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Alejandro le había prometido aquella misma tarde acudir a su lado si a Marga le sucedía lo peor. «En esos momentos no me gustaría estar sola, amor», le había suplicado ella al recibir la llamada de Nuria. El le había quitado el auricular de la mano y había colgado. «Si pasa algo me llamas aquí», le había dicho. Y la había besado en la frente como quien sella una promesa.
Ahora recibía las primeras visitas de duelo en un amplio salón de principios de siglo amueblado con una sillería. Imperio tapizada de raso verde. Estaba sentada en el sofá, en el centro, bajo un paisaje de tonos cálidos pintado por Urgell, y tenía a sus hijos a los lados. El ritual le ponía nerviosa. Consideraba que aquello estaba desfasado, pero era lo único que se le había ocurrido. Lo único, además, que podía hacer.
Se estrujaba los dedos. «Me lo prometió.» Suspiraba entrecortadamente. «Me dijo que no pensaba salir. Además, insistió en que le llamara a la hora que fuera.» Movía la cabeza para ahuyentar una sospecha. Miró a su hija, rígida a su lado, lejana, inaccesible. «¿En qué estará pensando?» Observaba su perfil, en el que resaltaba la curva de los labios carnosos y la nariz, graciosamente respingona. «Se ha puesto platino. Como la Mae West, está loca. Bueno. ¿Quién no está loco en estos tiempos?» Observó con disimulo sus gruesos muslos de adolescente aprisionados en el ceñido pantalón de panilla granate. Instintivamente apretó los suyos, desamparados bajo la amplia falda color canela, y pensó en las caricias de Alejandro. «Lo que pasa es que me falta la autoridad de madre! Eso es lo que hay. Y no le des más vueltas, Eulalia. A ver cómo puedo hablarle yo de lo que está bien y lo que está mal, si vivo con un hombre que no es su padre. Suspiró.
¡Qué prodigioso círculo el suyo! Junto a Alejandro se sentía una niña irresponsable o poco menos. Una especie de colegiala siempre dispuesta a la travesura. A la risa. Pero por lo visto aquello era un espejismo. Ella era una señora casada con obligaciones, madre I de un joven de veinte años y de una hija que iba a cumplir los dieciocho. Y los dos necesitaban de su ejemplo si querían sobrenadar en el naufragio moral de cada día.
Un terror íntimo, y egoísta, se apoderó de ella. «¿No será que estoy haciendo el ridículo y nadie se atreve a decírmelo?» Se sentía agotada, desalentada, vencida por su propio juego.
—Perdonad —susurró a sus hijos. Y salió del salón.
Utilizo esta vez el teléfono del vestíbulo, la pieza más retirada de la casa. Suspiró aliviada cuando oyó la voz de él. «Alejandro, cariño, por fin te encuentro. Te he estado llamando toda la tarde.» Parpadeó nerviosa. «Sí, hijo. Qué drama. Yo estoy deshecha...» Contuvo la respiración. «¿A Madrid? ¿Pero tiene que ser ahora?» Le latían las sienes. «¿Y piensas dejarme sola en estas condiciones?» Aguzaba el oído a fin de no perder ni una sola palabra Analizaba hasta el menor matiz, hasta la más ligera inflexión de la voz. «Sí, es cierto. Es una historia horrible esa que cuentas. Qué le vamos a hacer. Tendremos que resignarnos.» Asintió con la cabeza. «Sí, amor. Como tú digas. Que tengas un feliz vuelo. Adiós.»
El espejo colgado en el vestíbulo le devolvió la imagen de un rostro alterado. Pensó que sus crenchas necesitaban un retoque. Un miedo indefinido le obligó a cerrar los ojos. «No. Eso no puede pasar. Esa mujer...» Se volvió de espaldas al espejo. «¡Olvídalo, Eulalia!»
Cuando tomó asiento entre sus hijos, Olga la miró con intención.
—¿Viene a compartir tu pena o qué?
Eulalia se irguió con estudiada dignidad.
—Quedamos hace mucho tiempo en que éramos personas civilizadas.
Tomó el brazo del hijo.
—Quique, por favor. ¿Quieres traerme un pañuelo?
Enrique rechazó con brusquedad el contacto de la madre y cruzó de prisa el salón Iba con la cabeza inclinada, como huido, y daba la impresión de que evitaba las miradas de los pocos visitantes que había.