21

Ahora estaba sentado ante la mesa electoral, a la derecha del presidente, que era un canónigo de la catedral con clergyman y unos lentes brillantes de oro entre Truman y el padre Payton. Y estaba allí de verdadero milagro, porque el presidente, que hablaba chupando las palabras como si fueran caramelos, le había dicho al quitarse el chubasquero que no podía compartir la mesa con los restantes miembros si no se cambiaba de ropa.

El Xavi le había mirado con cara de santo inocente.

—¿Por qué?

—¡Hombre! Qué pregunta. Todo un doctor en Medicina. Porque usted lo es. Pasemos por lo de la margarita que trae usted pintada en la frente. Pero esa camiseta con los tres cerditos. ¡Por Dios santo! ¿Qué van a pensar los votantes? Son ciudadanos serios, personas decentes que vienen a cumplir un deber cívico y a poner en práctica su derecho, como ciudadanos que son, de dar su opinión a través de las urnas sobre algo de tanta trascendencia política, social y yo diría que humana como es la Constitución por la que tenemos que regirnos todos los españoles. ¡La Carta Magna de nuestras leyes!

El Xavi se había vuelto a poner el chubasquero. Se disponía a largarse de allí, un poco asustado por la mirada torva del guardia de la puerta, cuando una señora de mediana edad, gordita ella y con lentes de miope, vocal como el Xavi, dijo que ella no estaba de acuerdo.

—Usted se queda aquí —gritó—. O ahora mismo bajo yo y me compro en la primera tienda una camiseta con media docena de cerditos. ¡Con lo tranquila que estaría yo en mi casa!

Se volvió hacia el presidente.

—¿Usted conoce alguna ley que prohíba al componente de la mesa vestirse como quiera? ¿Dice que hay que llevar esta prenda o la otra? ¿Autoriza el clergyman? ¿Prohíbe expresamente las camisetas con cerditos? A ver. Explíquese.

El presidente consultó con el interventor y, en vista de que tampoco éste se oponía, invitó a sentarse al Xavi con un exquisito gesto palaciego en el que se mezclaba la ironía con la humildad.

La cosa no terminó ahí, porque entre la señora de los lentes de miope y el presidente de la mesa se estableció una dura polémica sobre la conducta social de la juventud.

—¿Cómo quiere usted que se comporten estos pobres chicos —vociferó la exasperada vocal—, si no encuentran trabajo en ninguna parte, nadie les hace ni puñetero caso y, encima, se sienten hostigados? Y precisamente por personas como usted. Yo tengo un hijo licenciado en Historia. Pues, mire, cobrando recibos de una mutua está. ¡Y gracias! ¿Sabe cuántos licenciados parados hay en este momento en el país? Más de cien mil. Ser joven hoy es una desgracia.

—Ser joven, y perdone usted, es una bendición del Señor.

—¡Palabras, señor cura! Eso sería en su tiempo. Ser joven no da prestido. Ni sirve para nada.

—El joven es el jabato del Señor.

—¡El jabato es el hijo del jabalí! Y, mire usted, en eso sí le doy la razón. Los únicos jóvenes que encuentran empleo son los hijos de los jabalíes de siempre. Ésos sí. Por burros que sean. Los buenos empleos, los chollos, siguen siendo para ellos. Mire usted a los Arias Salgado que hay en el Parlamento. Mire los Matías Prats que tiene la «tele». Aunque hablen de nariz. Y a los hijos de los banqueros, y de los periodistas de antes. Esos sí. Pero los jóvenes de la mayoría, en general, están así. A dos velas. ¿Qué quiere que hagan? Se han hartado. Y se ponen camisetas con cerditos para reírse de usted y de mí. Y de ellos mismos.

El presidente sonreía con suficiencia. No estaba de acuerdo. El joven, si lo era con autenticidad, tenía fuerza suficiente para cambiar aquel estado de cosas.

—¡El mundo entero pueden transformar si se lo proponen!

—Pero aquí, en España, ni siquiera eso se proponen. Porque aquí no puede cambiar nada. Aquí se trata de conservarlo todo. Todo lo malo, se entiende. Antes, al menos, había un movimiento juvenil en los talleres, en la Universidad. ¿Ahora qué hay? Nada. Asco. ¡Náusea, señor cura! Si a los pobres les quita usted la camiseta, con cerditos o sin dios, ya me dirá qué les queda.

—Menos darle al porrito y al disco, señora. Más constancia, más sacrificio. Mayor humildad en la relación con los mayores. Con la familia. Se han alejado de Dios, y eso, a la larga, se paga. ¡Dios es todo bondad, pero todo justicia!

—¿Todavía quiere usted más humildad? Que un licenciado en Historia se patee toda Barcelona cobrando recibos. ¡Si los han marginado ustedes! Los que piensan como usted. Pues, mire lo que le digo, señor cura, del paro a la delincuencia sólo hay un paso. Y ese paso lo van a dar estos pobres chicos, los que no lo han dado ya, porque viven en una sociedad consumista y ven cómo gastan y triunfan los imbéciles. Los jabatos que dice usted.

El Xavi asistía al debate en silencio, sin intervenir. Miraba alternativamente a la exasperada vocal y al melifluo canónigo y se rascaba la coronilla o se metía un dedo en la oreja. A veces sus ojos tropezaban con los del policía una fracción de segundo. Entonces Xavi miraba distraídamente al techo o a la pizarra verde que tenía enfrente, con el tema de redacción del día, cinco de diciembre de mil novecientos setenta y ocho: «La Virgen María salvadora del mundo.» Pensaba y no pensaba. Pensaba en un aparato de su invención para que los tobillos de Nena no se torcieran cuando empezara a caminar. Pensaba en Olga y en el hijo que seguramente quería matar antes de nacer. «Le pondré que se case conmigo, pero no va a querer. ¡Lleva demasiada marcha, la tía!» No pensaba ni siquiera en que no quería pensar las tonterías que estaban diciendo el presidente y la vocal de los lentes de culo de vaso. Ser joven daba pena, como daba pena ser viejo o ser rinoceronte o ser. Simplemente eso, ser. Ellos no habían «escrito las páginas más gloriosas de la historia de España» pero tampoco lo echaban de menos. Ni estaban dispuestos a «escribir» más páginas de gloria. Ni con tinta azul ni con tinta roja. Ellos querían gozar los colores simplemente. En el mar, en los ojos dorados de un gato o en la cola amarillenta y algodonosa de Feo. El uso de los colores, su manipulación, caía fuera de sus intenciones. Muy lejos. Vivirían, sustentarían la carga del ser, hasta que algo irreparable se rompiera en su interior o hasta que se cansaran. Lo que no harían nunca es dejarse devorar por la manada de tiburones que nadaban a diario en las turbias aguas de los despachos oficiales, en los antedespachos de financieros o políticos, en los talleres, en las fábricas ruidosas, al otro lado del folio que se pone en la máquina de escribir o detrás de las intenciones del marchante. ¡Cambiar el mundo! ¿Para qué, sí el día menos pensado los propios tiburones lo hacían estallar como estalla una carcasa de colores en el cielo?

En un momento dado, el Xavi había tocado el brazo del presidente. Cortésmente. Con un respeto teñido de timidez. Quizá de un vago temor. —Señor presidente-le había dicho.

El presidente había vuelto la cara hacia él, había levantado una ceja condescendiente, y sus ojos llenos de bondad le habían sonreído.

—Sí, hijo, sí. Di. Habla. Que tu opinión, aunque joven, es la que más cuenta en este caso.

El Xavi le miraba azorado.

—No, no.

—¿Cómo que no? Tus experiencias como joven pueden ser esclarecedoras. Habla.

—Pero es que yo no tengo nada que decir. Sólo quería que me indicara usted dónde están los servicios. ¿Sabe? Me estoy orinando.

Eran las nueve menos dos minutos. Cuando el Xavi salió del water, el guardia de la mirada torva terminaba de abrir las puertas del colegio electoral. Los primeros votantes entraron en el aula. El Xavi observó que todos tenían la nariz roja y todos levantaban al techo las cabezas, como si invocaran la ayuda de Dios en el momento de emitir el voto. El Xavi tomó asiento muy serio al lado del presidente. Pero su seriedad no pudo evitar que aquella morenaza, Encarnación Alcántara Godoy, nacida en Priego (Córdoba), de veinte años, sus labores, según estaba leyendo en su carnet de identidad, soltara una sonora carcajada al ver los tres cerditos de su camiseta.

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