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El genio lo reservaba para las cuestiones de a bordo. El genio y las bofetadas. Como las que le soltó a Baró, que había reembarcado con él impuesto por el Comité de la gente de máquinas, a raíz del descaro que le había soltado en presencia de parte de la
tripulación. —
Todo había empezado por una tontería. Una orden sin importancia, que Baró se había negado a cumplir. Baró, cada vez más envalentonado, le había dicho a Alejandro, en presencia de algunos tripulantes, que abusaba de su autoridad a bordo, pero que si fuera un simple marinero ya le habría partido la cara. Alejandro lo cogió del brazo y se encerró en su camarote con él. Luego tiró la llave por el ojo de buey. «Ahora estamos solos, y no soy el capitán», le dijo. A continuación le cruzó la cara. Baró se acobardó y pidió perdón. Cuando salió del camarote, le sangraba el labio de abajo.
El incidente llegó a oídos de don Pondo, el armador, que fue adrede a Barcelona, donde reparaba el Amanda. Don Pondo le invitó a comer en «Las Siete Puertas» y abordó el asunto de Baró.
«-Tiene que ser usted un poco más condescendiente con la tripulación, Alejandro. ¿Cómo diría yo? Tener más mano izquierda. Eso es.
»—¿Insinúa que haga dejación de mi autoridad a bordo?
—¡De ninguna manera! Pero los tiempos han cambiado. Los trabajadores tienen hoy unos fueros que hay que saber torear. Con habilidad, ya digo. Ese Baró es comunista. Lo sabe usted tan bien como yo. Le gusta ser alguien. Mandar a su manera en algunos marineros. Déjelo.
»—Está a mis órdenes.
»—Lo sé.
»—Y tiene la obligación de cumplirlas a bordo. Si, además de no hacerlo, se atreve a amenazar a su capitán, ya me dirá usted cómo hay que tratarlo. Como a un maleante.
»—Le comprendo perfectamente. Sin embargo, permítame que insista. Son otros tiempos. Es mala cosa tener enemigos a bordo. Podrían surgir complicaciones. ¡Qué sé yo! No es que trate de decir que su vida corre peligro, ni mucho menos. Pero hay un refrán que dice que no hay enemigo pequeño.
»—A fuerza de hacer concesiones, no sé dónde iremos a parar. Por mi parte, le digo que en mi barco mando yo. Mientras sea su capitán, nadie puede discutir mis órdenes. Y por lo que a usted respecta, he de decirle que tengo una hoja de servidos muy limpia para que a estas alturas, por culpa de un charrán, de un comunistoide cualquiera, tengan que llamarme la atención.
»—No lo enfoque así, Alejandro. Usted sabe que les apoyan las centrales sindicales. Que hoy la simple decisión de un capitán no basta para dejar en seco a un hombre. Además, es la inquietud, el malestar que se crea a bordo. Hay que aceptar los nuevos tiempos. Plegarse a ellos. La palabra república siempre se ha empleado para expresar lo que anda a manga por piernas. Mire, ahora mismo, desde que Cataluña tiene su Estatuto de autonomía, hay muchos capitanes que izan la señera en puerto junto a la bandera nacional. Pero también los hay que se olvidan de izar esta última. ¿Se imagina usted esto en los años de la Monarquía?
»—Yo soy enemigo del separatismo. Así que la bandera nacional la llevaré siempre donde le corresponde estar. Pero si, como parece ser, estamos en un país separado del resto de España, un país que tiene sus instituciones propias, su Gobierno, sus leyes y su bandera, y el Gobierno me lo pide, izaré la bandera catalana sin rechistar junto a la otra. Lo que no consentiré nunca es que un catalán, o un vasco, como ese tal Baró, discuta mis órdenes a bordo. De todas formas, le agradezco su interés. Y le prometo estar alerta.»
Aquello había sido todo. Pero Alejandro navegaba a disgusto desde el último incidente con Baró.