III
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Dolores Llauder estaba sentada frente a una amplia cristalera con las cortinas descorridas. La cristalera daba acceso a un espacioso balcón, en el que se veían dos tiestos prismáticos pintados de blanco con cuidados geranios rojos. En aquella hora del atardecer la luz del sol debilitaba el verde intenso del pinar que se descubría al fondo. El cielo se había puesto gris-plata, excepto en el reborde superior de las montañas que se veían a lo lejos, donde se teñía de un rojo degradante. Pero Dolores Llauder no veía nada Estaba ausente, mineralizada, como si fuera un mueble más en la ordenada habitación de la clínica donde había sido internada tres días antes.
De pie junto a ella, con los brazos cruzados y la cabeza ligeramente ladeada, la observaba una mujer seca y menuda. Era su hermana Teresa, tres años mayor que ella, Teresa tenía la piel del rostro terrosa y arrugada, pequeños ojos oscuros de mirada vivaz, y llevaba el pelo teñido de negro. Vestía un traje de chaqueta gris y blusa camisera clara. Desde que había enviudado, pronto haría tres años, vivía en el piso de su hermana, en Málaga, con el fallecido Juan Alfonso.
Teresa pensaba en la insólita actividad que había desplegado su hermana durante las veinticuatro horas largas que estuvo al lado de su hijo muerto. No sólo había resuelto los enojosos problemas que planteaba el entierro, sino que había dejado a salvo la dignidad suya y la del difunto ante los Acosta, Carlos y Alejandro. Pero de vuelta del cementerio se derrumbó. María Dolores había entrado en la habitación del hotel y se había sentado en la primera silla que encontró. Lo hizo en el canto del asiento, como se sientan las personas tímidas o las que cuidan de guardar las formas, con los muslos apretados, el monedero sobre las rodillas y las manos cruzadas sobre el monedero. Y así se hubiera muerto, inmóvil y sin enterarse, de no haber sido por Alejandro Acosta, que comprendió en seguida su gravedad.
El médico que la reconoció diagnosticó un shock agudo y recomendó el internamiento inmediato de la enferma en una clínica mental. Dos días más tarde, María Dolores era una anciana decrépita. La piel de su cara se había apergaminado, sus mejillas se hundieron y el pelo se le caía a mechones. Todo en cuestión de horas.
Ahora estaba allí ajena a todo, incluso a su propio dolor, vestida con una bata guateada de un azul desvaído y con los pies metidos en unas zapatillas de fieltro granate. Si no hubiera sido por la fuera con que sus dedos apretaba el reloj de su hijo muerto, nadie habría pensado que el cerebro de María Dolores era capaz de elaborar pensamientos.