12

Tono confidencial. Voces bajas, abaritonadas. Discreción y mesura en todo, menos en la mirada de los caballeros que había en la barra. Señores de edad madura, distinguidos, canosos o con el bisoñé perfectamente encajado, escrutaban los movimientos de Natalia. Algunos sonreían entornando los ojos con cierto interés desdeñoso. Otros la miraban de arriba abajo, la desnudaban intentando adivinar volúmenes y formas, el perímetro de la cintura, incluso el color y la extensión del vello del pubis.

Natalia avanzó hacia la sala. El techo bajo, tapizado de terciopelo dorado, daba una ligera sensación de agobio, a la que contribuían la escasa luz indirecta que iluminaba la pieza. Al final de la barra, donde se iniciaba el recodo que la unía a la pared, un grupo de hijos de papá hablaba en tono más alto que sus progenitores. Pero cuando pasó Natalia junto a ellos se callaron todos a la vez. Natalia siguió avanzando. En las mesas, vio a algunas señoras sentadas con indolencia. Tenían las caras fofas, de piel descolorida, y sus ojos la miraban con ese inútil rencor resignado que produce la impotencia de la vejez rica, capaz de comprarlo todo menos la juventud.

Casi al final, a su izquierda, Natalia vio a un caballero que se levantaba sin dejar de mirarla. Respondía a la descripción del recepcionista, por lo que le sonrió. Él salió a su encuentro y se presentó como Carlos Acosta.

—Natalia Bradling —repuso ella en seguida. Y sonrió.

Notó que estaba nervioso, pero que sabía dominar los nervios.

—¿Una copa antes de cenar?

—«Chivas», por favor.

Carlos la miró a los ojos.

—Al menos en esto sí coincidimos —dijo—. Ya ves, «Chivas».

—Y señaló su vaso.

Natalia se había quitado el chal y lo había dejado, bien plegado, debajo del bolso de noche. Luego se abanicó la cara con la mano.

—¿No hace calor?

Hablaba con cierta guturalidad, pero su castellano era bastante correcto.

—Si te parece, nos vamos.

—No. De ninguna manera. Sondó.

—Aquí dicen que la noche es joven. Y me gusta. Me gusta, ¿cómo se dice?

Levantó los ojos al techo.

—¿La expresión? —aventuró Carlos.

Natalia asintió.

—Eso es.

Luego dijo que los españoles tenían un lenguaje sorprendentemente vivo.

—Yo pienso que es el sol. Y el mar. Todo. Aquí todo es fuerte, vital. ¿Por qué no había de serlo el lenguaje? Hasta la muerte del toro, en la plaza, lleno de sangre por todas partes. A mí me parece que es la misma vida que se rompe. Que estalla así como, ¿como un cohete se dice? Eso. Y lo llena de alegría.

Quedó un momento suspensa. Luego añadió:

—Pero me da mucha lástima. Pobre animal. Tan noble. Tan alegre cuando se pasea. Antes, cuando sale a la plaza, así, corriendo, saltando de alegría.

Carlos la observó. Comprendió que en sus gestos, en la forma de sentarse, de mover las manos, no había nada estudiado. Pensó que se trataba de una muchacha educada, una de esas extranjeras medio locas, que, incluso siendo de buena familia, no dudaban en prostituirse con tal de hacer lo que les venía en gana.

—¿Alemana? —preguntó sonriendo con cierta ironía.

—No. Sueca. De Estocolmo.

Hizo una seña al camarero.

—Cuando traiga el güisqui de la señorita, tráigame otro a mí.

Luego comentó que una noche era una noche, y que tenía ganas de pasarlo bien.

—Pero quiero decirte algo, Natalia.

Ella giró la cabeza graciosamente.

—¿Sí? ¿Qué es?

—Verás. Yo soy un hombre mayor. Podría ser tu padre. O tu abuelo. ¿Cuántos años tienes?

Natalia puso cara de circunstancias.

—Hoy cumplo veinte años.

—¿Precisamente hoy? ¡Eso se dice estar de suerte! Me refiero a mí, claro.

Carlos propuso celebrarlo por todo lo alto.

—Cenaremos juntos, y luego iremos por ahí. Donde tú quieras. Pero antes escúchame. Si por cualquier circunstancia no te encuentras a gusto conmigo, dímelo. Con sinceridad. Lo dejaríamos estar para otra ocasión.

Ella arqueó las cejas y exclamó entre enfadada y sorprendida:

—¡Qué tontería!

—¿De acuerdo, pues?

—Cenar, sí. Pero luego yo tengo mi trabajo. No va a poder ser. Si te parece, lo celebramos mañana.

—¡Al diablo el trabajo!

—No. Te repito que no puede ser. Yo en esto soy muy formal. Si me comprometo con una persona, no falto nunca a ese compromiso.

—¿Dónde trabajas?

—En un pub. Desde las diez de la noche a las tres de la madrugada. Después, todo el día es para mí sola.

Carlos dijo que lo aclararían más tarde. Empezaba a sentirse eufórico y no quería pasarse sin la compañía de aquel monumento que, además, era una mujer con la que se podía hablar.

Como no sabía por dónde quedaba el hotel, fue ella la que se sentó al volante del Dodge d'Art.

—Esto me recuerda mi pobrecito coche —dijo observando el salpicadero.

—¿Qué le pasa a tu coche?

—¡Oh! Una tragedia. Una verdadera tragedia. En Barcelona me ocurrió algo graciable. Con un tipo. Entonces tuve que gastar todo el dinero que tenía. Metí el; en un garaje y me vine aquí. De esto hace casi un año, y todavía no he vuelto

Natalia asintió.

—Eso es.

Luego dijo que los españoles tenían un lenguaje sorprendentemente vivo.

—Yo pienso que es el sol. Y el mar. Todo. Aquí todo es fuerte, vital. ¿Por qué no había de serlo el lenguaje? Hasta la muerte del toro, en la plaza, lleno de sangre por todas partes. A mí me parece que es la misma vida que se rompe. Que estalla así como, ¿como un cohete se dice? Eso. Y lo llena de alegría.

Quedó un momento suspensa. Luego añadió:

—Pero me da mucha lástima. Pobre animal. Tan noble. Tan alegre cuando se pasea. Antes, cuando sale a la plaza, así, corriendo, saltando de alegría.

Carlos la observó. Comprendió que en sus gestos, en la forma de sentarse, de mover las manos, no había nada estudiado. Pensó que se trataba de una muchacha educada, una de esas extranjeras medio locas, que, incluso siendo de buena familia, no dudaban en prostituirse con tal de hacer lo que les venía en gana.

—¿Alemana? —preguntó sonriendo con cierta ironía.

—No. Sueca. De Estocolmo.

Hizo una seña al camarero.

—Cuando traiga el güisqui de la señorita, tráigame otro a mí.

Luego comentó que una noche era una noche, y que tenía ganas de pasarlo bien.

—Pero quiero decirte algo, Natalia.

Ella giró la cabeza graciosamente.

—¿Sí? ¿Qué es?

—Verás. Yo soy un hombre mayor. Podría ser tu padre. O tu abuelo. ¿Cuántos años tienes?

Natalia puso cara de circunstancias.

—Hoy cumplo veinte años.

—¿Precisamente hoy? ¡Eso se dice estar de suerte! Me refiero a mí, claro.

Carlos propuso celebrarlo por todo lo alto.

—Cenaremos juntos, y luego iremos por ahí. Donde tú quieras. Pero antes escúchame. Si por cualquier circunstancia no te encuentras a gusto conmigo, dímelo. Con sinceridad. Lo dejaríamos estar para otra ocasión.

Ella arqueó las cejas y exclamó entre enfadada y sorprendida:

—¡Qué tontería!

—¿De acuerdo, pues?

—Cenar, sí. Pero luego yo tengo mi trabajo. No va a poder ser. Si te parece, lo celebramos mañana.

—¡Al diablo el trabajo!

—No. Te repito que no puede ser. Yo en esto soy muy formal. Si me comprometo con una persona, no falto nunca a ese compromiso.

—¿Dónde trabajas?

—En un pub. Desde las diez de la noche a las tres de la madrugada. Después, todo el día es para mí sola.

Carlos dijo que lo aclararían más tarde. Empezaba a sentirse eufórico y no quería pasarse sin la compañía de aquel monumento que, además, era una mujer con la que se podía hablar.

Como no sabía por dónde quedaba el hotel, fue ella la que se sentó al volante del Dodge d'Art.

—Esto me recuerda mi pobrecito coche —dijo observando el salpicadero.

—¿Qué le pasa a tu coche?

—¡Oh! Una tragedia. Una verdadera tragedia. En Barcelona me ocurrió algo graciable. Con un tipo. Entonces tuve que gastar todo el dinero que tenía. Metí el; en un garaje y me vine aquí. De esto hace casi un año, y todavía no he vuelto por el.

Ni sé si vive, el pobrecito coche. ¿Qué te parece?

—Que la cosa tiene arreglo. Mañana te vienes conmigo a Barcelona. Yo voy

Ella abrió los ojos sorprendida.

—¿Lo dices de verdad?

—Pues, claro.

—¿De verdad de la buena?

En el momento en que Carlos se echaba a reír, sintió la palma de la mano de Natalia sobre su mejilla. Era un contacto suave, apenas un leve roce. Un temblor que sin embargo, estaba cargado de electricidad.

Se hizo un silencio momentáneo. Natalia, como la cosa más natural del mundo acercó sus labios a los de Carlos. Luego bajó la mirada como lo hubiera hecho la niña que acababa de cometer una travesura.

—No sabes cuánto te lo agradezco —murmuró—. La verdad es que no he podido ir a buscarlo. El trabajo, el viaje, todas esas cosas, que a mí me fastidian, me lo han impedido. Y ahora sales tú, tan galante, y me invitas a ir contigo. ¡Qué ilusión!

Rodaban por las últimas calles de Marbella, cuando Natalia redujo la marcha.

—Te invito a una copa —dijo con cierto misterio.

Carlos la miró sorprendido.

—No será en pago del famoso viaje. No lo consentiría.

—¡Qué va! Es porque así hablo con José Luis.

—¿Algún amigo?

—El dueño del pub. Quizá no quiera que yaya contigo. Se me había olvidado que es la temporada de Navidad. Hay muchos clientes. Importantes todos.

El pub era estrecho y profundo. Tenía las paredes forradas de madera y a la derecha, según se entraba, había una lujosa barra servida por un barman silencioso y eficiente. Natalia le preguntó por José Luis.

—Acaba de llamar —respondió éste—. Dice que viene para acá.

—Eso se dice tener suerte. ¿Nos pones un par de copas?

Volvió la cabeza hacia Carlos.

—¿«Chivas» también?

—Bueno. Haremos tripleta antes de cenar.

Se sentaron en la última mesa, hacia el fondo. Natalia sonreía de vez en cuando a algún cliente. Eran en su mayoría caballeros maduros o de mediana edad. Gente cansada por el deseo constante de divertirse. Gente pesada. Sin originalidad. Había entre ellos alguna turista de caza. Se las veía enfermas de aburrimiento, con cara de hígado a fuerza de tomar pastillas contra la soledad y el desengaño. En su conjunto, formaban una fauna de dramáticas soledades hechas de miedo al cáncer, al infarto y a la hepatitis, aprensiones que trataban de curar con charlas insustanciales.

Cuando José Luís entró en su despacho, que estaba en una pieza junto a la mesa que ocupaban Carlos y Natalia, ésta cruzó los dedos.

—Deséame suerte —murmuró. Y desapareció detrás de la puerta.

No tardó en oír voces. Al principio subidas de tono. Luego, francamente destempladas. Carlos, que ya había terminado el tercer güisqui, irrumpió de pronto en el despacho de José Luis. Tenía la cara roja y los ojos brillantes.

—A ver qué pasa aquí —dijo cerrando tras de sí y metiéndose las manos en los bolsillos de la americana.

Sin levantarse del sillón que ocupaba, José Luis le rogó que saliera. Era un hombre fuerte de unos treinta y tantos años y llevaba puesta aún una cazadora de cuero desabrochada.

—Estamos hablando de negocios, señor. Hágase cargo.,

A fin de suavizar la tensión existente, Natalia hizo las presentaciones. Luego dijo a Carlos que lo sentía mucho, pero que no podía acompañarle a Barcelona.

—¿No te lo permite este señor?

Fefa se encogió de hombros. De pie como estaba, apoyaba un codo en la mano y con la otra se pellizcaba la barbilla. En su cara había un gesto de contrariedad.

—Me pide tres días de permiso —dijo José Luis—. Comprenderá usted que la persona que trabaja no es dueña de su tiempo. Y se acerca la temporada de Navidad.

Carlos avanzó hacia la mesa. Había sacado la mano derecha del bolsillo y trataba de imponer silencio con un gesto.

—A ver si nos aclaramos —dijo en tono conciliador—. La señorita necesita ir a Barcelona. Además, yo quiero invitarla a cenar esta noche. Y a lo que se presente. Es su cumpleaños. Usted me dice ahora mismo cuánto tengo que darle, y en paz.

Le miró con descaro.

—¿Le parece bien?

El otro levantó la vista hacia el techo, como si echara cuentas. Luego dijo que esperaba de Natalia un promedio de diez mil pesetas diarias.

Consultó con ella.

—¿Es así o no?

Natalia volvió a encogerse de hombros. Había puesto la mano sobre el antebrazo de Carlos, y lo apretaba para que lo dejara estar. Pero Carlos tenía la vena de la esplendidez y tiró de chequera.

—¿Le parece bien así? —dijo a José Luis entregándole un talón por cincuenta mil pesetas—. La señorita le pide tres días, y yo le doy a usted por valor de cinco. ¿Podemos zanjar el asunto?

Cuando José Luis se levantó y le tendió la mano, Carlos tomó a Natalia del brazo y salió olímpicamente del despacho.

En la puerta le dijo:

—¿Qué, vamos a cenar? Tengo apetito.

—Y yo —rió ella jovialmente.

Salió de prisa tras ella, en un triste remedo de trotecillo juvenil.

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