11
Al oír el chirrido, Sunta asomó la cabeza por el ventano de la cocina.
—¡Cuánto bueno!
Había salido a recibirles, pero Juan observó que no hada los aspavientos de alegría de antes. Incluso le pareció ver cierta ironía en sus palabras y una forma extraña de mirar. Con la seguridad que concede la victoria que se espera sobre el enemigo.
Mientras su madre abría con Sunta los balcones, para ventilar la casa, Juan se acercó a la veranda, bajo los pinos. El oleaje cedía blandamente en los rompientes de abajo, dejando sobre el limo de las rocas delicadas randas de espuma. Como siempre, las golondrinas asaeteaban con su presencia veloz los viejos nopales cubiertos de telarañas. Gritaban alegres, borrachas de sol, embebecidas de aquellos azules de eternidad que eran el délo y el mar. «¿Qué justificación tiene aquí, en este lugar, la violencia?» Se formuló la pregunta pensando en los hombres del asfalto, en los que habitaban cuchitriles sombríos o malvivían entre las ratas de los vertederos de los alrededores de Madrid. Pensaba también en quienes se refugiaban en palacios soberbios, pero llenos de cosas muertas que, sin embargo, constituían el móvil principal de sus vidas. Algo por lo que estaban dispuestos a matar.
Cuando vio que se acercaba hada él Vicente, el arrendador, avanzó a su encuentro. También le pareció extraño, como momentos antes, se lo había parecido su mujer.
Vicente abordó al asunto sin preámbulos. Dijo que en las sindicales del pueblo habían acordado desglosar en dos los trabajos de los arrendadores. De una parte, d trabajo de la tierra. De otra, d que daba el cuidado del jardín y la limpieza y mantenimiento de la casa.
—Esto último —dijo haciendo el ademán de contar monedas— tendrán que pagarlo Comprenderá que ya está bien de aguantar pulgas a cambio de nada. Somos trabajadores. No tenemos nada más que nuestros brazos. Así, que ustedes dirán.
Hizo una pausa.
—Yo se lo digo a usted, porque es el mayor de la familia y a su padre no le veo nunca. Doña Beatriz, ya sabe lo que pasa. Dice que bien. Que ya hablará con su marido. Pero no puede dar largas al asunto por más tiempo.
—Haga usted una nota detallando sus honorarios. Me la trae a mí, a casa. Antes de irme a Madrid. Tendrá una respuesta.
Vicente asintió. Luego dijo que lo que no iba a consentir era que les metieran, a él y a su mujer, un extraño que cuidara la casa.
—Tenerlo ahí al lado, sería como meterlo en la cocina de mi casa. O en el dormitorio. El trato es que, o seguimos al cuidado de todo nosotros, como siempre, o se lo arreglan ustedes mismos.
Se alejó de Juan caminando de prisa. Un tranco nervioso, seco, de talón resuelto. En cuanto a Juan, olvidó en seguida a las golondrinas borrachas de sol. Pensó que estaba sintiendo en su carne la rebelión de los esclavos. Aquel infeliz estaba convencido de que todos los hombres eran iguales. Se negaba a aceptar la existencia de una raza superior, de señores, que era la que en definitiva tenía que poner orden. Aquella rasa se veía respaldada por siglos de privilegios, por una cultura superior y una educación esmerada. Todo ello había determinado que sus mujeres tuvieran una silueta grácil, la piel blanca y los dedos finos y puntiagudos; que supieran armonizar el ademán con el gesto y el movimiento, dando como resultante algo que ellos no conseguirían, aunque tuvieran mas millones que don Juan Afarch, y que se llamaba distinción. El resultado de tantos siglos de selección, había producido, además, un sentimiento de repulsión hacia la raza de esclavos, que sólo la educación de los señores podía disimular fingiendo ese especial afecto, benevolente y sórdido, que se pone en la persona cuya libertad se ha comprado con dinero.
Se volvió al oír que le llamaban. Era su primo Alfonso, que anunció a sus tías. Alfonso avanzó hacia él dando saltos. Llevaba un pantalón con las perneras cortadas a medio muslo y una camiseta azul, desteñida, como la de los pescadores. Iba descalzo.
—¿Cuánto que no nos veíamos, Juan?
—¡Huy, lo menos dos años!
Como casi toda la familia, Juan pensaba que su primo era un lunático. Pero así como a la mayoría le resultaba insoportable, a él le caía bien. Para él simplemente era un tipo gracioso.
La conversación derivó en seguida hacia los temas de actualidad. El nombramiento de Azaña como Presidente de la República y la reacción que se esperaba entre los militares.
—Porque los tíos lo odian —dijo Alfonso—. Si pudieran matarlo de un salivazo, lo dejaban seco.
Achicó los ojos cuando le preguntó qué opinaba él como falangista que era. —¿Sabías que milito en Falange?
—Claro. Y que te mueves en las altas esferas del partido en Madrid. No sé quién me enseñó una fotografía de ABC. Cuando lo del teatro de la Comedia. Estaba José Antonio rodeado de mandamases. Y detrás saliste tú. Tras una breve pausa, continuó:
—Por cierto, que tendrías que ir con cuidado. La gente, tú ya sabes cómo es la gente en los pueblos, exagera las cosas. La bola va rodando y...
—¿Qué quieres decir?
—Nada. En concreto nada. Yo salgo poco de aquí. Sabes que la política me deja frío. El político para mí es un anormal, y perdona, al que habría que llevar a una isla desierta. Allí, todos juntos, que jugaran a napoleones. Pero parece ser, y te repito que no me hagas mucho caso que, algunos jefazos de aquí, de las izquierdas, claro, te relacionan muy directamente con la oleada de violencia fascista que hay en Madrid.
—En algo se fundarán.
—Eso no lo sé. Ya te digo que a mí todas estas cosas, plim. Me las meto donde yo sé. Pero tú no has ocultado a nadie que organizaste la Falange aquí. Y ahora, con la detención de José Antonio y los demás, no tendría nada de particular que relacionaran tu viaje, a estas alturas, con un digamos deseo tuyo de poner tierra de por medio. Y como los ánimos están exaltados, y me parece que con razón, has de estar prevenido. Digo yo.
Juan preguntó a su primo cómo respiraba el pueblo.
—Yo llegué ayer, y es la primera vez que salgo de casa.
—El pueblo está contento con la República. Hay más libertad, la gente tiene más dinero, porque gana más. ¿Qué quieres que te diga? Escuelas han creado no sé cuántas. Un grupo escolar nuevo y una Academia subvencionada por el Ayuntamiento. Además, está el Patronato de Misiones Pedagógicas, que ha creado una biblioteca pública. Funcionan colonias escolares, comedores. En fin, se van haciendo cosas. Ese Martín vale. No es el alcalde imbécil al que estábamos acostumbrados. Pero...
—¿Pero qué?
—Pues, lo de siempre. Está el cura, que cada vez que sube al púlpito manda al infierno a todo el pueblo. Únicamente se salvan los que juegan con él al subastado. El juez, el notario, el sargento de la Guardia Civil. Gente así. Por cierto, que a veces se reúnen, con el comandante de Marina y otros, en tu casa.
—¿Por qué en mi casa?
—Dicen que van a hacerle compañía a tu madre, lo cual no dudo. Pero yo creo que aunque no hagan nada más que hablar de sus cosas, a tu madre la comprometen. La gente cree que conspiran o algo parecido.
—¡Qué burrada! ¿Qué pueden hacer estas pobres personas? Eso pasa en todos los pueblos. Las personas de derechas se juntan entre ellas como han hecho siempre. Es natural. ¿Te los imaginas reunidos con Vicente y Sunta? ¿De qué podrían hablar?
—De todas formas, te lo advierto para que se lo digas a tu madre. La gente está excitada. Recelosa. Hasta aquí llegan noticias de levantamientos. Claro, lo natural es que no se fíen ni de su propia sombra. Mira, aquí, a casa de las tías, solían venir algunas mujeres a rezar el rosario. Otras traían cada mes a la Divina Pastora. Es una soberana cursilada, ya lo sé, la Virgen con el sombrerete lleno de flores, como si fuera una Diana Cazadora venida a menos. Pero qué quieres, se lo pasan bien. Bueno, pues desde que va todo esto, les dije que se dejaran estar de folklores, y me han obedecido. Lo cual no es nada fácil. Tú podrías hacer igual.
—No puedo privar a mi madre de sus distracciones. Tiene perfecto derecho a recibir en su casa a quien le dé la gana.
—Allá tu.
Interrumpieron la conversación cuando entraron las tías. Juan las encontró exactamente igual que desde que las conocía: extravagantes, rezanderas, deliciosamente graznadoras.