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El recuerdo de la luna de miel, que había pasado en la finca con Alejandro, la soledad y el silencio del momento, la llenaron de emoción. Beatriz sintió un nudo en la garganta. Tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no llorar.
Como había oscurecido, pudo evitar que su hijo menor, que se había tumbado boca arriba en la explanada, descubriera las lágrimas de sus ojos. La verdad era, pensaba Beatriz, que tenía que dar muchas gracias a Dios. Tenía los hijos sanos y un marido bueno que les quería a todos. La verdad, la única verdad, era que ella tenía celos. «Perdóname», murmuró. Y se limpió una lágrima.
Lo imaginaba a aquellas horas solo en su camarote. Quizás estaría aún en Sevilla a no ser que hubiera salido aquella misma tarde. O tal vez navegara Guadalquivir abajo. Su último telegrama decía que descargaba y esperaba órdenes. Contó mentalmente los días que faltaban hasta el uno de agosto. Iniciaba con ello una especie de cuenta atrás que sería más consoladora a medida que transcurría el tiempo. Concluyó afirmándose en la bondad de su marido y en su egoísmo de pueblerina absorbente.
Cuando se levantó para echar un vistazo a las habitaciones, descubrió sobre el tejado una luna redonda y blanca. También le pareció un sello de plata, como le parecía Eugenia en aquellos momentos. Sólo que Beatriz estaba segura de que aquella luna no sellaba el final de su vida con Alejandro sino que, por el contrario, sellaba un pacte de amor. De confianza en él.