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La casa de huéspedes estaba en el segundo piso de un edificio viejo situado en una travesía de San Bernardo. Ocupaba los dos pisos de la planta. Era grande, destartalada, y en sus habitaciones, sin agua corriente, se albergaban estudiantes de Medicina, viajantes, gentes de aluvión.
Se acercaban las elecciones a Cortes y el corral andaba revuelto entre los estudiantes de la pensión. La semana antes de su celebración, el 18 de noviembre, Juan se había reunido en su cuarto con dos compañeros, Rulfo y Gazapillo, a fin de cambiar impresiones sobre lo que estaba pasando en el país y obrar en consecuencia de cara a las elecciones.
Juan dijo:
—Es el momento y hay que aprovecharlo. La fuga de March de Alcalá de Henares puede servirnos de mucho. Desprestigia al Gobierno. Y otro punto sobre el que hay que insistir es la aprobación del Estatuto vasco. Está todo muy fresco. El 3 y el 5 de este mismo mes. Así que ya sabéis. A machacar fuerte sobre estos dos asuntos. Fuga de March: cohecho, sobornos, degradación de las instituciones penitenciarias, debilidad del Gobierno, etcétera. Estatuto Vasco; también se puede hablar del catalán: separatismo, disgregación de la Patria, pérdida de su unidad. Conocéis perfectamente la táctica. ¡Ahí Tenemos, además, lo de Casas Viejas. La frasecita de Azaña, eso de «tiros a la barriga», os puede servir de mucho. Sobre todo cuando vayáis por los pueblos. Ya sabéis. La gente sencilla es sentimental. Así como a los tiburones se les caza por el estómago, al rústico hay que procurar enternecerle.
Gazapillo leyó por última vez la lista de pueblos que tenía que visitar. Era hijo de un terrateniente de Zamora y se había afiliado a Falange a mediados del curso anterior, por mayo.
—¿Crees que esta vez conseguiremos algún escaño? —preguntó.
Rulfo asintió.
—El entusiasmo de las izquierdas ha pasado —dijo—. No estamos en el treinta y uno. Afortunadamente. Las izquierdas están divididas. Los obreros, desmoralizados. Dos millones de parados no son un buen aval para la República «de trabajadores». Y de la Reforma Agraria no se ha vuelto a hablar. Un sueño. Los independientes han ganado en prestigio.
Rulfo era demasiado grueso para los veinte años que acababa de cumplir. Tenía la cara congestionada, los ojos salidos y una papada abacial siempre irritada por el afeitado. Era hijo de un médico de Logroño del Partido Agrario. Afirmó que en la Rioja la gente era difícil de convencer.
—Pero votarán a Cid o a Royo Vilanova. Conozco a los de mi tierra. Lo importante es quitar votos a las Izquierdas. Luego, Dios dirá.
—Tened en cuenta que Gil Robles, Casanueva y compañía, van a damos la batalla en el Parlamento. No nos confiemos demasiado. La derecha tradicional, agrarios, cedistas, monárquicos y tradicionalistas, presenta candidatura única. Un bloque. De acuerdo. Por supuesto, mejor que presentar cuatro candidaturas, como hace la izquierda. Les apoya la Iglesia, Los banqueros. Los marqueses y la gente así se corren de gusto cuando hablan de la CEDA y del monarca vejado. Insisto. Es preferible esto a que gane la izquierda. Pero nosotros hemos de combatirlos a los dos. Tanto a los meapilas como a los matacuras.
Había hablado Juan, que paseaba nervioso en la habitación. De vez en cuando se paraba ante la mesa de noche y echaba un vistazo a la foto de Flora. Era de media cuerpo, y en el ángulo inferior derecho se leía la dedicatoria: «A Juan, de su siempre enamorada, Flora.» Miraba la foto, porque se la había dado el día anterior en casa de don Matías.
Gazapo dijo que tendrían que levantar un monumento a los anarquistas.
—Si serán cavernícolas, los tíos, que niegan di pan y la sal al marxismo de las urnas. En el pleno nacional que celebraron aquí el veinte de octubre mandaron a socialistas y comunistas a tomar viento. ¡Abstención absoluta! Para ellos no existen términos medios. O la implantación del comunismo libertario, aquí y ahora, o nada. A mí no me caen mal. Por lo menos demuestran tener huevos.
Juan interrumpió a su compañero para decir que tampoco ellos, los falangistas, iban demasiado acertados en la política de unidad.
—Nosotros y los jonsistas. Los dos. A estas alturas ya tendríamos que haber firmado un pacto. Mira cómo Onésimo no dudó en fusionar las «Juntas Castellanas» con el movimiento de Ledesma. Lo hizo en seguida. En diciembre del treinta y uno. Fue una decisión inteligente. Yo ya se lo he dicho a José Antonio. En varias ocasiones se lo he repetido. Necesitamos votos. Y militantes. Junto con los malditos comunistas, somos la organización más minoritaria de España.
Gazapo soltó una carcajada.
—¿Dónde te dejas a los muchachos de Albiñana?
—Ese es un payaso. Un mal imitador de Mussolini. Aquí no tiene nada que hacer. Pero, volviendo a lo que íbamos, si la fusión con las JONS no se hace cuanto antes, veo mal el panorama. Eso, lo primero. Luego habría que estructurar los sindicatos nuestros. Organizar unas juventudes paramilitares fuertes, como las de los socialistas. Sabéis de sobra cómo nos zurran la badana los comunistas. Hay que atacar. Es la mejor defensa.
—Con ésos sí que habría que acabar cuanto antes. Mira lo que hace Hitler con ellos. Sin contemplaciones. Sin historias.
Juan se dejó caer cansadamente en la cama. Se quedó boca arriba, con la mirada fija en el desconchado del techo, una mancha oscura, perfectamente perfilada, que parecía el mapa de Australia.
—¿Cuándo pensáis marcharos? —preguntó.
Gazapo dijo que salía aquella misma noche en el tren.
—Quiero acercarme por Valladolid —añadió—. Tengo un par de asuntos que ventilar.
—¡La chachi, que te espera! —exclamó Rulfo, al tiempo que golpeaba la rodilla de su compañero.
—Yo también me voy al pueblo —dijo Juan—. Quizá no vuelva hasta después de Reyes. Se casa mi hermana, y a la niña le ha dado por hacerlo el día de la Purísima. Aunque yo creo que esta historia es cosa de mi madre.
Se levantó ágilmente de un salto.
—Me preocupa la marcha de las cosas por allí. Hay gente buena. Decidida. Pero están verdes. No consiguen entender la verdadera esencia del fascismo. Les cuesta aceptar que la era de las democracias ha pasado. Que lo que hace falta es un sistema totalitario que agrupe a la gente. Que la empuje al trabajo. Que la ilusione. Hasta hace poco ni siquiera me atrevía a nombrar un jefe local. Así como la Vega Baja del Segura sabe por dónde va, la Marina está en Babia.
Gazapo le preguntó si había encontrado al hombre.
—¿Al jefe? Voy a intentarlo. Es un tipo pintoresco. No sé si sabrá mandar, lo que puedo aseguraros es que a mí me obedecerá. En cuanto a vosotros, creo que es preferible que os dejéis las pistolas aquí, en Madrid. Ya sabéis dónde. Si mitineáis por ahí y se arma el Cristo, al menos que la Policía no os pille encima nada que pueda comprometeros.
Miró a Rulfo..
—Tú, pandorgo, si te encuentras por ahí algún chibiri, cuenta hasta cien antes de soltar la primera bofetada. Nosotros hacemos propaganda electoral. Nada más. ¿Está claro? En cuanto a ti —dijo dirigiéndose a Gazapo—, me escribes al pueblo informando. Y ahora marchaos. Tengo que ponerme a trabajar.
Antes de abandonar la habitación les deseó suerte.