15
Alejandro observa desde el puente la proa del Amanda. Cabecea tenaz, obcecadamente, mientras la roda acuchilla un agua verdosa que se abre en dos crestones de polvo acuoso.
Lo que hasta entonces había sido neblina se ha hecho cerrazón. El Amanda navega dando costaladas bajo el chubasco. Un relámpago cegador pone en guardia a los hombres del puente.
—¿Qué es esto, capitán? —pregunta Javier, el agregado.
—El golfo. Lo tenemos ahí delante. Siempre saca las uñas. Con el tiempo te acostumbrarás a él.
Las luces del pañol de proa se debilitan. Ahora son luces sin brillo, como los fuegos fatuos. La entraña del Amanda ruge y la cubierta y los mamparos se estremecen con las convulsiones de abajo.
La cara de Alejandro Acosta es ahora una máscara inexpresiva.
—Tú, Borrajo —ordena al timonel—, di al primero que suba en seguida. Y avisa que cierren todo hasta nueva orden.
El timonel abandona el puente en silencio.
En un gesto maquinal, Alejandro se ha calado la gorra y agarra con fuerza las cabillas del timón. Ahora sólo piensa en la vida de los hombres que navegan con él. Más tarde, cuando amaine, tomará la estilográfica y escribirá a casa. Empezará como siempre: «En alta mar.»