V
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—Cuanto más folla una tía, más puede follar y más ganas tiene. Y que conste que no me lo invento, experiencias aparte. Lo dice la doctora Sherfey. En cualquiera de esas niñas vestidas de colegiala hay una ninfómana en potencia. Lo que pasa es que los machos de la sociedad burguesa, esos magníficos gilipollas, esos ilustrados impotentes, nos manipulan, nos escupen, nos mean. Quieren mujercitas linda y fieles, escaparates vivos donde poder colgar las joyas que compran con el dinero robado a los egrasiaitos parias de la tierra. Y ellas se dejan querer. Para mí, estas tías no tienen vergüenza. No sólo porque par así tan a un tío, sino porque al casarse con él justifican y en cierto modo dignifican, sacralizan, las rapiñas que comete. ¡Qué listo es mi Toñín! Pero esto sería lo de menos. Estas tías asquerosas firman la papela delante del juez o de quien sea, dicen que sí al curazo de turno, parten la tarta con un cuchillo de plata que vale más que ellas, y con tal de vivir sin darle al cúrrele, se cagan en lo que tienen de mujer. Verbigracia, esconden la calentura que tienen. Por eso todas las burguesas se atiborran de pastillas y andan como locas por la casa. Con cefaleas, manías y fobias. Sí. Se creen satisfechas. O, al menos, tratan de creérselo. En la cama, cuidadito. Porque si confiesas que te lo pasas bien, el manso puede pensar que eres una puta.
»La revolución sexual tiene que empezar aquí poniendo las cartas bocarriba. A los machos, claro. No, tíos, no me refiero a vosotros. Me estoy refiriendo a los señores vestidos de ucedé. Los de corbata italiana. Me explico. Incluido el gorila de Carrillo, que es un ucedé a lo bestia. Bueno, a lo que íbamos. Habría que hacer público un manifiesto en el que se explicaran bien clarito una serie de puntos. Por ejemplo. Somos calentorras por naturaleza. Podemos experimentar cincuenta orgasmos seguidos. Con vibrador, claro. Nos gusta ligarnos a un mancebo y llevárnoslo a la cama. Si, como es cierto, el hombre no es monógamo, la mujer no es menoándrica o como leches se llame eso. Que no hemos nacido para degustar un solo pepino, vaya. Iba diciendo. Somos así, y no hay que darle más vueltas.
»Y ser así significa que sexualmente valemos más que el hombre. Nos excitamos mucho más que él. Eso que nos han metido en el coco de que el hombre es la mujer estopa, es una gilipollez como la torre de Pisa. Masters y Johnson han demostrado que la capacidad sexual de la mujer es muy superior a la del hombre. Elle es el fuego. No somos la fiel compañera. No somos la languidez, la timidez, ni hemos nacido para derramar sobre el macho los pétalos de rosa de la ternura. Contra lo que propaló Freud, y de lo que tanto se han aprovechado los becerros machistas, el clítoris no es un pene atrofiado. Es al revés. El pene es el clítoris que se ha desarrollado. ¡No, no me lo saco de la manga! Que una se ha sorbonizado en biológicas, machos. La moderna embriología ha descubierto que al principio fue la mujer, y no nuestro padre Adán como asegura la Biblia. Todos nacemos femeninos. Lo que pasa es que hasta eso han querido joderlo los machistas, desde Moisés hasta el presi guapo que tenemos. Genéticamente el sexo se determina en la fertilización. Repito. Somos hembras de nacimiento. Los genes sexuales no actúan hasta la quinta o sexta semana. Y si el fe tito quiere ser hombre, tiene que transformar las estructuras básicas femeninas en masculinas. O sea, que de inventármelo, nada.
Estaban a la sombra de un copudo algarrobo, algunas de cuyas ramas rozaban la tierra. Entre todos los reunidos eran poco más de media docena. La joven que estaba hablando sobre la revolución sexual no había cumplido aún los veinticinco años, aunque aparentaba más. Hablaba de prisa, sin dejar de mover los ojos, azules, pequeños, vivarachos. Vestía falda larga, morada, y un suéter marrón de cuello alto con las mangas a medio antebrazo. El pelo, de un desteñido de lino a rayas oscuras, le caía en la cara en guedejas apelmazadas. Estaba sentada en un columpio colgado de una rama y movía los dedos de los pies, enfundados en unos gruesos calcetines negros de caballero.
Olga, que había terminado de anotar algo en su bloc, levantó el bolígrafo pidiendo la palabra.
—Un momento, please —dijo—. Si no voy a interrumpir el rollo de la orgasmologia que os habéis montado, yo quisiera evacuar —¿no se dice así?— una consulta. Quiero aprovechar ahora, que os pillo juntos. A ver. Estáis el Xavi, Cristina, tú, Leopoldo, Glorieta Martí, Pepillo. ¿Y Polo? Estaba aquí hace un momento.
Un joven moreno de ancha cara, frente abombada y grandes bigotes colgantes a lo pirata de Salgari dijo que Polo no tardaría en reunirse con ellos.
—En estos momentos está liberando las flores de su universo gástrico —añadió—. Tú evacua lo que quieras, mona. Estando yo, es como si estuviera él.
El joven se levantó. Era de altura más que regular y vestía una sotana de canónigo con vivos rojos que le llegaba un poco más abajo de las rodillas. En la comuna le llamaban todos Pepillo, aunque su nombre de pila era Fernando.
—Ya puedes empezar —dijo sentándose junto a Olga, en un claro soleado frente a la casa.
—Venga, va —apremió el Xavi, un cegato rechoncho con gafas de gruesos cristales y una poblada barba rojiza—. Acaba de una vez, Olguísima.
La muchacha que estaba en el columpio bajó de un salto ágilmente y se metió en las cuadras sin decir palabra.
Olga la siguió con la mirada.
—¿Qué le pasa a Lupe?
Pepillo replicó:
—No le gusta que le meen los discursos. ¿Qué tenías que decir?
Olga se encogió de hombros, se levantó cansadamente y echó una ojeada a su bloc Su cuerpo parecía más delgado con la camisola azul claro de manga corta y el short a medio muslo, también azul, con los bordes desflecados.
—La cosa es bien simple —dijo, y una ráfaga de viento helado se llevó su vocecita de niña malcriada—. Se trata de saber qué pensáis sobre otra persona que se incorporaría aquí, con nosotros.
Leopoldo, un cuarentón calvo y silencioso, abandonó la reunión chupando de su pipa. Antes dijo que se adhería a la decisión de la mayoría, y que como tenía frío iba i encender la chimenea.
—¿Quieres explicarte bien? —dijo Cristina, una joven con cara de caballero, desde el margen de piedra donde se había sentado—. Se trata de saber qué pensáis sobre otra persona. ¿Que podemos pensar nosotros sobre las personas? Venga, mona. Al grano.
Olga continuó.
—Bueno, la verdad es que no es tan sencillo como parece. Vamos a ver. Imaginaos que propongo traer aquí a una persona anormal. Una persona mayor.
Polo afirmó que no existen anormales.
—Señálame tú las fronteras entre la normalidad y la anormalidad.
—Vale —admitió Olga—. Digamos que se trata de una persona mayor que tiene problemas.
—¿Mujer? —preguntó Cristina.
—Sí.
Olga miró al cielo, juntó las manos sobre el pecho y suspiró.
—Mejor que os lo cuente —dijo después—. Resulta que mi señora mamá tiene un tollo con un tío y que a mi padre no le vemos el pelo nunca. A mi señora mamá se le acaba de morir su señora mamá. ¿Me seguís? Y ésta le había hecho prometer que cuidaría de una hermana de mi señora mamá, tía mía por tanto, que es anormal. Supongo que adivinaréis el resto.
—Pues, no —dijo Cristina.
—Está clarísimo. Que mi madre no sabe qué hacer con su hermana. No puede llevársela al apartamento con el otro. No puede internarla, porque se lo impide la promesa que le hizo en vida a mi abuela. ¡Oh, ella es así de buena! Tampoco puede dejarla en casa con la criada de toda la vida, porque ésta se larga a sus lares. Nos lo dijo el mismo día que murió mi abuela. ¿Qué va a pasar? ¿Acabará envenenando mi digna mamá a su desdichada hermana? Porque a su gran amor no lo abandona. Todavía está bueno, el tío.
—Como serial no tiene desperdicio —dijo Xavier—. Pero ya nos dirás qué pintamos nosotros en él. ¿Que te la quieres traer aquí? Por mí, no hay inconveniente.
Gloria Marti, que hasta entonces había permanecido en silencio, sacó la cabeza del saco de dormir y preguntó quién iba a encargarse de la enferma.
—Yo, por supuesto —repuso Olga—. Aunque no me sobraría que me echarais una mano. Lo que quiero saber es si estáis de acuerdo. He hablado con los demás y dicen que haga lo que quiera.
Gloria Martí volvió a su saco y los demás se encogieron de hombros. Entonces Olga dio un saltito de alegría.
—Hay algo más en todo esto —dijo después—. A mi tía, la anormal, nunca la han sacado de casa. Ha vivido siempre en la oscuridad. Es, ¿cómo os diría?, como un pobre bicho que no conoce más que el submundo del rincón donde ha envejecido, en el cuarto de la abuela. Yo quiero que viva antes de morirse. Que tome el sol, que le dé el aire. ¿Lo veis como yo? Los piadosos mayores, los dignos, los justos, los misericordiosos patriarcas y sus dignísimas esposas, la olvidaron en el desván como se olvida un trasto roto.
El Xavi hizo un par de flexiones de piernas. Luego inspiró profundamente y, tras unos cortos resoplidos, dijo que le interesaba la experiencia.
—¿Que mi tía te interesa a ti, Xavi? Cuéntame otro.
Él le guiñó un ojo.
—En mis tiempos de homúnculo alienado, como diría Reich, hice Medicina.
—Calladito te lo tenías, macho.
—Pues, sí. Y después hice Psiquiatría. Errores que comete uno. También movía el esqueleto en chachapoga los domingos por la tarde. ¡Tiempos! Entonces yo era con» un niño.
—Te juro que no lo sabía. Mejor dicho, no lo sospechaba.
El Xavi tomó la cabeza de Olga con las manos muy abiertas y le estampó un sonoro beso en la coronilla.