11

El comedor de abajo de «José Luis» bullía de gente. Los camareros, pulcramente vestidos de negro, se movían con la agilidad que da el oficio entre las abarrotadas mesas. Recogían en silencio un servido, escuchaban respetuosamente las indicaciones de un cliente o permanecían de píe prudentemente distanciados. Mesitas auxiliares cubiertas de blancos manteles exhibían los manjares más costosos. Estaban adornadas con guirnaldas de flores, cestillos de fruta, y sobre ellas se veían sugestivas cazuelas de barro de distinto tamaño, cubiertos brillantes, quemadores y otros objetos de metal. El abigarrado colorido aportaba una nota de optimismo, al mismo tiempo que excitaba los jugos gástricos del cliente.

Un maître de mediana edad y porte distinguido se acercó sonriente a Alejandro. El maître llevaba un esmoquin negro de corte impecable y calzaba brillantes zapatos, negros también, terminados en punta. Tenía las mejillas perfectamente rasuradas y su cabello corto y engomado, era gris plata. A Alejandro le pareció tener delante a un galán en decadencia de los años treinta.

—¿Señor Acosta? —preguntó matizando la voz.

—Sí.

—Le espera su señor hermano. Tenga la bondad de seguirme.

Alejandro avanzó por entre las mesas detrás del empleado. Rostros morenos, mejillas brasiladas, caras de mujer perfectamente maquilladas, en cuyos ojos brillaba la clara exteriorización del placer sensual que producía en ellas la comida, se veían sobre los manteles color crema. Tenían las bocas llenas y la congestión en la frente. Las señoras movían sensualmente los labios al masticar, con una inconcreta coquetería que a Alejandro se le antojó un poco cruel. Casi todas ellas llevaban modelos de calle y, alguna, luda tobilleras abiertos casi hasta el ombligo. De hecho, parecían todos gentes insaciables. Alejandro miró con fijeza a una rubia alta y huesuda de pómulos salientes y frente estrecha, y ella sostuvo su mirada. Se preguntó dónde diablos la había visto antes.

A Carlos le sentaba bien el impecable traje gris de calle que llevaba. Una camisa hueso a rayas azules, italiana, y la corbata oscura sembrada de pequeños rombos fosforescentes, contribuían a su rejuvenecimiento. Si algo sobraba en su rostro, pensó su hermano, eran las bolsas violáceas que colgaban de sus ojos y los pelos blancos del bigotín, en guerrilla.

Alejandro tomó asiento. Se sentía feliz, especialmente porque sabía la satisfacción de su hermano siempre que le invitaba a almorzar. Pensó que, por encima de las diferencias de opinión, le seguía queriendo. Esto último fue causa de que su corazón se alegrara. Preguntó:

—¿Y Fefa? ¿Cómo es que no ha venido?

—Tiene una comida de hermandad con unas amigas. De Fuerza Nueva. Casi todas son mujeres de militares.

Alejandro sonrió con cierta ironía.

—No creas —dijo su hermano—, hacen su papel al Partido. A tu cuñada, ahí como la ves, eso del mitineo se le da de maravilla. Se lee todos los periódicos. Hasta Mundo Obrero. Aunque lo suyo es El Alcázar y El Imparcial. Está muy enterada, créeme. Bueno, digamos que no es el duque de Tovar. Ni don Blas. Pero para lo que hace, me refiero a la propaganda, le sobra.

—¿Propaganda?

Carlos explicó que el elemento femenino de Fuerza Nueva se había lanzado a la calle en busca del voto negativo de la Constitución. Dijo que se metían en cualquier parte y hablaban a la gente de la necesidad de evitar una Constitución atea y separatista que, en el mejor de los casos, iba a enfrentar a los españoles en una nueva guerra civil.

—Muchas de ellas usan como trampolín el servicio doméstico. Ya sabes, una chacha siempre tiene sus problemas. La familia, el dinero. Estas mujeres tienen su hábitat, que dirían los sociólogos. Ellas, nuestras mujeres, visitan los barrios obreros y les explican el verdadero patriotismo. A veces organizan meriendas en cualquier sitio. Reparten bonos o vales. No sé exactamente cómo se lo montan, de acuerdo con los grandes almacenes y nuestros economatos. Incluso hablan de crear cooperativas para los pobres. Esas personas, créeme, en el fondo no tienen nada de comunistas. Ni de revolucionarias. Quieren trabajo y paz. Una seguridad vital que, como bien sabes, el Suárez de mis pecados no les da. Es una obra cristiana y social muy importante la que hacen nuestras mujeres.

El tono de Carlos se hizo confidencial cuando preguntó a su hermano si se había enterado del asesinato del militar.

—Lo han dicho en un bar —repuso Alejandro.

—Bueno, pues era un comandante de Estado Mayor. Quizá lo conociera, aunque los apellidos no me suenan. ¿Y qué me dices tú ahora? Porque esto no se termina. Es una cadena sin fin. Una espiral. Y como tú comprenderás, yo no voy a esperar estúpidamente en casa a que vengan un par de desalmados a rebanarme el pescuezo. ¡Ni hablar del peluquín! Están muy, pero que muy equivocados.

Le miró con fijeza.

—Esto, Alejandro, esto no puede seguir así. Los militares, créeme, hemos agotado la paciencia. Y si quieres hacerme caso, tú harías muy bien desapareciendo unos días. Al menos hasta que pase lo de la Constitución.

Su tono se hizo más confidencial.

—Hay listas. No lo olvides.

—¿No crees que dramatizas?

Los ojos de Carlos chispearon.

—¡Eres tú quien minimiza lo que está pasando! Por menos de esto se produjo lo del treinta y seis Yo no puedo darte nombres, pero has de saber que hay generales, y altos mandos, dispuestos a lo que sea con tal de acabar con esta situación. Nosotros, que como ves no nos metemos con nadie, estamos humillados. Prácticamente no contamos desde que el Guti se ha puesto al lado del traidor de Suárez. Somos la carne de cañón de su democracia. Suárez y Gutiérrez Mellado, y el jesuita ese de Martín Villa, no reducen nuestro protagonismo a simples convidados de piedra. Nosotros, a esperar que en cualquier momento. Podría ser aquí, ahora mismo. Y un militar no es eso. No se cómo meterte en la cabeza que es casi seguro que pase algo gordo. Y con lo comprometido que tú estás...

Hizo una pausa y estiró el cuello, nervioso.

—No sé efe dónde diablos has sacado esas ideas —añadió.

Cuando el maître les dio la carta, Carlos dijo: Venga, vamos a comer. En amor y compañía. Lo decía mamá. ¿Te acuerdas?

La mirada de Carlos se hizo un sarcasmo cuando le preguntó por Lolita.

—¿Habéis cantado juntos la Internacional? —dijo riendo una risita gutural de recochineo. Y añadió—: Supongo que no habrás dado crédito a los infundios que se inventa esa mujer. A mí me dijo que «mis guardas» habían asesinado a su hijo. Por un elemental principio de humanitarismo me ofrecí a acompañar al muerto al cementerio y me mandó al cuerno. ¡Allá ella!

Encargaron cigalas y langostinos con una botella de «Riscal» helado. De pronto Alejandro pidió a su hermano que le hablara del padre.

—¿Papá? ¿Y a qué viene eso?

Después de una vacilación, Carlos dijo que su padre había cumplido sus obliga— dones con la familia trabajando hasta el final para que nada les faltara.

—Ya sabes que cuando los rojos del Comité del Amanda lo echaron, porque se negó a aceptar su autoridad a bordo, se embarcó en un carbonero de mala muerte. La negra se llamaba. Y así fue para él.

—Pero en su vida hubo una mujer... Carlos le interrumpió:

—Y en la mía. Y en la tuya. Que tú no has parado nunca, hermanito. Que por cierto, tenemos que hablar de eso. Desplegó la servilleta.

—Que si hubo en la vida de papá una mujer, ¡Qué tontería! Pues no era nadie don Alejandro Acosta. ¿O es que los hombres no tenemos derecho a mojar el bollo en la sopa ajena? ¡Hasta ahí podríamos llegar! Pero papá fue un marido modelo. Y un padre consciente de sus deberes. De su responsabilidad. No te quepa la menor duda. Por muchas mentiras que te haya contado la miliciana.

Mamá sintió siempre celos.

—¡Mama era una neurasténica! Bastante trabajo tuvo, la pobre. Y los que convivimos con ella. Lo que pasa es que tú no te acuerdas. Eras un crío.

Alejandro se acordaba. Quizá mejor que su hermano, porque su hermano se pasaba el día en la calle. Ahora, mirando la fuente del marisco que había puesto el camarero sobre la mesa, veía el rostro desencajado de Beatriz, la ansiedad que había en sus ojos brillantes, asustados. Aquella tarde paseaba d pasillo de casa, en el piso de Valencia, repitiendo una palabra: lepra. Él se había acercado y le había preguntado qué era lepra. Pero su madre no le contestó. Empezó a hablar con una inexistente mujer que trataba de quitarle al marido.

Alejandro sonrió al oír el comentario de su hermano:

—Los langostinos son fresquísimos. Si te acercas allí, a los cestones que hay al entrar, verás cómo mueven las patas. ¿Qué te parece si pedimos antes unas ostras para refrescar la boca?

—Por mí, a la de tres.

A medida que comían se iban animando. Carlos contaba anécdotas familiares, que su hermano le había oído mil veces, y reía a gusto. Seguía adoptando aires de superioridad. Se manifestaba como una mezcla de patriarca de la tribu Acosta y padrino que guarda en la manga la última carta, la decisiva. Cuando hablaba de sus hijos, casados los dos, sus ojos chispeaban traviesos, porque, según decía, ambos se disputaban la administración de las dos urbanizaciones suyas, una en la Costa del Sol y otra en las proximidades de la Manga del Mar Menor.

—Ellos no son tontos. Saben lo que renta aquello. Dicen que yo me gasto demasiado dinero y que me sobra con lo demás. Ya sabes, el retiro y los alquileres de los apartamentos de Hermosilla. Pero ¿sabes qué les digo yo? Que se espabilen. Que la vida es de los espabilados, no de los inteligentes. Aparte de que a ellos no les falta nada. Tu sobrina Puri vive como una reina. Muchos más millones tiene su marido que yo, que al fin y al cabo no soy más que un trabajador. En cuanto a Pepe, tampoco le falta nada. Tiene el sueldo de capitán, un buen sueldo, y no sé qué enchufes que ha conseguido por Barcelona. Creo que le ayuda un financiero. Le ha entrado por el ojo derecho. Aunque todo esto lo sabrás tú mejor que yo, que le ves en Barcelona.

Se le había encendido la nariz, y la carrillera se desplomaba más de lo ordinario sobre el filo del cuello de la camisa. De vez en cuando estiraba el cuello, y los tendones tiraban de los labios, que dibujaban un rictus extraño, como de ahogo. Entonces se aflojaba el botón de la camisa con el dedo medio de la mano derecha y seguía masticando.

Alejandro, por su parte, tenía unas inexplicables ganas de reír. Estaba en un restorán de lujo escuchando los despropósitos de su hermano, engullendo langostinos y cigalas con un entusiasmo digno de mejor causa, mientras el viejo Andrés y Bruno comerían de prisa su plato de estofado de buey para ir a pintar las paredes del Sindicato. Se burlaba de su propia cobardía porque él, y quienes como él escribían brillantes artículos contra los impostores del Gobierno, acusándoles de sus cuchipandas en «Jockey» a costa de los pobres del país y de la sufrida base de los Sindicatos, hacían lo mismo que ellos. No importaba, ni a unos ni a otros, el paro. Ni que d obrero las pasara moradas. Que no pudiera terminar el mes. Él los veía en el Sindicato. Toscos, mal trajeados, con la misma expresión de susto en la mirada que tenían antes, pero dignos como siempre. Veía también a los viejos militantes, los hombres del treinta y seis. Era gente curtida en la guerra y en el exilio. Se decía que hadan demagogia, pero decían verdades como puños. Eran, o le parecían, personas estrafalarias, con la mente roída por d dogmatismo y la pureza del ideal, en el que probablemente creían porque no podían creer en nada más. Ni eran héroes ni eran dioses. Pero, pese al desfasamiento, eran honestos. En cambio él, del que tanto se enorgullecían los viejos militantes, era un filisteo. La educación burguesa, pensaba asqueado de sí mismo, sería todo lo retrógrada y caduca que quisieran. Pero sólo teóricamente. En la práctica, ir bien trajeado y hartarse de marisco bien regado con aquel «Riscal» que empañaba la copa, mientras un camarero adulón le echa a uno sonrisas en muda demanda de la propina cuantiosa, mientras le acerca el aguamanil con las graciosas cortecitas de limón flotando para que el señor limpie sus ilustres dátiles, era algo extraordinariamente cómodo. Algo capaz de hacer feliz a cualquiera.

Dejó escapar una corta carcajada nerviosa al pensar que el viejo Andrés, que había luchado codo con codo en la Universitaria con Durruti, quizá se habría bebido el agua del cuenco y limpiado los dedos en d mantel. O en el pelo.

Carlos le miró intrigado.

—¿De qué te ríes con tantas ganas?

Su hermano es encogió de hombros.

El maître preguntaba cortésmente a los señores si habían terminado ya. Trajo luego la carta de licores. Alejandro se volvió hacia una jovencita rubia de cara ovalada que permanecía inmóvil, de pie junto a la mesa del buffet frío. La joven vestía una especie de tutú negro muy escotado y llevaba medias de seda negras y zapatos, negros también, de alto tacón. Una pequeña cofia blanca escrupulosamente almidonada se hallaba graciosamente sobre sus cabellos dorados. A una señal de Alejandro la joven un carrito laqueado de rojo hasta la mesa. Una vez allí, se paró a una distancia prudencial. Alejandro pidió un «Montecristo-4» y la joven le ofreció risueña una caja de habanos abierta. Tenía los dedos delicados y las uñas cuidadas.

Alejandro tomó el cigarro y verificó con los pulpejos la consistencia de la tripa. Mientras daba vueltas al puro entre sus dedos, preguntó bromeando a la muchacha:

—¿Tú eres de la CNT?

—No, señor.

—De Comisiones, dato. —Tampoco.

—No irás a decirme que eres socialista. ¿Te gusta Felipe? La muchacha sonrió ofreciéndole el cortapuros de plata.

—¿Desea el señor algo más? ¿Una rosa blanca? Son de invernadero.

—¿Las crías tú?

La muchacha se mordió la punta de la lengua.

—Es posible.

Alejandro escogió un capullo blanco y se lo ofreció.

—Para ti —dijo.

Luego echó mano al bolsillo del pantalón y sacó un arrugado billete de mu. —Toma. También es para ti.

Ella dio las gracias y se marchó por donde había llegado, rasó por delante de él lo que le permitió ver sus piernas torneadas..

Carlos, que removía pausadamente el poso azucarado en la tacita del café, dijo a su hermano.

—Las mujeres siguen siendo tu debilidad por lo que veo. Con los disgustos que te han dado en la vida. Alejandro rió.

—Y los que me darán,

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