13

El impecable abrigo de pafio azul que llevaba José contrastaba con la indumentaria informal de los pocos clientes que había en la tasca a aquellas horas.

—Aquí estaremos tranquilos —le había dicho su tío Alejandro—. Tomaremos un caldo gallego y un pedazo de empanada. Te gustará.

La tasca era espaciosa y tenía un alto mostrador de madera formando ángulo recto bajo la escalera que daba acceso al altillo. Sobre su tabla se veían grandes bandejas con empanadas, mariscos variados, aves de piel grasienta y jugosas lonchas de lacón. La tasca estaba situada en una calleja mal iluminada, no lejos de Capitanía.

José observó detenidamente las paredes del establecimiento, oscurecidas por el humo, las sólidas vigas del techo, muy elevado, y el altillo, al que se subía por una escalera de madera que terminaba junto al mostrador. Al fondo había unas cuantas parejas sentadas ante unas pequeñas mesas con llamativos manteles a cuadros y el servilletero, de plástico azul, con las servilletas de papel. Detrás de él, entre las dos puertas cristaleras de entrada, un hombre de mediana edad tocaba el acordeón El músico tenía una pierna cortada a medio muslo y exhibía en su rostro agitanado un bigote negro y asilvestrado.

El muchacho que les atendió llevaba una chaquetilla blanca, manchada de grasa, y tenía las manos enormes, rojas y de gruesas falanges.

—Nos servirás arriba —le dijo Alejandro subiendo al altillo.

Se volvió hacia su sobrino.

—Tragaremos una sobredosis de humo, pero ten la seguridad de que no nos encontraremos con ningún conocido. Creo que es lo mejor.

Mientras tomaban asiento ante una solitaria mesa que había al fondo, en un discreto rincón, Alejandro hizo una observación sobre lo adecuado del escenario para conspirar.

—Si consigues que venga tu padre, le invitaremos a unos ribeiros aquí arriba. A lo mejor convierte esta tasca en un sitio histórico.

José sonrió con cierta desgana.

—¿Te sigues negando a hacer algo? —preguntó secamente a su tío.

—No es que me niegue. Lo que no pienso hacer de ninguna manera es ir a verlo. Ni, por supuesto, llamarle. Eso menos. Lo más probable es que tenga el teléfono intervenido.

Tras una pausa, continuó un poco excitado.

—Tu padre es el hombre que lo sabe todo. Que nunca se equivoca. De sobra conoces su carácter. No es posible razonar con él. Y a mí, particularmente a mí, no me haría ningún caso. Además, si quieres que te diga la verdad, no me hace ninguna gracia verme mecido en los asuntos de los militares. Por menos de nada te forman un Cristo. El sumarísimo, y en veinticuatro horas te llevan a un paredón.

—Pues hay que sacarlo de Madrid. Al menos, eso. Las detenciones podrían empezar en cualquier momento. Es lo que he deducido de las palabras del comandante Ormanchea.

—¿Qué tal persona es?

—No sé qué quieres decir.

—Si es de fiar. Podría tratarse de una trampa. La gente de Investigación es capaz de todo.

—No lo creo. Ormanchea intenta salvar a los compañeros que no están demasiado comprometidos. Es muy hábil. Aquí presta servicio en el DSIBE. En el Gobierno Militar. Los Servicios de Información es difícil que fallen —siguió—. Ten en cuenta que funcionan, coordinados entre sí, los del Ministerio de Defensa y los del Alto Estado Mayor. Luego están los de los tres Ejércitos. En el de Tierra, que es el que más conozco, funciona el CSIBE, es decir, la Central de Servicios de Información bis del Ejército, los servicios de Información Regional y los permanentes de los Gobiernos Militares, sin contar otros. No es fácil escapar de esa red cuando se pone en marcha la maquinaria.

Alejandro bebió despacio, procurando no derramar el vino de la taza que había llenado el camarero. Luego sugirió engañar a su hermano.

—¿Engañarlo? —preguntó José.

—No sé. Podría llamarlo tu hermana Purificación.

—Puri y él están a matar. Lo sabes.

—¿Hasta el punto de negarse a ayudarle ella en una situación tan comprometida como esta?

—¡Y más! Puri hace su vida con su Magín. Se ha hecho catalana y no quiere saber nada de la familia. A mi padre, yo no sé qué le habrá hecho que no puede verlo ni en pintura. Es que se pone mala.

Hizo una pausa.

—Yo creo que siempre le ha tenido miedo. Ha estado siempre amedrentada, v ahora hace todo lo posible para no estar con él. Es como si perdiera su personalidad. Hace cosa de un año aparecieron por aquí. Yo la llamé. A ella y al marido. Les invité a almorzar en un restorán, «El Tronío». Pues se excusó. Dijo que tenía preparadas las maletas para irse a Sitges y se largaron todos sin pasar por aquí.

—Tu tía Elena podría ser la solución que buscas.

—¿Tu mujer?

—Sí, hombre. No pongas esa cara. Mi mujer.

Alejandro se sirvió más vino y dejó escapar una risa nerviosa.

—Tu padre dice que es la única persona decente de la familia. Si le llamara ella pretextando un problema de los suyos, seguro que le faltaba el tiempo para ponerse en camino.

Permanecieron unos instantes en silencio. Alejandro propuso:

—¿Por qué no lo intentas?

—¿Crees que daría resultado?

Seguro. Además, luego, cuando todo pasara, quedaría como una heroína familiar. Una especie de Agustina de Aragón. ¡Salvarle el pellejo al patriarca de la tribu Acosta! ¡Ahí es nada!

Decidieron que José pondría en antecedentes a su tía Elena sobre la importancia de su misión, sin confiarle más que lo preciso.

—Pero con una condición —dijo José

—¿Cuál?

—Que me acompañes tú.

—No tengo inconveniente. A ver si entre los dos podemos hacer que la mártir, así es como la llama tu padre, nos saque a todos del atolladero.

—¿Qué te parece si fuéramos ahora mismo a tu casa?

—Terminemos la botella antes. A mí me da ánimos para enfrentarme con la fiera. Además, está la empanada. No podemos dejárnosla así como así. Mira, ahí nos la trae ese gaznápiro.

Cuando se disponía a marcharse, una media hora después, José dijo que tenía que comunicarle algo.

—Hoy es tu día, sobrino —rió Alejandro—. Bueno, tú dirás. Te escucho con los pelos de punta.

Un poco excitado, José alargó el cuello en un movimiento nervioso que desplazó los músculos de su barbilla hacia atrás. Entonces el labio inferior se contrajo bruscamente dejando al descubierto los dientes. José inspiró y dijo con voz firme:

—Voy a dejar el uniforme.

Alejandro le miró con extrañeza.

—Me dejas de piedra.

—Pues, sí.

—¿Lo has pensado bien?

—El próximo enero, cuando ascienda a comandante, pido la excedencia.

Sus ojos grises se iluminaron.

—Voy a dedicarme a los negocios.

—¿Con Torroellas?

—Sí.

—Supongo que tu padre no sabe nada de esto.

—Ni media palabra. Se enterará cuando haya causado baja.

—Hechos consumados, dado. Es lo mejor.

José preguntó cuál era su opinión.

—Sabes que los uniformes a mí me dan no sé qué. Algo así como grima. Pero en este caso, eres tú quien ha de decidir. De todas formas, me alegro.

Bajaron del altillo. Ya en el mostrador, Alejandro pidió dos copas de «Carlos III» y levantó la suya.

—Por la nueva vida que te dispones a empezar.

—Por todos. Gracias.

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