11
Torroellas se levantó al ver a Sofía. Hizo ademán de aposentarla a la mesa y tomó asiento después de ella. Preguntó:
—¿Y bien?
Estaban en la terraza cubierta, en el primer piso, y el rayo de luna que entraba desde una esquina daba al rostro de ella una extraña belleza pálida. Ilusoria. Casi irreal. Sofía repuso:
—Esa mujer, Eulalia, da verdadera pena. Está deshecha. Torroellas la miró en silencio y ella añadió:
—En el estado de ánimo en que se encuentra no me extrañaría que cometiera un disparate.
—¿La amiga de su tío? De ninguna manera.
—¿Por qué está tan seguro?
—Tiene por quién luchar. Los hijos. El marido. Sus afectos siguen vivos, Sofía. Tomó una mano de ella.
—Pero aquí no hemos venido a hablar de esa señora, sino de la decisión de usted. Aunque ya me parece innecesario.
De la caleta donde estaba el yate llegaba un clamor de gritos alborozados. Alguien cerca de ellos comentó la ocurrencia de unos jóvenes de bañarse en pleno diciembre.
Sofía sonrió desganada. Luego acarició los deformados dedos de Torroellas y murmuró mirándole a los ojos:
—Lo siento. No sabe usted cuánto lo siento, amigo mío. El se encogió de hombros levemente.
—Empieza a refrescar —dijo—. Y la verdad es que uno no tiene los años de esos mozos que se están remojando. Por desgracia, claro. Sofía tomó el bolso.
—Cuando quiera usted nos retiramos —propuso. —Sí. Es demasiado tarde.
Torroellas se levantó. En sus labios se había petrificado una sonrisa triste. Glacial.