21
Lolita lo vio en la Plaza de Tetuán aquella misma tarde. Estaba en la acera de Capitanía con las manos en los bolsillos del pantalón y parecía no prestar demasiada atención a las palabras de su amigo. Sin embargo, observaba los grupos que vociferaban bajo el balcón de Capitanía y la actitud de la tropa.
De pronto los ojos de Juan la descubrieron entre el gentío. Le dio un vuelco el corazón cuando lo vio cruzar la plaza hacia donde estaba ella.
Sin mediar ningún saludo, le preguntó por qué se había escapado de casa de sus tíos. El la replicó en seguida:
—Me asquea la caridad. Venga de quien venga.
Rehuyendo la fría mirada de ella, Juan se interesó por lo que hacía.
Ella denegó lentamente con la cabeza.
—¡No te importa.
Tragó saliva antes de preguntarle por qué le había citado haría como un mes.
—Nada de particular. Quería que supieras que me iba de casa de mis tíos.
—¿Sólo eso?
—¿Te parece poco? Él se excusó, estúpidamente.
—No pude ir. Aquella misma mañana me detuvieron.
—Lo sé. Pero a la mañana siguiente tampoco apareciste. Estaba muy claro que no querías saber nada de mí.
—Me enteré cuando ya te habías ido. Ella se humedeció los labios.
—Es igual. De todas formas, es lo mejor para los dos.
—Pero tú te encuentras bien. ¿O te pasa algo? Lolita rió una risita liviana de dientes adentro.
—Si lo que me preguntas es si estoy embarazada, tranquilízate. No lo estoy. Pero de todas formas habría sido igual. Tú sigues tu camino y yo seguiré el mío. Él declaró que siempre la recordaría. —Muy amable, el señorito. Gracias. Iba a volver con Sancho, cuando Lolita le detuvo.
—Una última cosa —le dijo hiriéndole con la mirada—. Sé que un día me necesitarás. Y cuando esto ocurra me tendrás a tu lado. No lo olvides nunca.
Juan se quedó clavado en tierra como los plátanos de la plaza de Tetuán. Parpadeó, porque veía a Lolita como metida en un compacto bloque de agua.