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El pollo estuvo dos días en capilla en la galería. Durante cada una de aquellas dos madrugadas, cuando a la luz gris-violeta empezaban a perfilarse las siluetas de tejados y azoteas, el animal lanzaba a las últimas estrellas el desafío de su clarinazo. No tardaba en contestarle el pollo de la portera. Un pollo urbano, criado entre sombras en un exiguo corral: corral contado y medido. Muy lejos, se oía un tercer quiquiriquí. Fatídico, triste como un presagio de final próximo y dramático. En seguida, el cuarto. El quinto. Y llegaba la aurora sembrando puñados de rosas en los edificios más altos; dorando torres y espadañas; avivando en toses proletarias los hogares humildes; despertando las calles con el chirrido de los primeros tranvías, cargados de sueño, de frustraciones que pronto se convertirían, en el taller, en reniegos o gritos de ira redentora. El pollo de los Acosta piropeaba a las gallinas que tenía abajo la portera. Borracho de rijo mañanero, encogía el cuerpo como si de repente se hubiera quedado baldado. Aleaba después hasta el paroxismo, tratando de cubrir frenético a su propia sombra, que en su deseo se le había fingido una hembra de entraña cálida, gratificadora. El pollo de los Acosta se quedaba ridículamente despatarrado sobre su propia ficción, con el desconcierto pintado en la mirada audaz. Y se resignaba.
Arropado bajo las tibias mantas, Tito escuchaba el concierto del averío. Pensaba un poco triste que pronto dejaría de oír a su soberbio despertador. Meditaba sobre quién empuñaría el cuchillo alevoso. Sabía que su hermana salía corriendo al ver un animal de pluma. Beatriz, la madre, era incapaz de matar una mosca. Quedaba Pilar. Pero la muchacha había confesado la víspera que, en su casa, era la madre la encargada de sacrificar los animales.
Dos horas después, a Pilar le temblaron las piernas sólo de ver el afilado cuchillo que esperaba sobre el mármol de la mesa. Beatriz había encendido todas las luces porque llovía a mares y había cerrazón. Gargotaba el puchero de azófar en el hornillo de carbón, el grande, lleno de batatas tan dulces como la bresca del panal. Sobre el reluciente aparador, en pequeñas bandejas de laca negra con graciosos patos voladores pintados en oro, se amontonaban las aceitosas nueces peladas como si fueran cerebritos de macaco. Otras contenían almendras mollares, por entre las que asomaban las empolvadas caritas de chino de las avellanas, con su flequillo y todo. En graciosos cestillos de mimbre color ámbar había higos secos de piel enharinada; enmeladas ciruelas Claudias; pasas de brillante piel arrugada con el grumo de azuquítar cristalizado; garbanzos tostados con la suelta cutícula espolvoreada de cal; la humildad franciscana del cacahuete gordal, que a Tito le recordaba el milagro del capullo de seda.
Todo estaba listo para la cena grande. Pero aún habla que sacrificar al pollo. Después sería cosa de desplumarlo, socarrar el cañón remetido en la dorada piel, abrirlo en canal, sacar los lustrosos menudos, poner al fresco el plato sopero con la humeante sangre, guardar todo en la camera grande y colgarla de un gancho en la galería a fin de que sacara los humores fuertes. Al día siguiente la carne estaría prieta y fresca, un poco enjuta, y la piel habría expulsado los restantes cañones, con lo que el trozo tomaría mejor la última soflama.
Se miraban todos, y el pollo les observaba receloso. Tito se preguntó si aquel magnífico animal sería el mismo que él había ayudado a salir del cascarón a fines de marzo, que es cuando salen las últimas polladas de invierno. Miraba los ojos del animal buscando un parecido con los de aquel débil polluelo, que se acurrucaba en el hueco de su mano piando friolero un poco de amor. Se sintió culpable y se retiró a una distancia prudencial. Entró en el trastero al oír la voz chillona de Teresa, la portera. Era la mano ejecutora, porque Pilar se había mareado en el último momento. Silencio. Y, de pronto, un cacareo estruendoso, dramático. El pollo imprimía a su voz un desgarro casi humano. Era un lamento insultante, una queja enérgica por lo que de injusto encerraba la ejecución. El grito rebotaba en el techo, sobre las paredes, se arrastraba a lo largo del pasillo y entraba en el sitio donde se había refugiado Tito como pidiéndole ayuda. Tito se tapó los oídos. Pero seguía oyendo el angustiado cacareo, los fuertes aletazos. Luego volvió el silencio. Un silencio culpable de delito consumado.
Llegó a la galería en el momento justo. La cabeza del animal estaba en el suelo, junto al lebrillo mediado de sangre humeante de vida que se va. Tito la recogió y los ojos del pollo le miraron un instante vivos. Después se cerraron para siempre. Lo que le torturaría a lo largo de su vida, siempre que recordaba aquella escena, era la duda de si la última mirada del pollo había sido de gratitud, como lo fue la del pollito que sacó del cascarón, o si le acusaba de no haber salvado su vida.
A pesar de ello, no experimentó ningún remordimiento aquella noche, cuando se sentó a la mesa para celebrar en familia el nacimiento del Señor.