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Cuando entraron en la parrilla la orquesta tocaba el Only you. Mientras el maítre les acompañaba a la mesa, Carlos explicó que el decorado de la sala era exactamente igual al que tenía en los años cuarenta.
—Aquí no se ha regateado nada —dijo—. Me han asegurado que se han gastado un fortunón para que siga todo como en vida del Caudillo. Se respira el mismo ambiente. Están los mismos músicos. Los mismos muebles. Las mismas mantelerías. Cubiertos, loza. Todo. Incluso el menú es el de la época. Fefa exclamó:
—¡Es como el reencuentro con la juventud! ¿Te acuerdas de esta melodía, marido?
La mesa, para ocho cubiertos, tenía puesto un mantel brocado gris ceniza y estaba adornada con diversas clases de flores, ramitas de hiedra y una orla de claveles rojos alternando con lirios blancos. Dos candelabros de bronce modern style, con las velas color lila apagadas, se levantaban a ambos extremos del adorno floral. Sobre los platos, con motivos decorativos de la antigua Cataluña rural en rosa pálido combinado con tonalidades almagradas, se levantaba el gracioso cucurucho de las servilletas. Sólidos cubiertos de plata daban al conjunto la nota de severidad que exigía el contraste con el brillo del cristal tallado y el colorido de las flores. Carlos propuso dejar libres las cabeceras de la mesa.
—Si os parece —propuso—, sentaremos aquí a Torroellas, que pertenece a la generación más vieja. En el otro extremo puede estar Alejandro, el hijo de mi hermano. Sonrió emocionado al añadir:
—Es el último Alejandro Acosta. De momento, claro.
Después que se hubieron sentado, Carlos se caló las bifocales y miró alrededor. En la pista se movían algunas parejas al ritmo un poco adormecedor del slow. Al igual que los matrimonios que cenaban apaciblemente en las mesas, eran personas de edad.
Carlos pensó que rememoraban los tiempos de la primera juventud. Que quizás algunos celebraban las bodas de oro.
—¿Qué os parece? —preguntó.
José hizo un gesto ambiguo. Luego miró a su mujer y se sonrieron significativamente.
—La moda retro —dijo Fefa— acabará por imponerse. Ya veréis cómo no tarda en llenarse esto de jóvenes. De jóvenes decentes. Entendámonos. Que de los demás siempre los ha habido. Desde que el mundo es mundo.
Miró a su marido.
—¿O no es así?
Carlos asintió con las cejas cargadas de suficiencia.
—Lo que pienso —dijo después— es que detrás de todo esto hay montañas de billetes. Y es natural. Conservar es de sabios. De personas prudentes. ¿Qué se gana tirando por la borda lo que ha costado tanto tiempo de construir?
Hizo una pausa mientras encendía el «dunhill».
—Yo creo que volver la vista atrás no es malo —continuó—. Aquí en este local se respira distinción. Hay un cierto comedimiento en todo. Serenidad. Tranquilidad. Orden. En una palabra, todo lo que se está perdiendo en España. Y no me extrañaría que los grandes financieros, como vuestro Torroellas, la gran Banca, la alta burguesía, pagara todo esto de cara a rescatar a la juventud bien de pubs y discotecas. Y si es iniciativa de la empresa, yo la felicito. Calurosamente. ¡Pues no faltaba más! Los descamisados tienen su mundo. Yo no me meto con ellos. Que hagan el burro todo lo que sepan. En sus tabernas. Apretando el puño en las manifestaciones. Berreando por esas calles de Dios. ¡Allá ellos! Lo que hay que evitar es que los chavales y las chavalas de quince para arriba, de buenas familias, se contagien de esa gente. Que crean que la vida es eso solamente. Y para ello hay que enseñarles el reverso de la medalla. Que lo vean. Que lo palpen. Que sepan lo que es un traje de etiqueta. ¡Lo que significa!
Miro a su hijo, que empezaba a estar nervioso con la tardanza de Torroellas.
—¿No te parece que tengo razón, futuro comandante?