12
Juan, el segundo de los hermanos Acosta, después de Marta, y Carlos, que empezaba aquel año el tercero de Bachiller, llegaron a Valentía a principios de setiembre. Los dos traían en la cara d sol de la playa. La de Juan, de pid cetrina, era un carbón. Carlos, más rubio, tenía un color que recordaba el de la luna vieja.
Lo primero que hideron al tomar posesión del nuevo piso fue echar a suerte los dormitorios. Ganó Carlos y, como siempre, escogió el peor: la pequeña alcoba interior que había en el comedor. También como siempre se negó a aceptar la derrota, «Lo he hecho adrede —gritó con las orejas encendidas—. Porque me da la gana. Además, tendré un buen despertador. El gallo de la portera. Ése no se estropea nunca. Ni se para.» Juan— trasladó en silencio sus libros al dormitorio que le había tocado en suerte, el primero a la izquierda, en el corredor, según se iba a la sala.
A principios de octubre se normalizó la vida de los Acosta. Juan iba cada mañana a dar clases a la Facultad de Medicina. Por la tarde, estudio en casa, excepto sábados y domingos. Carlos, por su parte, asistía mañana y tarde a la «Academia Castellanos».
Por aquellos días llevó al piso de Zapateros a un compañero de curso, Bernardo Badía, un pollastrón obseso y alocado, al que todos llamaban Fatty, A media tarde, solían aparecer los dos, se encerraban en la habitación de Carlos y desaparecían de allí tan misteriosamente como habían entrado. A Beatriz, dotada de un husmo poco común para detectar las barrabasadas de su hijo, empezó a preocuparle tanto misterio.
—¿Qué sabes de tu hermano? —solía preguntarle a Juan—. Me parece que anda tramando algo.
Juan replicaba siempre lo mismo.
—Déjalo estar. Si hace una de las suyas ya saldrá.
Marta solía pasar las tardes con las hermanas León, en él piso de éstas. Alguna que otra vez se les unía Antoñita Ortín, la hija de don Julio, un notario que tenía el despacho en un entresuelo de la calle de San Vicente. Los jueves acompañaba a su madre la tertulia de «El Siglo». Su distracción entonces era mirar a la gente que pasaba por la calle de la Paz y observar los vestidos de las chicas de su edad.
Por lo que respecta al pequeño, repartía su tiempo entre la escuela, situada en un principal destartalado de una calleja del barrio de Serranos, y los ocios propios de su edad. Las tardes de cumplido, los martes y los viernes, salía con su madre a devolver visitas. Otras, por el contrario, se tragaba enteras las que iban a su casa, tínicamente disfrutaba las tardes baldías, cuando, solo en casa, podía entregarse a los juegos que creaba su imaginación. O leyendo el suplemento infantil de El Mercantil Valenciano, que le guardaba Emerentíano Adell. Aunque a decir verdad, encontraba estúpidas las aventuras de aquel Colilla vestido de golfo, que ensartaba una tontería tras otra hablando con su pato Banderilla, como si los patos pudieran hablar.
Sucedía casi siempre que Tito se cansaba de la chata nariz de Colilla o de los cubos del rompecabezas. Entonces se acercaba al cuarto de Juan. Entreabría la puerta. Su hermano repetía unos nombres muy raros y, sin levantar la vista de las páginas del libro de texto, le hacía señas con la mano de que le dejara en paz. Tito le miraba con orgullo, porque era su hermano mayor y estudiaba para médico. Y Juan, que ignoraba sus pensamientos, acababa echándolo sin contemplaciones.
Se refugiaba con su desencanto en la salita donde la madre repasaba la ropa interior antes de que Marta la planchara. Revolvía el costurero de mimbre, cambiaba de lugar los alfileres del acerico, enredaba los hilos de las bobinas, daba pataditas de nervios en el suelo Beatriz decía siempre lo mismo sin mirarlo: «Parece mentira, un hombre que eres ya. ¿No te da vergüenza?»
Poco después empezaban las preguntas. «¿Por qué quema el fuego, mamá.» «¿Nacen los chinitos amarillos, o los castiga el Señor porque no quieren ir a misa?» Aplastaba su nariz sobre el cristal del balcón, el que daba a la calle de Zapateros. Lo lamía, mirando a la madre de reojo. Miraba distraídamente a la calle, por donde raras veces pasaba nadie, a no ser el carbonero que vivía enfrente. Finalmente se encerraba en el cuarto trastero, donde daba rienda suelta a sus ensoñaciones, hasta que oía el timbre de la puerta.
Su hermano Carlos lo empujaba a un lado, corría huracanado hasta el baño, donde pronto se oía el chorrito, y se sentaba a la mesa del comedor, gritándole que le dejara solo. En seguida, teoremas, postulados, corolarios, escolios. Marta, que leía a Pereda en la sala aprovechando la última claridad de la tarde, se disponía a poner la mesa.
—¿No ves que estoy estudiando? —protestaba Carlos.
—Haber venido antes. Es hora de cenar.
Marta le miraba con severidad.
—¿Dónde has estado toda la santa tarde? Seguro que con ese golfo de Badía.
—No te importa.
—Qué educadito, el chico. Aprendes mucho de las nuevas amistades. Anda, quítate de ahí.
Carlos se aferraba a la mesa y se negaba a soltarse, mientras su hermana tiraba de él.
—¡Te he dicho que es hora de cenar!
Tito observaba la escena desde uno de los sillones. Poco a poco las voces de sus hermanos se alejaban. Le ganaba una inefable sensación de bienestar, como si un bálsamo milagroso se le derramara dentro del pecho. El bálsamo, clorofórmico, hormigueaba en sus piernas, gravitaba sobre sus párpados, se amontonaba hacia un lado, en la cabeza, que se aflojaba y caía sobre el pecho.
La voz de Marta:
—No te duermas, Tito.
Abría los ojos. Los cerraba otra vez. En la cocina, distanciada de él cientos de kilómetros, repicaban los cubiertos sobre la loza.
Aquella tarde de últimos de setiembre, Emilín canturrió ante Beatriz:
—Que ha dicho mi mamá que se va de compras y que me venga a jugar con Tito hasta que vuelva.
Beatriz la besó en la frente y la hizo entrar.
—Pasa, hija. Que eres un sol. Se volvió hacia su hijo.
—Tito, mira quién ha venido. Podéis jugar en el comedor. Lo retuvo un momento.
—Pero cuidado con lo que dices, que Emilín es un ángel.
Se quedaron solos en el comedor, de pie, mirándose. El vestido marrón a cuadros que llevaba ella le quedaba un poco corto.
—¿Te gusta? —le preguntó—. Me lo he planchado yo. Es del año pasado pero parece nuevo. ¿O no?
Tito se encogió de hombros.
De repente Emilín se despatarró en un sillón con las piernas levantadas. —¿No vienes a jugar?
Sus ojos azules le miraban inocentemente sorprendidos cuando él se acercó.
—¿Jugar a qué?
Emilín le sacó la punta de la lengua.
—¡Antipático!
Seguía patas arriba hundida en el sillón.
—Jugaremos a papas y mamás. Yo seré el papá.
Tito miraba la entrepierna de Emilín, ceñida por el pliegue de una braguita de percal color lila.
—¿Por qué has de ser el papá? Eres una niña.
—Pero yo quiero ser niño. Y mi papá también. Por eso me llaman todos E milín. ¿O no sabes que me llamo Emilita?
Se revolvió en el sillón dejando al descubierto sus nalgas redondas y sonrosadas. Tenía el rostro aplastado sobre el asiento del sillón, por lo que sus palabras se oían sordamente.
—¿Sabes una cosa? Me gustaría tener una cosita como tú. Claro que, si la tuvien, no tendría el niño dormido en la barriga.
—¿Qué niño?
Emilín volvió la cara hacia él.
—Tampoco lo sabes. Todas las mujeres tienen en la barriga un niño dormido. Cuando un chico las besa, el niño se despierta. Y se hace gordo. Pero tiene que ser un beso en la boca. Largo, largo.
Emilín se arrodilló a los pies de Tito.
—¿Me enseñas tu cosita?
La expresión de su cara era tan inocente, que no supo negarse.
—Si tú quieres...
No había terminado la frase, cuando sintió sus dedos hurgando en la entrepierna. Ella le miraba a los ojos fijamente, sin el menor parpadeo. Dijo en voz baja:
—Podrías darme un beso.
—¿Y si se despierta el niño?
—No se despierta, porque hemos quedado en que yo soy el papá. ¿Me lo das?
Tito se indinó y Emilín entornó los ojos. Seguía hurgando en su entrepierna míen— tras los labios de él se aplastaban torpemente sobre los suyos. Cuando finalmente los separó, Emilín dijo asombrada:
—¡Se está hiriendo gordo! Tito parpadeó asustado.
—¿El niño?
—No. Tu cosa. ¿Me la enseñas?
Dio un paso atrás.
—Eso es un pecado. Además, me da vergüenza.
Emilín estaba de rodillas, con las palmas de las manos en d sudo. De pronto se levantó ágilmente y se quitó las bragas.
—Mira, ¿ves?, a mí no me da vergüenza.
Le enseñaba su sexo, pequeño y sonrosado, cuando oyeron en d pasillo unas pisadas. Era Juan, que iba a llenar su vaso de agua a la cocina. Emilín corrió hacia él y se abrazó a sus piernas.
—No quiere jugar conmigo —gimoteó. Juan miró a su hermano sonriendo.
—Venga, hombre —dijo—, no seas descortés. Juega con Emilita. Pero no lo hagas a lo bestia, que es una dama.
Tito se prometió formalmente no fiarse en la vida de ninguna mujer.