando a éste se le complicaron las cosas con la política, le buscó una casa particular en la calle de la Montera. La dueña, viuda de buen ver de un brigada de Intendencia, prometió a Juan ocuparse de su hermano menor, una especie de isidro con demasiadas ganas de vivir y la cabeza suelta.

La viuda era espigada tirando a flaca, tenía la mirada dulce y llevaba el pelo, teñido de rubio, en una melena muy cortina a lo Mary Astor. Se llamaba Inmaculada, aunque todos la llamaban Inma, por expreso deseo suyo. Todos, menos Carlos, que a los pocos días de estar en aquella casa se había apoderado de la voluntad de la dueña, a quien llamaba Conchin. Entre llantos y suspiros, Inma pasó a convertirse en Conchin en los brazos de Carlos, a quien cuidaba maternalmente.

Aquella mañana estaba depilándose las cejas en el tocador cuando llamaron a la puerta. Conchin ciñó su cuerpo con el quimono verde japonés, légalo del difunto, y corrió por el pasillo saltando de puntillas como si fuera una auténtica gheisa.

Se le cayó el alma a los pies al ver a Juan, porque tenía la esperanza de que fuera su hermano.

Se saludaron, y Juan fue directamente al grano. Preguntó cómo se portaba Carlos, y doña Inma-Conchín se echó a llorar.

—Hace más de una semana que no le veo.

Explicó que los primeros días no salía de casa.

—No sabe usted lo cariñoso que era conmigo. Garó, el chico me veía sola. Triste. Porque, ya sabe, las personas que como yo han perdido al marido es como si estuvieran un poco muertas.

Juan la apremió:

—Bueno, pero qué. Eso fue al principio. ¿Pero qué pasó después?

—Pues, no lo sé.

Ahuecó la voz.

—Él estaba preocupado. Por eso va tanto al «Edén». A distraerse.

—¿Preocupado Carlos? No me lo creo.

—Pues, créalo. Estaba muy preocupado por usted. Me dijo que tenía dificultades.

—¿Yo?

—Mire, joven. Conmigo no tiene por qué fingir. Estos republicanotes la han tomado con usted, porque es persona de orden. No es necesario que disimule. Carlos me lo contó todo. ¿Sabe? Tenía toda la confianza puesta en mí. Y yo en él, por supuesto. De lo contrario, no le hubiera prestado las quinientas pesetas para pagar la multa que sé que le han puesto a usted.

Juan se despidió de la viuda. Prometió que le devolvería aquel dinero, pero que tendría que esperar unos días su regreso del pueblo.

—En cuanto a él —añadió ya en la puerta—, si viene por aquí no le diga que he estado yo. Ni media palabra.

Aquella misma noche se presentó en el «Edén». La sala estaba tapizada de verde y tenía unas palmeras pintadas de blanco en las paredes. Escenario, la pista de baile, las columnas que sostenían el techo, sembrado de estrellas iluminadas, y el mostrador, estaban decorados según la moda cubista entreverada de afro.

Sentadas a las mesas o acodadas desmayadamente en el mostrador del bar, las tanguistas esperaban incautos. Llevaban vestidos largos y escotados de colores discretos, collares de perlas de fantasía o cintillas ceñidas al cuello y abundante bisutería barata en muñecas y dedos. Otras lucían vestidos casi por la ingle, moda charlestón y llevaban el pelo a lo chico. Casi todas tenían sobre el mostrador, o en las mesas, un pequeño monedero para guardar la polvera y el rimmel y un paquete de «Lucky» o el estuche metálico del «Abdullah». La luz era discreta y en el pequeño estrado que había junto a la pista se veían los primeros músicos.

Juan escogió un lugar estratégico, en un rincón poco iluminado del bar. No tuvo que esperar demasiado.

En seguida que llegó Carlos le reconoció por la voz. Entró con desenvoltura, como quien entra en su casa, después de haber bromeado con el portero. Llevaba una extravagante capa azul con esclavina, que abrochaba al cuello con cordones dorados. Juan le observó detenidamente. Pálido, con el fino bigotito a lo John Gilbert que se había dejado y el pelo brillante, peinado con raya en medio hada atrás, era una mala caricatura del señorito bien entreverado de Proust y de noble bradominiano. Pero en su atuendo de dandy decadentista y vicioso había algo de disfraz. Algo propio de Carlos que hacía

Su hermano no sabía si echarse a reír o sacarlo de allí a bofetadas. Optó por lo segundo, y en menos que se cuenta lo sacó a la calle a empujones.

—¡Ya me estás dando los cien duros que le has timado a esa pobre mujer! ¡En seguida! De lo contrario, te juro que presento denuncia. ¡Sinvergüenza! ¡Caradura!

Carlos se había puesto blanco como la pared. Primero protestó, pero en seguida agachó el gallo.

—Déjame que te explique, hombre.

—¡No hay nada que explicar! O el dinero o la cárcel. ¡Gen duros! ¡Quinientas pesetas! Lo que gana tu padre en un mes de partirse el pecho en el mar para que tú seas médico. ¿Peto es que has perdido la chaveta? ¿Te has vuelto loco?

—Si no me dejas hablar...

—¡Ni una palabra! ¡El dinero en seguida! Idiota. Que ni siquiera te das cuenta de que se ríen de tí, y encima te sacan los cuartos.

Carlos tragó saliva. Luego balbuceó unas disculpas y acabó confesando que se había gastado las quinientas pesetas.

—Me quedan doce duros.

—Venga. Dámelos en seguida.

Después de coger el dinero, su hermano le obligó a quitarse la capa y lo metió en uno de los taxis que esperaban en la esquina del establecimiento.

—Esta mierda de capa la vendes mañana. ¡Mañana mismo! Y lo que saques se lo das a esa infeliz. Mira que estafar a una pobre viuda. Sorprender su buena fe. Si papá se entera. Bueno, es que pilla el tren y te desuella. Te saca la piel del cuerpo a tiras. Pero esto no quedará así. ¡Te lo juro!

Carlos estaba hundido en el asiento del coche. Preguntó a su hermano qué pensaba hacer.

—Ya lo verás. Ya te enterarás. De momento, en cuanto te deje en la pensión, coger el tren.

—¿Dónde vas?

—A casa. A poner las cosas en claro. Si no sabes portarte como un hombre y estudiar, te vuelves al pueblo. A emplearte allí.

—¿Cómo voy a estudiar, si en la Facultad andáis siempre a tiros? Aquello parece una película de vaqueros, Juan. Y tú lo sabes.

—Eso no te da derecho a estafar a la gente para pegarte las grandes farras con esas putas. No sólo no miras una, sino que mientras España se desangra, tú, en vez de defenderla, te desentiendes del problema y sólo piensas en divertirte. ¡Ah! Y a costa de los demás.

Dejó a su hermano en la pensión, al cuidado de doña Inmaculada, y salió de allí después de haber recibido su promesa de no pisar la calle hasta su regreso del pueblo. El mismo taxi le trasladó a su pensión, donde cogió la maleta, y en seguida a la estación de Atocha, Cogió el tren por los pelos.

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