22

Cuadernos nuevos, lápices pulcramente afilados, gomas de borrar que se migaban entre los dedos. El Grado Superior, con sus grabados borrosos y grotesco esqueleto que parece carcajearse del muerto y de quien lo vela.

Las largas tardes de invierno en «El Mirador» estaban consagradas al trabajo. Estudio después de comer en una habitación que Beatriz y Marta habían convertido en aula. Imprimíale carácter el mapa colgado en la pared, entre las dos ventanas que daban a la explanada, frente al viejo tronco del laurel. Era un mapa de España, con sus ríos azules, con sus sistemas montañosos de color marrón con brillantes triangulitos negros indicando las principales alturas.

Más tarde, cuando el cielo empezaba a perder color y la piel del mar se amorataba y volvían frioleros los gorriones a su querencia del laurel, las lecciones de memoria con don José. Los quebrados y las interminables divisiones. La tortura de los tiempos verbales, el análisis gramatical.

Media hora justa para merendar. Tito miraba distraídamente a Marta, que bordaba en la mesa camilla. Había engordado y se pasaba el día con la aguja en la mano. Beatriz escribía interminables cartas. Tito entraba en la cocina y cogía la rebanada de pan y la onza de chocolate que le dejaba su madre en un plato cubierto con una servilleta blanca. Mordisqueando, se asomaba al húmedo jardín en busca de Pilar. También Pilar había engordado. Estaba más alta, y la faldita de lanilla color rosa le llegaba a medio muslo. Cuando se agachaba, Pilar enseñaba las piernas hasta casi el nacimiento de las nalgas. Tito mordía la pastilla de chocolate, hada rodar el pedazo desprendido sobre la lengua, buscaba d punto exacto del paladar donde d cacao daba todo su sabor calido, ligeramente amargo, sin perder de vista las carnes apretadas de Pilar. Ella canturriaba el «Pichi» de Las leandras. Se volvía. Le miraba a los ojos y le sacaba la lengua. Pilar ya no quería jugar con él como lo hacía en el trastero de la calle de Zapateros, porque se hacía cucamonas con un joven pescador llamado el Moro por lo moreno.

Tito se aburría en «El Mirador» desde que Juan se había ido a Madrid y Carlos estaba la mayor parte del día en la «Academia Méndez» del pueblo. Con el primo Alfonso tampoco podía contar, porque se pasaba todo el día en la cama durmiendo. Decía que invernaba, como los lirones. Por las noches, como no tenía más sueño, alternaba las lecturas de la Biblia con otras menos edificantes. Eran novelitas cortas en las que siempre aparecía alguna mujer medio desnuda enseñando sus cosas.

Mientras él estaba en la cocina, o renovando el agua del bebedero del canario, don José se tomaba el café con leche y la ensaimada que le servía Pilar en el aula. Don José tenía fama de santo en casa de los Acosta. A sus cincuenta y tantos años, después de treinta de servicio activo en el Magisterio y ocho en el pueblo, había pedido la excedencia. Se negaba a enseñar a sus alumnos un programa elaborado sobre bases materia— listas y no toleraba que su escuela no estuviera presidida por un crucifijo. Era un solterón delgado, de rostro macilento y ojos saltones de párpados caídos. Iba siempre pulcramente vestido, se tocaba con un fieltro gris y en invierno llevaba botines. Hablaba pausadamente con una voz profunda, de bajo. Era comedido y muy ceremonioso, sobre todo con las mujeres. Ahora se ganaba la vida dando clases particulares a los niños cuyas familias, como la de Tito, se negaban a que sus hijos recibieran enseñanza laica.

Aquella tarde de mediados de enero, don José engullía mirando a través de la entreabierta puerta las pantorrillas de Marta. Como el brasero achicharraba, Marta había sacado las piernas de la tarima y se había subido un poco la falda. De pronto tuvo la sensación de que alguien la estaba mirando. Se volvió, y su mirada tropezó con la de don José. Marta ocultó las piernas mientras le decía a su madre que el maestro de Tito no era tan santo como parecía.

—Manía que le has tomado tú —replicó Beatriz sin levantar la vista de la carta.

—Es un viejo verde.

Beatriz salió en defensa de don José.

—Es un hombre de bien, católico a machamartillo. Sabes que se jugó el pan cuando ese desdichado de Azaña dijo que España ha dejado de ser católica. Dejó su escuela. Todas las personas de orden le respetan. La prueba la tienes en que los Cabanes han reunido a lo mejor del pueblo, el juez, el señor cura, para ver la forma de montar una Academia. Un centro católico como Dios manda que contrarreste la mala influencia de esa Academia a la que va tu hermano Carlos, porque no tiene más remedio que ir. Don José será el director, y el cura, el juez y algún maestro más de confianza, darán las clases. Conque ya ves lo equivocada que estás.

—Pues a mí no me gusta un pelo.

Después de merendar, cuando reanudaron la clase, don José empezó a explicar la reproducción de los mamíferos. Dijo que había dos sexos, el masculino y el femenino. Que los individuos de distinto sexo formaban la pareja. Y que la hembra «daba a luz» a un ser vivo de su misma especie. Don José se turbó cuando Tito le preguntó cómo era el sexo de las personas y dónde estaba.

—Ya tendrás tiempo de saber lo que me preguntas —replicó secamente. Y añadió-I Para ingresar en el Bachillerato no necesitas saber esas cosas.

—Pero a mí me gustaría que usted me lo explicara.

—Tu madre no me paga para eso. Te repito, caballerete, que eso que me pides no puede ser.

—Pero ¿por qué?

Don José parecía estar fuera de sus casillas. Tito, a quien empezaba a divertirle su travesura, se fingió sorprendido/Preguntó ingenuamente:

—¿Qué mal hay en que me explique usted lo del sexo de las personas? Don José se levantó ceremoniosamente. Tomó su sombrero y salió de la habitación. Al llegar junto a la mesa donde escribía Beatriz, tosió discretamente. Cambió unas palabras con ella. Poco después salía de «El Mirador» con unas monedas de plata que le dio Beatriz.

Tito acababa de quedarse sin maestro.

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