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Estaba medio adormilado cuando llegó Fefa de la calle. Carlos la vio muy lejos, como borrosa. También su voz le sonó distante.
Fefa llevaba unos periódicos en la mano. Dijo que Gutiérrez Mellado había ordenado que se hicieran algunos arrestos. Que en la noche del jueves se había montado en Madrid una operación preventiva de gran alcance. Según la Prensa, habían tomado parte en ella fuerzas de Orden Público, de la Guardia Civil, las Compañías de la Reserva General de Toledo, Murcia y Córdoba de Policía Armada y dos grupos fin de proteger los palacios de la Moncloa y la Zarzuela.
—Si el rey está en México —dijo Fefa riendo—, no sé a qué viene proteger el palacio de la Zarzuela. Ya lo ves, marido. Suárez ocupa militarmente Madrid. A lo que hemos llegado. Ese chaquetero, ese paleto traidor, resulta que se ha hecho el amo de España. Desde julio del setenta y seis ha hecho más daño que la langosta, el mal bicho, Y ahora azuzará al Guti para que llegue hasta el fondo. Claro que tú no estás muy metido. Tú tomabas café con dios. Con algunos de ellos. Y si un militar no puede tomar café con sus compañeros, que es lo único que nenes que declarar si te buscan, ya me dirás dónde está la democracia.
Fefa se acercó a su marido con d periódico en la mano.
—Mira, ahora os tratan de locos. De desequilibrados. «Los planes descubiertos —dice aquí— eran locura de cuatro o cinco desequilibrados.» ¡Átame esa mosca por el rabo! Resulta que los desequilibrados somos las personas que pedimos orden. Que queremos acabar con la violencia, con los rojos. Con el miedo que tiene la gente. Que se están vendiendo más cerraduras en el país que churros en la verbena de la Paloma. ¿Y qué me dicen estos sensatos de lo que está pasando en Guipúzcoa? ¿Y de ese pobre hombre, d Mateu ese? Pues, mira bien lo que te digo. Que se apriete bien los machos d Suárez, porque si no ha sido ahora será después.
Tras un silencio, continuó.
—El Mellado es cauto, el tío. Porque los periódicos no dicen nada. Únicamente hablan de que el Gobierno investigará los «supuestos hechos que pudieran ser constitutivos de delitos tipificados como tales en d Código de Justicia Militar». ¡Si sabrá él lo que hay!
Fefa arrojó los periódicos sobre d sofá y salió al balcón. Había oscurecido, por lo que no veía bien la cara de su marido.
—Hace frío —dijo subiéndose el cuello del suéter.
En vista de que Carlos no le contestaba, se acercó más a él. Lo vio dormido, con la boca ligeramente abierta y los brazos colgando a ambos lados de la tumbona. La mano derecha descansaba sobre d cuello de un frasco vado de «Johny Walker».
Mientras en sus labios se pintaba una mueca mezcla de repugnancia y compasión, Fefa palmeó la cara de su marido.
—Carlicos, hijo —dijo despertándole—, ¿ya has vuelto a beber?
Carlos se levantó pesadamente y Fefa recogió la botella del suelo.
—Ahora ya, a morro —refunfuñó—. Ni vaso necesitas. ¿Cuándo comprenderás que esto es un veneno? Además, tú eres un carcamal. Anda, métete en la cama.
A Carlos la voz de su mujer le sonó en los oídos, muy adentro, como si fuera la de Marta. Por un momento pensó que estaba con los suyos en «El Mirador», como si d tiempo no hubiera pasado.
—¿Y Tito? —preguntó afónico.
—¿Tu hermano Alejandro?
—Sí. Ese chiquillo no ha vuelto todavía.
Fefa arqueó las cejas resignadamente.
—Tu hermano está bien. No te preocupes, que no le pasa nada. Seguro que a estas horas andará con sus descamisados celebrando el fracaso del levantamiento. Anda, mira dónde pones los pies, hijo. Eso es. Despacio. A la camita.