10
Aquella noche Juan no podía dormirse. La nota de Lolita, en la que le citaba para el día siguiente a las seis en la acera de Correos, podía significar varias cosas. Una de ellas, la peor, que estaba embarazada. Pensó en su madre, y juró no ver más a Lolita si sus temores eran infundados.
Desde la cama oía las ráfagas de viento. Golpeaban con fuerza los cristales de la ventana de su cuarto, como si una enfurecida conciencia cósmica le echara en cara su proceder. La ventolera provocaba menudos ruidos en el piso. La ventanita del cuarto de baño, que no encajaba bien en el montante, la puerta corrediza de la galería, las del balcón de la sala, retemblaban cada una a su tiempo. A veces parecía que el vendaval fuera a derribar las paredes de la casa. Deshilachadas, contó todas las campanadas del reloj de la catedral. Horas y cuartos. A las tres en punto oyó el grito de Pilar. Era un alarido agudo y largo que de repente se cortaba en seco. Juan encendió la luz y lió un cigarro de cuarterón. Observaba el chisporroteo de la picadura, el humillo ondulado y blanco que salía de la punta, cuando entró su madre en el dormitorio.
Beatriz llevaba puesto un camisón blanco de franela hasta los pies y cubría sus hombros con una toquilla negra de lana. Estaba muy pálida a la luz fuerte de la madrugada.
—¿Tampoco tu puedes dormir? —pregúntole desde la puerta.
—Me ha despertado el viento.
—Hace una noche infernal —dijo—. ¿Por dónde navegará papá?
Dijo que había buscado las aspirinas, pero que no daba con ellas.
—Las tenía encima de la mesilla de noche. No sé dónde están. He rezado tres padrenuestros a las ánimas para que me ayuden a encontrarlas, pero como si nada.
Juan sonrió al tiempo que se tiraba de la cama.
—No te habrán oído con esta ventolera.
El corazón le latía apresuradamente mientras buscaba un tubo de aspirinas que había en el armario empotrado del corredor. Pensaba en el disgusto que iba a llevarse su madre cuando se enterara de que iba a hacerla abuela. Se imaginaba a Lolita con el vientre hinchado y la cara estirada y pálida.
—Toma —dijo dándole un tubo de aspirinas—. Las otras ya saldrán mañana.
Un vientecillo helado ascendía del suelo, se pegaba a la piel de las pantorrillas de Juan y enfriaba sus muslos, cuyo vello se erizó repentinamente. No pudo contener un ruidoso estornudo.
Beatriz dijo:
—Acuéstate, no vayas a enfriarte tú también.
Se retiró a su cuarto después de dar las buenas noches al hijo.
En el baño, mientras orinaba, Juan dejó descansar la frente sobre las losetas azuladas de la pared. Cerró los ojos. ¿Qué había pasado en tan poco tiempo? ¿Cómo era posible que en los pocos meses que llevaba en Valencia se le hubiera complicado tanto la vida? En el pueblo las cosas siempre habían marchado bien. Por sus puntos. Estudiaba en la Academia, paseaba con los amigos y, en junio, se examinaba libre en el Instituto de Alicante. Había terminado el Bachiller Universitario sin grandes esfuerzos. Todo eran ilusiones. Y de repente se encontraba comprometido con Sancho Barca. Lo peor, sin embargo, era lo de Lolita. Aquella adolescente rubia de mirada inocente, que parecía no haber roto un plato en su vida, encendía sus entrañas. No podía vivir sin estar con ella. Parecía que un diablo lujurioso hubiera tatuado en su cerebro eL pubis de Lolita. Lo soñaba. Veía constantemente su vello suave, rizoso, del color de la miel. Rechazó la tentación de más turbarse y se metió en la cama.
Tembló un rato bajo las mantas. De frío y de miedo. Luego, paulatinamente, fue recuperando la serenidad. En el peor de los casos, se dijo, cumpliría con ella. No era el fin del mundo. Podía trabajar y continuar los estudios de médico. Pensó que su padre se haría cargo. Y la madre, a quien convencerían entre todos. Se fue adormeciendo.