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José dijo a su hermana:
—Mamá y yo estamos de acuerdo en que es el momento. Tu señor padre, y el mío, ha demostrado que su cabeza no rige bien. No puede, pues, tener en sus manos negocios que yo ampliaría y que él acabará tirando por la borda. Unos negocios, y un capital, que nos pertenece. Sabemos que no es el momento más oportuno, después de lo que te pasó anteayer, pero mamá se va y yo tengo mi trabajo. Así que vamos a ver qué opinas tú.
Había llegado momentos antes, con Fefa, su madre, y Sofía, la mujer, y con el pretexto de ver cómo se encontraba, buscaban su conformidad para tratar de incapacitar al padre.
Puri volvió los ojos hacia su marido.
—¿Tú qué opinas? —preguntó.
—Es un asunto muy personal, Puri. Sabes que tu padre y yo no congeniamos. Lo hemos hablado muchas veces. Él creía que pescaba un yerno rico y medio tonto para una hija de carácter digamos inestable. Sabes que se equivocó, porque yo te quería. Y no me pescó él. De ninguna forma. Ni siquiera tú.
Palmeó cariñosamente la mano de su mujer.
—Fui yo quien te pesqué. Y pongo a Dios por testigo de que no estoy arrepentido. Pero de ahí a incapacitarle, ¿qué quieres que te diga? Eso es un asunto muy delicado.
Se volvió hacia Fefa.
—Vosotros sabéis que aquí, en Cataluña, la mujer conserva sus bienes patrimoniales. Es ella, pues, quien tiene que decidir.
Fefa miró a su hija.
—Ya estás oyendo a tu marido —murmuró. Y se encogió de hombros—. Yo, por lo que a mí respecta, lo único que pido es que ni tú ni tu hermano olvidéis que es vuestro padre Que es él quien se lo ha ganado todo a pulso. Y que, quede este asunto como quede, no vais a perderle el respeto ni el cariño.
Intercambió una mirada con José.
—Pero si estamos de acuerdo todos, si un médico de confianza, y honrado, ve en mi marido algo anormal y lo que ha ganado con tanto esfuerzo corte el riesgo de ser gastado estúpidamente, yo no me opongo a que, al menos provisionalmente, se haga cargo de todo José. Y digo José porque yo no entiendo de negocios ni palabra. ¿A ti qué te parece, Sofía?
Sofía se encogió de hombros. Dijo que ella era la menos llamada a opinar.
—Lo mismo que Magín —añadió—. Sois vosotros quienes tenéis que decidir. La mujer y los hijos. Lo único que yo he dicho y, hace mucho tiempo, es que Carlos parece que esté loco. Eso solamente.
Magín quiso saber en qué se fundaban las sospechas de José para incapacitar al padre.
—¿Te parece poca locura meterse en el berenjenal ése de los militares? Un hombre a su edad, viendo las circunstancias por las que atraviesa el país, difíciles, no lo niego, pero superables; viendo que la voluntad de todos los españoles, o de la mayoría es superar este impasse y buscar la forma de vivir con armonía todos. Un hombre que ya lo tiene todo hecho, bueno o malo, que todo eso es muy discutible, meterse a conspirar contra el Gobierno —hizo una pausa y guiñó a Magín—, yo diría que contra Suárez, que no lo puede ver, ¿crees tú que demuestra estar en sus cabales? Su nombre todavía no ha salido a la luz. Y ojalá que lo olviden. Porque, además, a mi padre los compañeros no le hacen demasiado caso. Lo tienen por un tipo pintoresco. Un tipo divertido y espléndido con la manía obsesiva del Caudillo y de la salvación de España. Pero nada más. Lo que no me explico es cómo se han fiado de él, si es que en realidad le han tenido en cuenta. Porque eso no lo sabe nadie aún. Iba por la cafetería, charlaba con unos y con otros. Pero, ya digo, no sé hasta qué punto se puede contar con un coronel retirado tan pintoresco como mi padre.
Fefa intervino para decir que lo que querían de Carlos era su dinero.
—Tampoco lo creo —terció Sofía—. En todo caso, lo necesitaban para tener un contacto con Piñar. Saben que Carlos les dio unos millones. Saben que tú eres una especie de fan de don Blas.
—Pero eso no quiere decir nada —protestó Fefa—. Hay muchas señoras de militares afiliadas a Fuerza Nueva. Que aportan al partido lo que pueden. Que trabajan para él y asisten a los mítines, a las reuniones. Y sus maridos no se han metido en nada. Las dejan. Simplemente las dejan porque, además, no pueden impedir que piensen como les dé la gana.
Recabó la aquiescencia de su hijo:
—¿Es así o no?
José dijo que su padre hacía mucho tiempo que descuidaba los negocios.
—Desde que Franco cerró los ojos, no ha dado un paso en firme. A mamá se lo expliqué —dijo dirigiéndose a su hermana—. Se niega a pagar la Seguridad Social de sus empleados Ha dejado empantanadas las mejores urbanizaciones que tiene. Así, por las buenas. Cayéndose están. Los trabajadores, no sé exactamente cuántos, pero me consta que son muchos, lo han llevado a Magistratura. La bola sigue rodando. El día que esto se aclare se lo dejan limpio. ¿Por qué? Pues porque no razona. Él vive a golpes de pasión. ¡Allá va! Además, ¿qué me decís de lo que le ha hecho a tío Alejandro?
Fefa se engalló.
—¡Eso es punto y aparte! Tu padre quiere que su hermano se deje estar de queridas y que vuelva con su mujer. Lo quiere. A mí no me parece mal.
—Pues no tiene ningún derecho a meterse en la vida de los demás. ¿Y la sueca esa que se trajo de Málaga? ¿Y ese Ezcurra? ¿Y la manía de seguir a Lolita la miliciana, como la llama él? ¿Y la manía persecutoria que le ha entrado de un tiempo a la parte? Ahora, que lo más gordo, a mi entender, es ir repartiendo millones por ahí como quien tira manises.
A Pura se le iba la cabeza. Recordaba a su padre el día que la encerró en su despacho, en Pamplona, y la obligó a tragarse el Manifiesto Comunista. A ella se le había terminado la saliva. Sentía las venas del cuello a punto de estallar y los ojos se le salían de las órbitas. Como no podía articular las palabras, tuvo la idea de arrodillarse y pedirle perdón. Pero su padre no se había apiadado de ella. Había seguido embutiéndole las hojas en la boca, con la mirada extraviada. Enloquecido, fuera de sí. En seguida empezaron los golpes.
—Haced lo que queráis —murmuró entornando los ojos.
Alargó una mano hacia el marido y cogió su brazo como quien se agarra a la tabla de salvación.
—Ni a Magín ni a mí —dijo mirando a su madre— nos interesa lo que papá pueda tener. Te diré más. Yo no quiero nada. Renuncio a mi herencia.
Fefa agitó una mano.
—Tampoco es eso, Puri.
—Sí, mamá. Yo formo un mundo aparte. No trato de decir que no os quiera. A todos. Eso es inevitable. Ni siquiera es un mérito. Es lo natural. Pero creo que lo mejor es que hagáis lo que os parezca. Si me necesitáis para algo, cualquier firma, lo que sea, contad conmigo. Pero del dinero de papá no percibiré ni un céntimo. ¡No quiero nada suyo!
Hizo una pausa, que aprovechó para mirar a su hermano.
—Otra clase de herencia es lo que habría agradecido. Tú no sabes, José, los años que pasé en Pamplona desde que me hice mujer. Tú estabas en Zaragoza, en la Academia.
Entornó los ojos.
—¿Tú sabes lo que es tener miedo, José?
—Bueno, mujer. No pienses más en eso.
—Sí. Pienso. Todavía lo pienso. Y lo sueño. Y temo muchas veces verlo aparecer. Entrar por esa puerta, como entró anteayer.
Les miró a todos.
—Os lo voy a decir. Fue como si hubiera visto al diablo en persona.
Fefa protestó:
—¡No exageres, mujer!
—Pues es como te lo digo. ¿No te dije que la primera horrorizada soy yo? Pero es así. A mí me habría gustado tener un padre comprensivo Que hubiera sido de esas personas que razonan. Que tienen contigo conversaciones en las que aporta su experiencia, su conocimiento del mundo, ¿qué sé yo? Pero tú sabes que papá era todo lo contrario. Era, al menos para roí, el ordeno y mando. Y había que esperar a ver qué cara traía del cuartel. Sobre todo cuando en casa no entraba más dinero que el de su sueldo pelado, aquello era un infierno.
—¡Exagerada!
—Nada de eso. Y tú tienes tanta culpa como él, porque le apoyabas en todo. ¡Ah, lo ha dicho papá! Y ya no cabía más apelación. La verdad es que vosotros, los mayores, no nos habéis dado un buen ejemplo que digamos. Porque después, cuando las cosas empezaron a arreglarse, a mí me tratabais como si fuera un perrito amaestrado. Si haces esto y aquello y lo de más allá, te compraremos el vestido que pides. Si me sacas buenas notas, este verano tendrás la bicicleta. Y si no las sacaba, no había bicicleta. Así no se trata a una persona. Ya te lo he dicho. Así se obra con un animal, porque el animal no razona.
Puri se volvió hacia su cuñada.
—Tú sabes, Sofía, porque te lo he dicho yo, que la gran frustración de mi vida es no haber estudiado Bellas Artes. Me gustaba pintar. Pues, no, señor. Que qué me había figurado yo. Que los artistas son todos unos golfos. ¡Unos degenerados! Dentro de mí había algo. No sé qué. Ni lo sabré nunca. Y ése es otro resentimiento que tengo contra mi padre.
Sofía asintió.
—¿Por qué me dio la fiebre del comunismo poco antes de irnos a Madrid? Porque todo el mundo decía que ser comunista era ser libre. Ya ves. Yo necesitaba una fuerza interior que me ayudara a vencer el miedo. Esperaba que un día el dichoso comunismo me diera el suficiente valor para enfrentarme a mi padre y decirle ahora soy libre y voy a hacer lo que me parezca. Así que si quieres matarme, estás a tiempo. Peto ni sabia nada de comunismo, ni me importaba un rábano el famoso manifiesto.
Levantó la cabeza y clavó su mirada mortecina en los ojos de su madre.
—Ahora me vienes tú, precisamente tú, con que si papá anda mal de la cabeza. ¿Ahora te das cuenta? Nunca ha sido una persona sentada. Ecuánime.
Fefa musitó:
—A tu padre le desquició la guerra. Como a tantos y tantos muchachos de su edad. Eran jovencitos, casi unos niños, cuando presenciaron aquellos horrores.
—Incluso cuando intervinieron en ellos —dijo Magín—. Más de uno perdió la chaveta. En el frente o después.
—Y esa locura de guerra es la herencia que me ha dejado a mí —dijo Puri.
Se irguió en su asiento.
—Pues quiero que sepas, mamá, que yo me niego a estar loca. Por eso no puedo aceptar ni un céntimo de papá. Siempre me quedaría la duda de si me he vengado de él para aprovecharme. Así que ya sabes. Si decidís incapacitarlo, adelante. No seré yo quien me oponga. Al contrario, podéis contar con mi ayuda. Pero de él, nada. Ni el recuerdo.
Fefa se levantó indignada.
—De eso que dices te arrepentirás.
—¡No me arrepentiré! ¡Nunca! Porque de todo lo malo que me ha sucedido en la vida tiene él la culpa. A buenas horas abro yo la puerta anteayer sin mirar antes quién es de no esperarlo a él. Dijo que vendría después de comer y apareció por aquí a las cuatro y media. ¡Hasta en esta desgracia tiene que estar de por medio mi padre!
Seguida de José y de Sofía, Fefa caminaba envarada hacia la puerta de salida. Magín se adelantó a ella.
—Hazte cargo, mujer —dijo—. Está muy excitada.
Fefa le apartó de su camino con un enérgico ademán.
—Déjame pasar.
En el rellano, mientras esperaba el ascensor, gritó a su yerno:
—Y mira, si no te lo digo reviento, Magín. La culpa de que mi hija odie a su padre, de que no quiera saber nada de nosotros, la tienes tú. ¡Catalán tenías que ser!
Magín se encogió de hombros.
—¿Lo crees tú así? —preguntó azorado a su cuñado.
—De ninguna manera. Lo que pasa es que las dos tienen el carácter fuerte. Y están nerviosas.
Se estrecharon las manos. Detrás de Fefa, Sofía compuso con ojos y cejas un gesto de Asignación Magín lo agradeció.