17

Día de difuntos. Las ánimas benditas habían salido de su cárcel de fuego para volver cada una a su casa, con los suyos. Era una gracia especial que concedía Dios a los espíritus que purgaban sus pecados. Un día al año. Las ánimas benditas gustaban del silencio y la buena cama. Por eso Beatriz había puesto sábanas limpias y las mejores colchas. Una mariposa encendida en cada habitación contribuía a aumentar el pavor. Las mariposas, y los dos rosarios, el de tarde y el de noche, en pío velatorio de anís del «Mono» y huesos de santos, a los que Emerenciano Adell llamaba panellets.

Tito no se separaba de su madre. La seguía por toda la casa, pisando con cuidado. A veces cazaba en los expresivos ojos de su hermana Marta una mirada como de recochineo. Llegó a temer por su seguridad, porque sabía que con las ánimas no había que gastar bromas.

Aquella mañana llamó el cartero. Una carta de la abuela y varias del padre. La abuela se lamentaba de su soledad. Decía que sin sus niños estaba todavía más sorda. Que Valencia quedaba demasiado lejos del pueblo. Que el día menos pensado se iría al otro barrio sin el consuelo de verlos. Las cartas del padre fueron leídas por Beatriz en la sala, después de haber cerrado la puerta con llave. Como hacía siempre, abrió primero la de la última fecha. Luego leería las demás, fechas invertidas. Por último, releería todo. Desde el principio hasta el final.

Poco después, reunidos en el comedor, Beatriz leía la última carta. «Si no hay cambio en las órdenes, estaremos en ésa a mediados de mes. No sé exactamente los días que tendremos francos, aunque supongo que no serán menos de ocho.»

Marta palmoteó.

—¡No menos de ocho!

Juan protestó de que no hubiera en casa un mal calendario.

—Tía Laura trajo uno —dijo Beatriz—. Lo puse en el cuarto de Carlos. Traedlo.

Entre Carlos y Juan lo colgaron de un clavo en el comedor, junto a la cristalera.

—De sábado a sábado —dijo Marta contando con los dedos—. Y quizás el domingo no salgan. Iremos al teatro.

Desde el mar, Alejandro aconsejaba a los suyos: «Que no deje el pequeño de ir al colegio ni un solo día. En cuanto a Carlos, recuérdale que cuente hasta cien antes de hacer algo de lo que pueda arrepentirse.» Hablaba luego de Marta, a quien le tenía reservada una sorpresa. Por último, se refería a Tito, diciendo que en el Cantábrico, cuando anochecía, se vislumbraba a lo lejos un halo dorado del que se decía que era el resplandor de las carrozas de los Magos.

Juan dijo:

Leyó afanosamente las dos líneas que había escrito su padre con letra apretada: «Te he comprado un corte de traje. Inglés. Es azul marino. ¿No lo querías de ese color?»

—¡Azul marino!

Beatriz daba gracias a Dios por aquellas cartas llenas de amor. Amor para todos. Pero sobre todo para ella. Porque el último párrafo de la carta fechada en Pasajes, que ella se había saltado, decía que su mayor deseo era «reclinar la cabeza en tu seno y envejecer a tu lado hasta que Dios quiera».

A media tarde se presentó en casa de los Acosta tía Isabel. Traía los labios amoratados.

—La escalera, chica —murmuró.

Dijo que su marido había comprado entradas para el Tenorio que se representaba en el Teatro de los Obreros.

—Vendrás con nosotros —pidió a su prima. Beatriz estaba indecisa.

—¡Que sí, mujer! Tú y Marta tenéis que distraeros. A los chicos que les dé el aire por ahí. Que vayan a ver cementerios. ¿Qué sé yo? No podéis estar encerradas como si fuerais monjas de clausura.

Dio un golpecito sobre la mesa con la mano enguantada.

—Decidido. A estos pollastres les preparas algo de cena. Nosotras cenaremos en casa. Concha viene también. Y ahora es posible que se anime el general Donderis.

—¿Y el rosario? —preguntó Beatriz.

—Lo rezas mañana. ¿O es que a las almas no les da lo mismo? Puestas a esperar... Isabel cazó a Carlos en la galería.

—Tú, aprendiz de estafador, ven acá.

Le miraba bisoja, con la cabeza ladeada y los labios muy apretados.

—¿Sabes bien lo que has hecho en la Academia?

—Sí, tía. Lo sé.

—¿Y sabes que podrías matar a tu madre del disgusto, si llegara a enterarse?

—Sí.

—Está bien. Ahora atiende. Tu tío habló ayer con el director.

—¿Y qué?

—Por esta vez te perdona. A ti y a tu amigote. Pero con la condición...

—¡La que quiera!

Isabel se marchó después de hablar con Carlos. Ya en la puerta del piso, palmeó la espalda de Juan,

—¿Y tú qué haces esta tarde?

—Me quedo en casa.

Su resolución no produjo extrañeza. Sabían todos lo duro que era el primero de Medicina y lo estudioso que era Juan. Sin embargo, Marta le sonrió enigmáticamente mientras se encasquetaba el sombrero de fieltro gris con la pluma de palomo atravesada.

Poco después salían madre e hija con Tito. Se quedó, pues, solo en el piso. Solo con sus nervios y el resuello del grifo de la cocina. Empezó a tararear el «madre, cómprame un negro», pero calló, pensando que no era día adecuado para canciones.

En el dormitorio de Marta, frente al espejo de tocador, se peinó. Salió de allí oliendo a «Lavanda» y con el pelo aplastado como si se lo hubiera lamido una vaca. Anduvo por el pasillo, comprobando la hora a cada momento en el despertador de su cuarto. Finalmente se puso la americana, gris, listada de negro, armada de sólidas hombreras. Después de comprobar la factura del nudo de la corbata, bien sujeto al corto cuello con imperdible de fantasía, salió sigilosamente al rellano y cerró la puerta. Tuvo un momento de vacilación antes de llamar a la del piso de enfrente. Lo hizo por fin. Con los nudillos.

Cuando la puerta se entreabrió, Juan se escurrió por el hueco como si fuera una sombra. Lolita, rígida, con la espalda apoyada en la pared, le miró asustada. Murmuró:

—¿Qué vamos a hacer, Juan?

—¿Tus tíos?

—No volverán del pueblo hasta las diez o así.

Llevaba una blusa camisera blanca de cuello abierto, bastante escotado, y una falda verdosa de la temporada anterior que le quedaba un poco estrecha.

—Tengo mucho miedo —dijo ella.

—Si quieres, lo dejamos estar.

Juan echó un vistazo a su alrededor. Detrás de la puerta, sujeta con pequeño» clavos, vio la imagen del Sagrado Corazón: «Reinaré en España.» En el perchero había una bata gris de caballero a cuadros, un paraguas y el abrigo claro de Lolita, el mismo que había llevado las cinco o seis veces que salieron juntos. La miró.

—Estás muy guapa.

—Juan, no gastes bromas.

—No bromeo. Estás preciosa.

Ella bajó los párpados. Empezaba a excitarse.

Juan tomó sus manos y se las llevó a los labios.

—¿Lo has pensado bien?

Lolita ocultó su rostro en el pecho de él.

—Abrázame.

Había cerrado los ojos y recordaba sus desfallecimientos, cuando él besaba sus pechos en la oscuridad del río.

—Abrázame más fuerte. Así.

Tenía las manos llenas de ella, de su carne tibia, y dura. —No me dejes. No me dejes nunca. Sin ti me moriría, Juan. Los senos vibraban desnudos bajo los labios de él. De pronto Lolita le echó los brazos al cuello.

—Quiero hacerlo contigo —murmuró a su oído—. Necesito llenarme de ti, amor mío. Todo lo demás no importa.

Fueron hasta el sofá que se veía al fondo, en una salita a media luz. Él la sentó sobre sus rodillas.

—Me gustaría verte desnuda.

Lolita se levantó y se desnudó en presencia de Juan. Tenía el cuerpo de un blanco nacarado.

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