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José Acosta parecía haberse encontrado a sí mismo por primera vez. Por fin, se confesaba casi conmovido, podía dedicarse a crear riquezas, algo que estaba necesitando mucho d país. El nuevo enfoque que pensaba dar a su vida le permitiría, además, liberarse de la influencia del padre. El carácter absorbente de éste, así como la violencia que empleaba para imponerse sobre la familia, habían sido causa de que José le obedeciera como si estuviera permanentemente a su servicio en el cuartel. Estaba acostumbrado a acatar sus órdenes desde niño, dentro de la rígida disciplina que vivían en casa, sin darse cuenta del todo del progresivo deterioro que experimentaba su personalidad. En suma. José había terminado por decidir que lo mejor, y lo más fácil, era dejar que su padre decidiera por él. Acabó, pues, el Bachiller e ingresó en la Academia General de Zaragoza.
Tal situación duró hasta que Sofía entró en su vida. Como sucede con las personas de carácter débil, o con las sometidas por un poder absorbente desde la infancia, la figura del padre fue sustituida por la de Sofía, la mujer, de carácter resuelto y emprendedor. A las pocas semanas de casados, ella le había hecho saber su antipatía por su suegro: «No sé cómo puedes aguantar a tu padre —le había dicho—. Es un dictadorzuelo.» Y había añadido: «Si es que los tengo, a mis hijos no les regalará uniformes ni sables como ha hecho contigo. Serán lo que decidan ellos.» Fue entonces cuando José Acosta comprendió su falta de vocación militar. Lo que quizá no descubrió fue el hecho de que entre Sofía y su hermano Luis Alfonso, ambiciosos los dos, habían conseguido eliminar la influencia del padre, por el que José seguía teniendo ese vago temor que subyace en toda clase de admiración, cualquiera que sea su especie, en los temperamentos bondadosos como era el suyo.
Aquella tarde de noviembre, José luchaba contra la pajarita granate del esmoquin. El espejo del baño le devolvía la imagen de un hombre robusto de talla media y rostro de facciones agradables. Destacaban en él los ojos, grises, de pairada viva, y la boca ligeramente bezuda. Sus labios, que cerrados daban al rostro aire de tosquedad voluntariosa, cuando sonreían dejaban al descubierto unos dientes resplandecientes, dientes perfectos, que ejercían un fuerte atractivo sobre el interlocutor. Sofía, que decía bromeando que no se había enamorado de José, sino de su dentadura, recomendaba a su marido que usara la sonrisa como arma. Sobre todo en las entrevistas con los clientes y, muy especialmente, con sus señoras.
Oía al otro lado del tabique el taconeo nervioso de Sofía y lo asoció a sus piernas, armoniosas, más bien musculadas. Sabía que su mujer incitaba a los hombres sin proponérselo. Su gran atractivo personal, exento de coquetería, radicaba en la seducción que emanaba de sus perfectas formas. Era algo que, además, y en parte, tenía su origen en la turbación que experimentaba hacia ella misma, como si su cuerpo fuera motivo voluntario de incitación. Esta sensación de avergonzamiento hacia su ser físico, por lo que de turbio pudiera provocar en los hombres, aumentaba la curiosidad de éstos. La curiosidad solía transformarse en interés que, a su vez, acababa por despertar el deseo. José se sentía vagamente celoso. Fue una de las razones por las que decidió ver qué vestido se ponía Sofía y cómo le sentaba.
La encontró sentada en el borde de la cama, vestida ya, calzándose unos zapatos de salón color crema. Llevaba un modelo lila de amplio escote adornado con grandes volantes, moda de los años treinta. Su postura permitía ver sus pechos casi por completo.
Sofía se levantó, y su cuerpo pareció vibrar bajo el fino tejido. Cuando giró en redondo, sonriente, la amplia falda se desplegó suavemente como si fuera una flor de rapónchigo desprendida de la enredadera.
—¿Estoy bien? —preguntó. Y se dispuso a ponerse un discreto collar de perlas.
Cuando su marido la miró, los grandes ojos de ella, verdes y ligeramente almendrados, se turbaron.
—Si te desagrada algo, dilo.
José sonrió.
—Estás perfecta —dijo—. Y me gusta que sepan qué clase de mujer tiene José Acosta. Hoy vienen Torroellas, Pujol y algunos Consellers.
La tomó de una mano y la hizo girar por segunda vez.
—Pero si por casualidad se te cae la servilleta al suelo, avísame. Tu fiel esposo la recogerá.
Rieron. Y cuando ya se disponían a salir oyeron el timbre de la puerta.
José se encogió de hombros cuando su mujer le preguntó si esperaba a alguien. Poco después la sirvienta anunciaba una visita para él.
—¿Son conocidos? —preguntó Sofía a la muchacha.
—No, señora. Uno de ellos dice que son compañeros del señor. Que es muy urgente hablar con él.
—Gracias, Trini.