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El homo que despedía la chimenea se arremolinaba para deshacerse en seguida arrastrado por las ráfagas del levante. Un par de marineros bajaban las defensas a babor. Lo hadan despacio, calculando la distancia desde cubierta.

Sin saber exactamente dónde, apareció junto a los Acosta una pareja de carabineros. Llevaban puestos los capotes verdosos, cuyos bajos agitaba el viento, y la gorra sujete con el barbuquejo. En sus espaldas destacaba el trazo amarillo de la correa del mosquetón. Los carabineros saludaron al pasar y se apostaron al pie de la escala que se tendía en aquel momento.

Don Pondo hizo señas de que ya podían subir a bordo. Entonces el grupo avanzó trabajosamente luchando contra el vendaval.

—Marta, esa falda —advirtió Beatriz a su hija.

—¡Qué pesada, mamá!

Al pie de la escala don Pondo dio la mano a Beatriz.

—Despacio, señora. Y procure no mirar abajo.

—Ya estoy acostumbrada —replicó ella con cierta sequedad. Les dio la bienvenida a bordo el primer oficial, un cuarentón fornido de recios maxilares, ojos traviesos y gruesa nariz, muy colorada. Tito, a quien el oficial estrechó la mano jocosamente, creía estar en un mundo nuevo, una especie de universo pequeñito en el que su padre desempeñaba el papel de Dios.

Alejandro Acosta besó a su mujer en ambas mejillas. Hizo después lo propio con los hijos, menos con Tito, al que levantó en vilo y abrazó en silencio. El rostro moreno de Alejandro contrastaba con el blanco impoluto de su pelo. Tenía la frente alta y en aquellos momentos el tupé con que habitualmente se peinaba era agitado por el viento. Pero lo que daba más personalidad a su rostro era el bigote, poblado y con las guías doradas de nicotina.

Era el momento de las efusiones. Ojos brillantes. Emoción en los labios temblorosos de Beatriz. El jadeo de Carlos, jadeo de nervios. La mirada grave de Marta, que admira al padre y adivina al hombre. La reserva de Juan. La timidez de un Tito desencantado por la realidad, de un Tito que lucha para que todo sea como él lo ha soñado. Detrás de ellos, Emerenciano abría los brazos. —Deja que te abrace, Alejandro. Tras el palmeo de espalda le miró.

—Tú, recio como siempre. Sanote. Tendré que probar yo con un viajecito por mar.

Alejandro dijo:

—Dentro de unos días te vienes. Sabrás lo que es bueno. Lo que tienes en casa, con Isabel, los dos al braserete.

Un poco alejado del grupo, Tito charlaba con un mozo de ojos saltones y grandes dientes salidos. Vestía chaquetilla blanca con la bocamanga a medio brazo.

—¿Quieres que te enseñe el barco?

Tito asintió y desapareció con el joven camarero.

—Yo be nacido en tu pueblo —dijo éste—. Tu padre me embarcó hace cosa de un año. No se pasa mal.

Como en el camarote de Alejandro no cabían todos, se decidió que los jóvenes tomaran algo en la cámara.

—¿Les acompañas tú, Javier? —propuso Alejandro a un joven espigado de mirada alegre.

—Con mucho gusto, capitán.

Javier Inchaso, el agregado, era un muchacho alegre y desenvuelto a pesar de no haber cumplido aún los veinte años. Se presentó él mismo y aseguró que estaba deseando terminar las prácticas de navegación.

—¿Y no os exigen prácticas de circo para moveros por este laberinto? —dijo Marta mientras bajaban a la cámara.

De repente Carlos exclamó:

—Lo tengo decidido.

Los demás le miraron sin comprender.

—Seré marino. ¡Ya está!

Pensando en el embrollo de la Academia, había decidido en aquel momento ingresar en la Escuela Náutica.

—Tendrás que ir a Barcelona —dijo Javier riendo—. Y te advierto que la carrera no es nada fácil.

Marta dijo a su hermano que se quitara aquella idea de la cabeza:

—Ni lo pienses, Cariños.

—¿Por qué?

—Pues porque tú no sirves para esto. Bonito iba a quedar el barco, con lo desordenado que eres. Además, sabe Dios dónde lo llevarías. Eso si no hacías uno de tus famosos negocios y te lo vendías a pedacitos.

Juan terció para decir que su padre no quería marinos en la familia.

—Está del mar hasta la coronilla —rió.

Mientras, Beatriz ponía orden en el camarote de su marido. Se movía con soltura en el saloncito, sin perder de vista a Alejandro, que charlaba con Emerenciano ante las tazas de café. Le gustaba escucharlo, más que por lo que decía por el placer que experimentaba oyendo su voz, recia, bien timbrada, ligeramente enronquecida.

Aspiraba con una delectación casi sensual el aroma del camarote, una mezcla de jabón inglés, pintura y tabaco habano. Tomó la foto enmarcada que había sobre la mesa y la miró detenidamente. Estaban todos en «El Mirador», los tres mayores de pie, detrás del sillón de mimbre en el que se había sentado ella con Tito en brazos. Fue entonces cuando decidió sorprender al marido con un grupo nuevo. «Será una fotografía de estudio. Buena. No una instantánea como ésta.»

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