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«Sábado, sabadete», exclamaba al despertarse Carlos todos y cada uno de los sábados del año. Exactamente igual que hizo aquel nueve de noviembre. Pero en aquella ocasión la cosa era distinta. En primer lugar, porque, como dormía solo en su habitación del «Presidente», no tenía a Fefa al lado que le replicara, como siempre, que qué más le daba a él que fuera sábado o lunes. Y en segundo lugar, porque aquel sábado Carlos se despertó mucho más ilusionado que de ordinario.
El día anterior había comido en casa de su hijo, a fin de visitar juntos por la tarde a Purificación. Pero Fefa le había dicho a última hora que era preferible que no fuera él. Se quedó de piedra, con el medio quilito de repostería en la mano colgando del hilo dorado. Fefa alegó que el miedo que le tenía, y que en ella se había hecho obsesión, podía provocar una recaída al verle.
Se quedó solo con Yalito, ya que sus nietos merendaban con los niños del principal y la muchacha tenía la tarde libre. Se sentó en el comedor y releyó los periódicos del día, congratulándose de que los españoles hubieran demostrado su sensatez al abstenerse de votar la Constitución nada menos que un tercio de ellos. Luego se tragó La isla del tesoro sin perder detalle de los gestos de Wallace Beery, por quien sentía una gran admiración, y vio el espacio «Mundo en guerra», identificándose en ocasiones con el apuesto general MacArthur. Pese a todo esto, y a servirse un par de copas de «Carlos III», la verdad era que estaba materialmente hundido.
Su capacidad para ilusionarse había superado el doble bache. El familiar, producido por la inexplicable actitud de su hija, y el de los gratos recuerdos que el día de la Purísima, Patrona de la Infantería, le traía a la memoria. ¿Cuántos días de la Patrona había celebrado él durante su carrera? Carlos renunció a sacar las cuentas. Sabía, eso sí, que el joven oficial que se vestía de gala, sable incluido, y que cantaba a todo pulmón el Himno de Infantería después de la misa de campaña, hacía muchos años que había muerto. Quedaba el recuerdo de un perfume de mujer, quizá barato, que aspiraba pegado a su piel al día siguiente de la trompa con los compañeros. Sabía también de la muerte del jefe que asistía por la mañana a cumplimentar al Capitán General en el salón de Capitanía, que tomaba el vino de honor preliminar al almuerzo con los compañeros, con quienes, de tarde, se reunía en el «Casino Militar» de la guarnición para jugar un póquer sentimental en recuerdo de los que echaban en la trinchera. Quedaba al día siguiente un sordo dolor de cabeza y la resaca, que había de durarle todo el año, de si para la próxima partida estaría ya criando malvas.
Había superado estos dos baches. Incluso se había reído del anciano solitario, y perseguido, que dormitaba frente al televisor un poco embotado por el alcohol, y se había echado a la calle. La noche, más bien húmeda, no invitaba al callejeo, por lo que decidió cenar ligeramente y meterse en cama. El recepcionista le había dicho que la señorita se había llevado su equipaje y le había dejado una nota. Carlos se calo los bifocales y abrió el sobre. La letra, bastante picuda, dejaba mucho que desear. Pero pudo leer lo siguiente: «Habríamos podido entendernos. Pero eres insoportable. Me voy.» Debajo había escrito: «Deliciosamente insoportable.» Y firmaba con una N barroca llena de ringorrangos. Carlos estrujó el papel y se lo metió distraídamente en el bolsillo de la americana. «Un problema menos», dijo mientras se dirigía al comedor.
Ahora hacía planes. La familia, se decía, era lo mejor. Lo único. Pensó, pues, que tenía que volcarse sobre ella. Cuando se hubo puesto el traje sport, un pantalón de franela y la americana ojo de perdiz marrón que se había hecho últimamente, tomó la chequera de piel que guardaba en la maleta pequeña. Luego echó un último vistazo a su indumentaria y bajó a desayunar. Ni siquiera ojeó la Prensa del día. Salió de prisa y bajó andando hasta el Paseo de Gracia.
No parecía el Carlos deprimido de la noche anterior en casa del hijo. Era un Carlos exultante que se volvía a mirar a las mujeres, caminaba de prisa y metía la barriga cada vez que se veía reflejado en las lunas de los escaparates.
Después de coger fondos en un Banco pasó por la «Joyería Roca». Fefa se merecía las trescientas ochenta mil pesetas que costaba la pulsera, y Carlos dejó los tres montones de cien mil, sujetos con gomas, y extendió los restantes ochenta en montones de a diez, como si fueran naipes. Para José compró unos gemelos de oro blanco y a Sofía un collar de perlas cultivadas. Otras veintisiete mil. Pero el joyero le hizo una rebaja sustanciosa.
—¿Es usted catalán? —le preguntó Carlos mientras guardaba los estuches en loa bolsillos interiores de la americana.
—De la misma Barcelona.
—Pues no lo parece usted. Yo hada a los catalanes más peseteros.
El joyero sonrió.
—Es la etiqueta que nos han puesto. De todas formas, un joyero no tiene nacionalidad. Es siempre, y ante todo, un señor que sabe cómo tratar a sus clientes.
Salió corrido. ¿Quién faltaba? Puri. Carlos pensó que una estola de visón haría el milagro de recuperar a la hija. «Son los míos, ¿no?», se preguntó frente al escaparate de la peletería dándose ánimos para entrar. Escogió aconsejado por la dependienta, una chatilla cantarina de mirada tierna, y abonó su importe. Luego dio la dirección de su hija y pidió una tarjeta. «En desagravio. Papá.»
La chatilla de mirada tierna observaba discretamente, por lo que Carlos bromeó
—No es ningún plan, señorita. Es para mi hija. Lea. Lea usted lo que le pongo. «En desagravio. Papá.»
—Estoy segura, caballero.
—Lo mandan a esta dirección. Pero procure que llegue esta misma mañana. Yo la llamaré desde casa.
—Descuide. Ahora mismo sale el chico en un taxi.
Salió radiante. Pero a los pocos pasos se paró en seco. «¿Por qué confío en desagravio? ¿Es que acaso yo he agraviado a mi hija? Siempre he buscado su bien.» La felpa que le dio cuando descubrió el Manifiesto Comunista entre sus papeles la había enterrado en la memoria, y su subconsciente se negaba a desenterrarla. Carlos reanudó su camino. Era casi la hora de almorzar y se metió en un Pub. Pidió un «Chivas» para quitarse el remordimiento. El local, bastante concurrido, tenía una barra larga que se perdía al fondo. Carlos quedó como encandilado ante el parpadeo de una morenaza de largas pestañas postizas que le miraba con insistencia. A punto estuvo de intentar el ligue, pero repensó. Fefa y los hijos no se merecían aquello. Salió disparado.
Mientras esperaba un taxi frente al «Hostal el Sol» canturriaba distraídamente:
Carrasclás, carrasclás,
qué bonita serenata...
Canturriaba, pero su pensamiento estaba puesto en Fefa. En la cara que pondría cuando viera la pulsera. Como tenía por costumbre, se llevaría los dedos a la boca asombrada ^ diría: «Pero, Carlicos, hijo, ¿no es demasiado dinero?» Carlos sonrió. Demasiado dinero. ¿Para qué quería él iodo lo que tenía? Para ella. Para ella y para los hijos. Lo único por lo que valía la pena seguir viviendo.